DOMINGO 30 DE DICIEMBRE DE 2001


La vuelta de los migrantes zacatecanos

Diciembre me gustó para quedarme

Los solitarios pueblos de Tlaltenango y Casa Blanca vuelven a la vida durante las fiestas decembrinas. Cientos de migrantes regresan en camionetas cargadas de electrodomésticos, ropa y hasta puertas. En sus bolsillos traen los billetes verdes que lograron ahorrar y los sobres de los que no pudieron venir. Pero no sucede lo mismo en otros lugares del estado. Las calles de El Cargadero, por ejemplo, lucen vacías. Los recién llegados y los dólares disminuyeron respecto a otros años. ¿Por la guerra? No. Los migrantes señalan a la recesión como la principal responsable, y no es nueva: la sintieron desde principios del año. Con todo y crisis, ni pensar en regresar a México. Al contrario: apenas cumplidos los 14, 15 años, los jóvenes siguen acudiendo al llamado del sueño americano

Tania MOLINA RAMIREZ

Son días de fiesta y los migrantes están de regreso en Zacatecas, su tierra natal, o, en muchos casos, ya no la de ellos pero sí la de sus padres o sus abuelos. Y cada lugar tiene una historia decembrina que contar.

El Camioncero

22 de diciembre, El Cargadero, municipio de Jeréz. "No me esperes para la cena de Navidad", cuenta María Barrios que le dijo por teléfono su hijo, Juan Carlos Galván, de 21 años, pocos días antes de Noche Buena. El joven vive en Anahein, California desde hace cuatro años, al lado de más de 2 mil que provienen de esta comunidad de 700 habitantes.

ni–os-2Parada frente a su pequeño lote de retoños de plantas de durazno (segunda fuente de ingresos de la comunidad, después de las remesas), la mujer continúa su relato mientras abraza a Jorge, su vástago menor: "Juan Carlos me explicó que este año hubo menos oportunidades de trabajo y que como no tiene papeles, le da miedo perder su empleo".

Las calles pavimentadas (a través del Programa 3X1 -por cada dólar que aportan los migrantes, el gobierno federal, estatal y municipal ponen otro-), lucen en calma.

Pasa una camioneta por la vía principal de El Cargadero, lugar de nacimiento de Andrés Bermúdez, el controvertido Rey del Tomate.

"La primera que veo con placas de California", comenta Mario García, ex delegado del pueblo. Parado frente a su tortillería, la única del poblado, cuenta cómo en otros años, en estas fechas los hombres andaban en camionetas y se paraban en las esquinas a tomar cartones de cerveza con la música a todo volumen.

Pero la baja no es sólo en la cantidad de personas que regresó, también se siente en lo monetario: cada año, en Estados Unidos se hace una colecta para las fiestas patronales del 24 de octubre. Cada año sobra dinero... menos en 2001. "Ahora hubo un déficit de 25 mil pesos", dice García, quien formó parte del comité organizador. Además, llegó poca gente del país vecino a la fiesta. Y es que "estaba reciente lo de Osama", dice el ex delegado.

"Muchos jóvenes no tienen los medios para venir", añade. O, como Juan Carlos, temen perder su empleo.

Los adolescentes no dudan: Ante el prospecto de ganar 120 pesos el jornal en los viveros de durazno, nomás cumplidos los 14 o 15, toman el camino hacia el norte.

Y algunos, desde años antes ya tienen un pie en Estados Unidos, como Jorge Galván -flaco, alto para sus ocho años, y con una sudadera de los Power Rangers-, quien tiene muy claro que quiere seguir los pasos de su hermano Juan Carlos. "Quiero ser camioncero", dice sin titubear.

El mausoleo a la nostalgia

23 de diciembre, Tlaltenango, municipio de Tlaltenango. "Yo quiero que me sepulten en mi lindo Zacatecas", retumba el corrido a través de las bocinas de la camioneta Ford azul. Pero los dos primos que están sentados dentro de la cabina, uno de 15 y otro un poco menor, no están en edad para esas preocupaciones. "¿Que si quiero que me sepulten en Zacatecas? ¡Sabe!", dice, desde el asiento del chofer, el mayor, quien nació en este poblado -a 170 kilómetros de la capital estatal-, pero ha vivido toda su vida en Los Angeles, California.

Hoy, lo que los dos jóvenes quieren es dar la vuelta en la troca. Y no son los únicos. Las calles del centro del pueblo -aquí sí- están a reventar de camionetas Dodge, Ford, con placas de California, Illinois, Oklahoma. Al volante, hombres con sombrero, lentes oscuros, chamarra de cuero y el volumen del estéreo a todo lo que da.

