La Jornada Semanal, 6 de enero del 2002                          núm. 357
Andrea Visconti

Todo sobre mi padre

En su libro, la hija de J.D. Salinger levanta el velo sobre el mito de su padre, quien escondía su origen judío y sigue viviendo como un ermitaño inaccesible. En su momento rechazó la invitación de los Kennedy a la Casa Blanca. Además, el sexo lo aterraba y era su costumbre hablar de él para exorcizarlo. Al final, Margaret nos dice que su padre (como casi todos los padres) no era ni bueno ni malo y que nunca logró encontrar "un justo medio entre perfección y destrucción, paraíso e infierno".

Nueva York. "Papá tomaba su orina", revela en un tono indiferente Margaret Salinger, "pero me extraña que haya tanto interés por este detalle. Era una de sus dietas para la salud que practicaba por cuenta suya, y esto en nuestra familia era del todo normal."

Margaret es la hija de J. D. Salinger, uno de los más conocidos escritores del mundo, autor de El joven Holden, clásico que desde hace más de medio siglo tiene gran influencia en generaciones de lectores. Al mismo tiempo, Salinger es uno de los hombres más esquivos del mundo literario estadunidense. Siempre ha protegido con celo su privacy y vive recluido en la campiña de Nueva Inglaterra.

Sin embargo, desde hace un tiempo este manto de misterio se ha levantado. El 6 de septiembre de 2000 apareció en las librerías de Estados Unidos el libro Dream Catcher, 436 páginas de secretos, locuras y grandes excentricidades que Margaret Salinger revela con riqueza de detalles. Si su hija le hubiera leído el borrador del libro, seguramente el biografiado habría hecho lo posible por bloquear su publicación. Pero Margaret se cuidó bien de hacerlo. Con Dream Catcher ella se ha rebelado a la privacy, levantando el velo de silencio que el escritor de ochenta y un años impuso a sus tres esposas y sus dos hijos. Con colores fuertes ha pintado una imagen hasta ahora desconocida de un hombre cuya existencia de recluso es tan radical que inclusive licenció a la vieja ama de llaves cuando le pareció que tenía demasiado contacto humano en su casa de Cornish.

¿Por qué trastornar el mundo esquivo que su padre quiso crear para sí mismo? "Porque mi familia –escribe Margaret– tiene una gran capacidad de crear cosas maravillosas para luego esconderlas o destruirlas. Ahora ya basta con la reclusión." Y Margaret continúa diciendo, por ejemplo, que su padre se ha avergonzado toda su vida de tener una nariz encorvada típica de los judíos. Durante mucho tiempo papá Salinger había creído ser medio judío, porque sus padres le habían ocultado los verdaderos orígenes de la familia. Solamente siendo adulto supo que era judío por parte de padre y de madre. Esta preocupación lo llevó a esconder su verdadero nombre tras las iniciales "J.D.": Jerome David Salinger, nombre que no dejaba dudas sobre su herencia cultural y religiosa.

Sin embargo, la religión judía no fue la que dominó su existencia. Al inicio de los años cincuenta practicó el budismo y después el hinduismo y, finalmente, se dejó atraer por Kriya Yoga. Al inicio de los sesenta dejó la religión, abandonándose con decisión total a la homeopatía. Lo mismo le pasó con la macrobiótica, de la que se prendó a partir de 1966.

El paso continuo de una fe a otra tuvo fuertes repercusiones en su familia. "De un día a otro –narra su segunda esposa, la inglesa Claire– quería que renunciara a lo que yo había encontrado, para aceptar completamente su nueva espiritualidad. Sus elecciones carecían totalmente de lógica. Estoy convencida de que era sólo una manera de ocultar el hecho de que no se sentía a la altura de publicar lo que había escrito."

La relación entre J.D. y Claire terminó con un divorcio en 1966. Pero antes Salinger la obligó a relegarse en el campo, sin contacto con el mundo exterior: "Mamá estaba prácticamente en prisión con papá, que se burlaba de ella si manifestaba el deseo de ver a sus amistades." Así narra Margaret los primeros años en Cornish. "Incluso los contactos con su familia le estaban prohibidos. Ahora que está casado por tercera vez, también pone bajo presión a su joven esposa Colleen que quisiera mantener contacto con sus familiares. La hace sentir como si eso fuera una debilidad de la que debiera avergonzarse."

