Trasiego de mercancías y de seres
humanos, delitos y fugas al cobijo de la noche, flujos de dinero y de
miserias, complicidades y traiciones, deambular de excluidos al asalto
del "paraíso" y esclavismo laboral en la maquila. Gentes
que viven y mueren, que sobreviven y sueñan entre el bullicio
de esa tierra de nadie y de todos que es la Frontera: la gran metáfora
de los deseos y las frustraciones, de lo prohibido, de lo inalcanzable,
de la espera que aguarda una vida nueva al amparo de las migajas bajo
la mesa del poderoso. Y todo este abigarrado microcosmos frente al mundo
sin fronteras de la especulación financiera, de las transaciones
de capital, de la libertad de acción de las transnacionales.
La frontera como muro, la frontera como puente. La frontera como delirio,
una pesadilla que divide ese mundo en verdugos y víctimas, en
hombres enfebrecidos por un mal sin nombre y mujeres en la sombra de
una nebulosa sin rostros. La escenografía: Ciudad Juárez.
Los merodeadores
Que 260 mujeres hayan sido sacrificadas en ese escenario en el lapso
de ocho años con total impunidad cuenta con todos los elementos,
no sólo de una escalofriante novela negra sino de una tragedia
griega, de una hecatombe histórica, de un ensayo de holocausto
contra el género femenino similar a la persecución hitleriana
contra los judíos.
Crímenes en la oscuridad de la noche, en la lejanía de
los campos, en los rellanos de rutas transitadas, en callejones laberínticos,
muertes en la plenitud de unas vidas ya sin sentido. En esas noches
pobladas de gentes que deambulan de acá para allá imagino
las miradas sabuesas de los merodeadores, de aquellos que siguen los
pasos perdidos de sus víctimas. Miradas extraviadas de mentes
criminales que buscan... ¿Qué buscan? ¿qué
desean? ¿qué odian? Pero, sobre todo, ¿quiénes
son? Lo único que sospechamos es que se trata de hombres. ¿Mercenarios?
¿poderosos? ¿sádicos? ¿Por qué sospechamos
que los merodeadores sean hombres? Porque no podemos concebir otra cosa,
porque nuestra experiencia de mujeres reconoce esas miradas que acechan,
que enloquecen, que agreden, que desprecian en el silencio de la distancia
o en la bronca de la confrontación. Son ellos, los merodeadores
que siempre han seguido los movimientos de sus presas hasta encontrar
el momento propicio de la indefensión o del desamparo para asaltarnos
en la trampa fatal de un descuido, de una ingenua confianza, de una
alegría jovial que se entrega. La timorata mamá de Caperucita
¿tenía razón? ¡Cuidado con el lobo! En la
fronteriza Ciudad Juárez las jóvenes ya no tienen derecho
a crecer alegres y confiadas, abiertas a la vida y a la aventura, al
amor o a la diversión porque los lobos que acechan aparecen siempre
con pieles de cordero.
Las preguntas sin respuesta siguen ahí, sin que ninguna autoridad
policial, política o judicial haya aventurado una sola hipótesis
esclarecedora; con apenas uno de los asesinos castigado, sin que a estas
mujeres se les haya hecho justicia. Estas brutales muertes se levantan
como un clamor en el que nuestras voces se confunden con los llantos
y sus gritos, con la conciencia colectiva de nuestra responsabilidad
política y ciudadana. Ni un día más en el silencio
del estupor cómplice. Ni una noche en el sueño plácido
del olvido.
Las hipótesis
En un artículo de Sergio Zermeño, publicado en La Jornada
del 29 de noviembre pasado, se avanzaban algunas hipótesis simbólicas
sobre el origen de estos crímenes. Y es que las cosas comienzan
a estar más claras, acostumbrados como estamos a ver en la televisión
los horrores que se cometen contra las mujeres en todas partes del mundo.