Tlaltenango y el poblado vecino, Momax, tienen una larga tradición migratoria que se remonta a hace unas siete décadas. Ni la guerra ni la recesión los tocan como a otros pueblos. "Las redes que tienen los migrantes de esta zona en Estados Unidos son muy fuertes", explica Rodolfo García Zamora, especialista en migración de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Además, la mayoría de los que están en el norte ya son residentes o ciudadanos estadunidenses y tienen un hogar establecido en el país vecino, principalmente en Illinois y California. Muchos de ellos aprovecharon la amnistía de 1986 para "legalizar" su situación.

También hay los que son pequeños empresarios y no necesitan preocuparse de perder su empleo. Es el caso de Luis Antonio Orozco, quien tiene dos restaurantes, Villa Italia y Chepo's, en Alaska.

"Aunque no tengas necesidad de ir al norte, es un reto, te vas a vivirlo, para que no te cuenten", dice Guillermo Gaeta, dueño de tres casas de cambio en el municipio de Tlaltenango, quien se iba a trabajar a Estados Unidos durante las vacaciones de verano de la secundaria.

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Sobre la carretera de Zacatecas hacia Tlaltenango, justo antes de entrar al pueblo, a lo lejos resaltan dos enormes casonas rosas, una al lado de la otra, en medio de un terreno de ocho hectáreas. Un gran portón da a la carretera. Los pobladores les llaman "las mansiones de los cuates". Los hermanos, dueños de la ostentosa propiedad, viven en California, donde tienen restaurantes y taquerías.

Son, sin duda, las casas más mentadas en el lugar, pero sus dueños no son los únicos en haber invertido sus dólares en pisos de mármol, yacuzzis para cuatro personas o amplios clósets de caoba.

Los billetes verdes también están presentes en los negocios: los autolavados, la concesionaria de la gasolinera, la grúas de Los Pérez y las tiendas de materiales de construcción.

Tlaltenango, un pueblo en venta y construcción. Es algo así como la capital zacatecana de la especulación inmobiliaria: Casas en venta por las que se piden millones de pesos, terrenos como los que están en el pasaje comercial del centro de Tlaltenango, donde el metro cuadrado cuesta 20 mil pesos. "Tú pide, a ver si te lo dan", dice Juan Ramón Ortiz Romero, investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas, quien ha estudiado de cerca el fenómeno inmobiliario en la zona.

Vistosas casas que, a lo mucho, son ocupadas durante un par de meses al año. Incluso hay construcciones cuyos dueños las mandaron hacer y aún no vienen a conocerlas.

Casas que son algo así como "el mausoleo a la nostalgia", dice García Zamora, parafraseando a la investigadora Susan Gesh, quien se refiere al programa 3X1 con esta expresión.

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Por las calles de Tlaltenango deambulan los únicos migrantes que no participan de la fiebre de los billetes verdes: son los wirárika que emigran de Jalisco a Zacatecas -de donde todos los demás huyen- en busca de mejor suerte, pero sin recursos para cruzar la frontera, y sin parientes ni amigos que los acojan del otro lado. Familias enteras que van de campo en campo, persiguiendo ciclos agrícolas, como el del tabaco. Algunos de ellos aún portan la vestimenta tradicional, pero no lucen como en las postales de Fonart: del colorido tejido de los venados, el peyote y el sol ya sólo quedan algunos hilachos, los que alguna vez fueron blancos y holgados pantalones de algodón, ahora son grises y tienen roturas.

El hambre, la verdadera guerra

24 de diciembre, Casa Blanca, Zacatecas. Las camionetas recorren las calles terregosas, levantando una polvareda que torna aún más grises a los árboles y a las tristes casas vacías.

"La gente no tiene miedo de la guerra de Estados Unidos. La verdadera guerra es el hambre", dice Arturo López, ex delegado del poblado y maestro de primaria.

La migración en Casa Blanca, a 35 kilómetros de la capital estatal, tiene una historia más reciente que en Momax y Tlaltenango. Fue hace 20 años que sus habitantes comenzaron a viajar al norte. Pero lo que pegó más duro fue la crisis de 1994 y la desaparición de los precios de garantía. El cultivo de frijol, maíz, trigo, chile y ajo, dejó de ser rentable. En 1989 había 100 migrantes en Tulsa, Oklahoma (el Casa Blanca estadunidense), dice Gonzalo Llamas, economista de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Hoy, se calcula que hay 3 mil 300 de origen casablanqueño trabajando principalmente en el cemento (la construcción), la yarda (jardinería) y la pintura y pudiendo ganar entre 300 y hasta mil 200 dólares la semana.

¿Y la recesión económica? "Tulsa es una ciudad en crecimiento -dice López-, la gente sigue trabajando".

