Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 16 de diciembre de 2001
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Cultura
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Juan Arturo Brennan

Federico Ibarra, Premio Nacional

Así como tuve la singular fortuna de presenciar mi primer concierto sinfónico en vivo con Eduardo Mata como director, otra feliz conjunción de circunstancias me hizo dar mis primeros pasos tentativos en el fascinante mundo de la música contemporánea. Después de una infancia y una adolescencia firmemente ancladas en Vivaldi y Chaikovski, mi oído rebelde se resistía con cierta intransigencia a aceptar la música de los compositores más nuevos.

Un buen día, hace más de 20 años, fui llevado a regañadientes a un concierto que formaba parte de una de las primeras versiones del Foro Internacional de Música Nueva; confieso que el contenido total del programa se ha borrado de mi memoria. Lo que no he olvidado es que esa noche escuché, improbablemente fascinado, los Cinco manuscritos pnakóticos, de Federico Ibarra, mi primera audición formal de música contemporánea gracias a la cual se le quitó lo rebelde a mi oído y descubrí el ancho e inmenso mundo de los sonidos de mi propio tiempo. (Para más señas: la interpretación de la obra estuvo a cargo de Manuel Enríquez en el violín y el propio Federico Ibarra al piano.)

Hoy, a casi un cuarto de siglo de aquella experiencia seminal, creo con plena convicción que la designación de Ibarra como Premio Nacional de Artes hace justicia a uno de nuestros compositores más importantes e interesantes.

Con motivo del estreno de Las antesalas del sueño, segunda de las sinfonías de Ibarra, un músico en cuyo buen juicio confío plenamente me hizo este comentario: ''La sinfonía es buena, pero suena demasiado a Ibarra." Si la observación fue hecha con ánimo peyorativo, en realidad no fue sino una confirmación de una de las cualidades principales de la trayectoria de Federico Ibarra.

En efecto, el sonido de su música es inconfundible y esta sólida continuidad de concepto y estilo (que muchos confunden con monotonía y callejones estéticos sin salida) ha dado como resultado, a lo largo de los años y las obras, un sello de identidad que contrasta con la dispersión (a veces disfrazada de búsqueda) que padecen algunos de los contemporáneos de Ibarra. Tal sello de identidad es claramente perceptible a través de un catálogo amplio y variado en el que hay numerosas obras muy valiosas. Por ejemplo, Orestes parte que en mi personal y subjetiva opinión es la mejor ópera que se ha escrito en este país y que hubiera sido una reposición quizá más interesante que la reciente Alicia. De la partitura de Orestes parte el compositor extrajo, además, una suite formada por un interludio y cuatro escenas, que no se ha interpretado con la frecuencia que merece. Por ejemplo, los Cinco misterios eleúsicos, partitura orquestal de enorme solidez y raro poder de evocación. O su Sonata breve para violín, pequeña joya de claridad, concisión y escueto manejo estructural. Como contraparte, su Concierto para violín, depurada muestra de la gran forma expresada a través de sonoridades fascinantes. Especial mención merecen las numerosas partituras vocales de Federico Ibarra, un ámbito en el que ha trabajado con especial empeño.

De su interés en la voz humana ha surgido una producción operística que, además de colocarlo en la primera línea de nuestros creadores de ópera, define una de las cualidades más importantes de su personalidad creativa: Federico Ibarra es un compositor con un sólido sentido del teatro, lo cual se refleja también en la poderosa componente dramática de la mayoría de sus obras, aún las más abstractas. Esa componente es especialmente apreciable, por ejemplo, en sus canciones y en sus cantatas, así como en las numerosas (y por desgracia casi desconocidas) partituras que ha escrito para el teatro.

No dudo que ese sentido dramático tenga una de sus principales raíces en la afinidad de Ibarra con ciertas corrientes literarias y plásticas (el surrealismo, de modo importante, entre ellas), como tampoco dudo que es un compositor demasiado lúcido como para intentar traducir literalmente a sonidos la compleja riqueza y variedad de esos mundos imaginarios que animan su pensamiento musical.

Con motivo de estrenos, reposiciones, notas de programa, etcétera, he entrevistado a Federico Ibarra en varias ocasiones. Aunque parezca contradictorio, esas han sido algunas de las entrevistas más difíciles y a la vez satisfactorias que he realizado. Cuando de su música se trata, Ibarra es un hombre parco, de poco hablar, casi hermético, guiado seguramente por la sabia idea de que la música comienza donde terminan las palabras. Y la suya es, sin duda, una música de gran elocuencia.

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