Sin embargo, ya en los años en que estuvo casado con Claire, esa existencia aislada estaba llena de contradicciones. Había comprado una casa colonial donde ni siquiera había agua caliente; sin embargo, pretendía que Claire lavara y planchara las sábanas dos veces a la semana. "Me he preguntado muchas veces –escribe la hija escritora–, cómo sus esposas y amantes, todas jóvenes e inteligentes, pudieron desaparecer en la nada, aniquiladas por él."

Muy pocas personas podían tener acceso a la finca de Cornish. Además de la ama de llaves y del barrendero, estaban el padre John y la señora Cox: "Ésta tenía una personalidad tan fuerte que ni mi padre osaba decirle no y aceptaba inclusive sus invitaciones en las obligadas fiestas: Navidad, el día de la Independencia y la fiesta del Trabajo. Sin embargo, en esas ocasiones siempre estaba de pésimo humor."

La voluntad de Salinger de vivir como ermitaño era tan fuerte que ni la invitación a la Casa Blanca lo disuadió. Margaret narra aquella vez que sonó el teléfono y era Jacqueline Kennedy la que llamaba: "Habló con mi madre y los invitó a una reunión en la Casa Blanca. Mamá le contestó cohibida que J.D. no quería. La First Lady pidió hablar directamente con el escritor." Pero tampoco lo disuadieron las presiones de Jacqueline, y aprovechó la ocasión para ofender a su esposa diciéndole que era una vanidosa que no deseaba otra cosa más que ponerse un vestido de noche para ir a una recepción. "Entre más se recluía más sentía amenazada su privacidad. Inclusive, los reporteros se escondían arriba de los árboles y él tenía la idea fija de que nos querían secuestrar y que alrededor de la casa estaban al acecho individuos perversos."

Al mismo tiempo, Salinger no tenía ningún recato frente a sus hijos y hablaba abiertamente de cualquier cosa, incluso de las más delicadas. "Sacaba a relucir cualquier acusación en contra de mamá, y expresaba sentimientos muy duros. La llama abiertamente ramera."

Claire se entendía con muchos hombres, unos apenas pocos años mayores que sus hijos. Se iba a la cama con estudiantes universitarios y a menudo los invitaba a pasar la noche con ella, mientras su marido dormía en el granero, a poca distancia de la casa. Salinger la cubría de insultos pero soportaba su infidelidad porque ya desde los tiempos de su fe hinduista se había adherido a una especie de castidad bajo la influencia de las palabras del Yogi Paramahansa Yogananda. "Jerry y yo no hacíamos mucho el amor –narra Claire recordando la vez en que lo hicieron en la litera de un tren que los llevaba a Cornish–; para él el cuerpo era el diablo, y me acuerdo tan bien de esa vez, que estoy convencida que fue cuando quedé embarazada de Margaret."

Salinger vivió la maternidad de su esposa con gran desagrado. Le dijo que era asqueroso ver la transformación de su cuerpo. Cuando a su vez Margaret quedó embarazada, Salinger tuvo un disgusto tal que trató de convencer a su hija de que abortara. "¿Con qué valor me dices que debería matar a mi niño? –pregunté a mi padre que se limitó a contestar: ‘Eh, eh, matar, matar, qué palabrota dramática. Estoy solamente expresando lo que diría cualquier padre de una hija en tu situación.’"

Esta fue la dolorosa ocasión que desencadenó en Margaret el deseo de levantar la cortina de privacidad que su padre había creado con el transcurso de los años. "En ese momento sentí derrumbarse mi sueño de un papá perfecto. Empecé a darme cuenta de que papá, no obstante su talento, no era ni bueno ni malo. Mi padre me había enseñado que hay que avergonzarse profundamente de cualquier imperfección. Vencer, ser de primera calidad, tener genio creativo, eran las únicas cosas que contaban. Pero con este libro quiero que él sepa que existe un justo medio entre perfección y destrucción, entre paraíso e infierno. Quiero que un día él logre decirle a un amigo, a una amante o a un hijo: ‘No estoy de acuerdo con todo lo que haces pero de todas maneras te amo.’ Sin embargo, mi padre no es capaz de eso."

Traducción de Annunziata Rossi