Pero aunque sigan trabajando, el flujo de billetes verdes ha bajado, asegura Llamas, quien, junto con su esposa Natividad Muñoz, tiene un negocio de cambio de dólares. Antes del 11 de septiembre cambiaban 2 mil dólares a la semana. Después, bajó hasta la mitad.

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Un ingeniero electrónico de Casa Blanca terminó vendiendo pan en Guadalupe, otro vende tacos de tripas. "Los muchachos se fijan en uno y dicen: 'No, pues, ¿para qué estudio?'", cuenta Gonzalo. Y sí: en 1980 se titularon 17 profesores de primaria de Casa Blanca. Hoy, ya nadie quiere ser maestro: el último que se graduó fue en 1987, y él también se fue al norte, cuenta Llamas.

Desde hace dos meses, abrió la empresa Camiones Mares, que hace un viaje semanal de Casa Blanca a Tulsa, y de regreso.

La mordida no muere

Pascual Muñoz, de Casa Blanca, venía en su camioneta desde San Francisco el 20 de noviembre. Al cruzar la frontera, las autoridades aduanales lo pararon:

?Traes cargada la camioneta, le dijo "el aduanal".

Pascual les explicó que era pura cosa usada, principalmente ropa.

?Está bien, ahí nomás nos das para el café.

?¿A cuánto está el café?

?A unos cien dólares.

A los autobuses les bajan 400, 500 dólares para que no les revisen el equipaje, cuenta Llamas.

Las cosas marchan mejor al cruzar la frontera, claro, si se es ciudadano estadunidense, como dice Luis Antonio Orozco, restaurantero de Tlalte-nango radicado en Alaska: "Si uno es americano, por desgracia, al ingresar a México las puertas se te abren, no te tratan de extorsionar".

Músicos terroristas

Pocas semanas después del 11 de septiembre, un grupo de músicos mexicanos había ido a Alaska a tocar en la celebración tardía del 15 de septiembre. Cuando se disponían a abordar el avión de regreso a Los Angeles ?cuenta Luis Antonio Orozco--, fueron aprehendidos por la policía en el aeropuerto de Anchorage y llevados a Portland, Oregon. Cada miembro de la banda tuvo que pagar 3 mil dólares de fianza. En ningún momento se les dijo de qué estaban acusados. Ninguno era indocumentado.

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Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, el secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, auguró una llegada masiva de mexicanos.

Pero los migrantes de origen zacatecano -quienes, según Rodolfo García Zamora, aportaron 480 millones de pesos en 2000, equivalente al 66% del ingreso estatal- tienen claro que sólo se quedarán unas semanas o al máximo unos meses.

¿Qué razón habría para regresar a vivir a México? Ya sea por necesidad -como es el caso de El Cargadero- o porque ya están establecidos con todo y familia -como en Tlaltenango-, no dudan en quedarse del otro lado.

Los migrantes, aquellos a quienes Vicente Fox se refirió como "héroes", están de vuelta en esta entidad del centro-norte de la República. Pero, eso si, son menos que en años anteriores.

 Aún así, según los pobladores, la baja no fue sustancial. Varios de los migrantes que se trasladaron por vía terrestre cuentan que "había colas de cientos de carros para pasar las garritas".

Guillermo Gaeta, cuyas tres casas de cambio en la región de Tlaltenango le sirven como termómetro, asegura que si bien es ligeramente menor la cantidad de gente que retornó, la diferencia es poca respecto a otros años. Los que no vinieron, dice, mandaron los billetes verdes con algún conocido, como el señor que hace unos días entró a la casa de cambio con un maletín. Traía 20 sobres de encargos.

Los que están del otro lado prefieren enviar los ahorros con alguien porque, a pesar de que Juan Hernández, coordinador de la Oficina Presidencial para los Mexicanos en el Exterior, pregona mejoras en las condiciones del envío de dinero, compañías como la Western Unión siguen quedándose con al menos el 10% del envío.

Y si cada vez son más los que tienen a la familia entera allá, ¿a quién mandarle los billetes verdes?

"Desde el 11 de septiembre hay mucha incertidumbre, especialmente para el paisano ilegal", dice Luis Antonio Orozco. Pero, aclara, "desde febrero sentíamos la recesión".

¿Y mañana?

Uno de los propósitos de año nuevo de Vicente Fox seguramente es firmar un acuerdo migratorio con George W. Bush. Pero, para Juan Ramón Ortiz Romero, al problema de la migración hay que atacarlo de raíz: "La única solución a la salida masiva de zacatecanos es poner en práctica proyectos estratégicos de desarrollo local y regional", dice.

Y es que de los 9 mil millones de pesos que entraron al país por concepto de remesas, 95% se destina a la manutención familiar, lo cual implica que simplemente sirven para mantener el actual estado de las cosas, pero no para romper con la cadena de la migración.*