Es fácil deducir que no se trata de algo coyuntural, casual o
esporádico, sino que algún mal muy profundo se ha instalado
en una civilización que se fundamenta en una violencia sádica
que se ceba en los más débiles y, de modo obsesivo, en
las mujeres. Pero estas mujeres, hasta ahora sometidas por la fuerza,
las costumbres o las creencias, están despertando de modo imparable,
irreversible.
Pues bien, ese despertar, ese protagonismo y esa fuerza soterrada durante
siglos está poniendo en cuestión la supremacía
masculina, que se defiende de modo brutal, que decide morir matando
como si no existieran otros modos más dignos, más éticos
y más estéticos de ser hombre que continuar con el modelo
del macho dominador. Zermeño compara el deambular de los varones
por las cantinas, sin otro futuro que el de cruzar la frontera, con
el trabajo esclavo y disciplinado de las mujeres que, aún a ese
precio, son las que mantienen a la familia y poseen un mayor poder adquisitivo
que el de ellos. Y relaciona esta persecución sistemática
con la caza de brujas que surgió en la Edad Media a medida que
ciertas mujeres iban adquiriendo más poder o un status de mayor
reconocimiento. Sin embargo, si bien estos resentimientos pueden constituir
un caldo de cultivo propicio a la venganza, al odio y al crimen, lo
serial y sistemático de estos horrores apuntan a un cierta organización
dirigida desde arriba. ¿Constituye Ciudad Juárez un campo
de pruebas? ¿Están programadas estas acciones desde algún
centro al norte de la frontera en connivencia con ciertos intereses
locales? No olvidemos que en la caza de brujas fueron el poder político,
el religioso y el médico-científico los que se conjuraron
para llevar a la hoguera a más de siete millones de mujeres durante
los cuatro siglos en los que tuvieron lugar aquellas persecuciones sistemáticas.
¿Qué consiguieron? Sin duda amedrentarnos y detener durante
siglos la igualdad que nos corresponde por derecho. ¿Podría
volver a suceder algo semejante? El silencio cómplice y el mirar
para otro lado de aquellos que tiene el deber de salvaguardar la seguridad
ciudadana me obligan a pensar en lo peor.
Si estos crímenes los estuviera cometiendo un grupo terrorista,
todo el aparato del Estado estaría en situación de emergencia,
pues serían considerados como un desafío al poder institucional,
pero tratándose de mujeres se lo juzga como un asunto privado
que no pone en peligro los poderes establecidos. En su orden de prioridades
e intereses ése es un asunto menor y quién sabe si inconscientemente
aceptable. Las mujeres deben tener claro quién sigue siendo el
amo (o el rey). Las mujeres sólo pueden aspirar a una cierta
igualdad subordinada, a una "representación" sumisa
en los lugares y momentos que se prescriben, a una capacidad democrática
que no ponga en cuestión el modelo imperante. El feminismo no
puede ir más allá de una panoplia de organizaciones no
gubernamentales asistenciales sin otra función que llevar adelante
los programas previamente establecidos, pero de ahí a que las
mujeres se sientan sujetos libres y autónomos, de ahí
a que opten por modelos no tradicionales va un largo trecho. De nuevo
la fuerza física, las violaciones y la muerte para sellar un
pacto secreto entre "caballeros".
La "ciudad sin ley" constituye
un espejismo, pues la ley implícita que impera es la complicidad
entre los ejecutores, los dirigentes en la sombra, las autoridades y
la población desprotegida que no es capaz de manifestarse a favor
de la campaña "Ni una más en Ciudad Juárez".
Al menos las mujeres y ciertos hombres con sensibilidad democrática
tendríamos que romper nuestros pequeños círculos
familiares, profesionales y políticos para construir una "opinión
pública" que acabe con una situación intolerable
para las mujeres, que en cualquier momento podría amenazarnos
a todas. Primero fueron ellas, luego vinieron por mí.