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En Ciudad Juárez campea la complicidad de los ejecutores

· Es fácil deducir que no se trata de algo coyuntural, casual o esporádico, sino que algún mal muy profundo se ha instalado en una civilización que se fundamenta en una violencia sádica contra las mujeres
· Lo serial y sistemático de estos horrores apuntan a un cierta organización dirigida desde arriba.

Victoria Sendón de León

 

Trasiego de mercancías y de seres humanos, delitos y fugas al cobijo de la noche, flujos de dinero y de miserias, complicidades y traiciones, deambular de excluidos al asalto del "paraíso" y esclavismo laboral en la maquila. Gentes que viven y mueren, que sobreviven y sueñan entre el bullicio de esa tierra de nadie y de todos que es la Frontera: la gran metáfora de los deseos y las frustraciones, de lo prohibido, de lo inalcanzable, de la espera que aguarda una vida nueva al amparo de las migajas bajo la mesa del poderoso. Y todo este abigarrado microcosmos frente al mundo sin fronteras de la especulación financiera, de las transaciones de capital, de la libertad de acción de las transnacionales. La frontera como muro, la frontera como puente. La frontera como delirio, una pesadilla que divide ese mundo en verdugos y víctimas, en hombres enfebrecidos por un mal sin nombre y mujeres en la sombra de una nebulosa sin rostros. La escenografía: Ciudad Juárez.

Los merodeadores

Que 260 mujeres hayan sido sacrificadas en ese escenario en el lapso de ocho años con total impunidad cuenta con todos los elementos, no sólo de una escalofriante novela negra sino de una tragedia griega, de una hecatombe histórica, de un ensayo de holocausto contra el género femenino similar a la persecución hitleriana contra los judíos.
Crímenes en la oscuridad de la noche, en la lejanía de los campos, en los rellanos de rutas transitadas, en callejones laberínticos, muertes en la plenitud de unas vidas ya sin sentido. En esas noches pobladas de gentes que deambulan de acá para allá imagino las miradas sabuesas de los merodeadores, de aquellos que siguen los pasos perdidos de sus víctimas. Miradas extraviadas de mentes criminales que buscan... ¿Qué buscan? ¿qué desean? ¿qué odian? Pero, sobre todo, ¿quiénes son? Lo único que sospechamos es que se trata de hombres. ¿Mercenarios? ¿poderosos? ¿sádicos? ¿Por qué sospechamos que los merodeadores sean hombres? Porque no podemos concebir otra cosa, porque nuestra experiencia de mujeres reconoce esas miradas que acechan, que enloquecen, que agreden, que desprecian en el silencio de la distancia o en la bronca de la confrontación. Son ellos, los merodeadores que siempre han seguido los movimientos de sus presas hasta encontrar el momento propicio de la indefensión o del desamparo para asaltarnos en la trampa fatal de un descuido, de una ingenua confianza, de una alegría jovial que se entrega. La timorata mamá de Caperucita ¿tenía razón? ¡Cuidado con el lobo! En la fronteriza Ciudad Juárez las jóvenes ya no tienen derecho a crecer alegres y confiadas, abiertas a la vida y a la aventura, al amor o a la diversión porque los lobos que acechan aparecen siempre con pieles de cordero.
Las preguntas sin respuesta siguen ahí, sin que ninguna autoridad policial, política o judicial haya aventurado una sola hipótesis esclarecedora; con apenas uno de los asesinos castigado, sin que a estas mujeres se les haya hecho justicia. Estas brutales muertes se levantan como un clamor en el que nuestras voces se confunden con los llantos y sus gritos, con la conciencia colectiva de nuestra responsabilidad política y ciudadana. Ni un día más en el silencio del estupor cómplice. Ni una noche en el sueño plácido del olvido.


Las hipótesis
En un artículo de Sergio Zermeño, publicado en La Jornada del 29 de noviembre pasado, se avanzaban algunas hipótesis simbólicas sobre el origen de estos crímenes. Y es que las cosas comienzan a estar más claras, acostumbrados como estamos a ver en la televisión los horrores que se cometen contra las mujeres en todas partes del mundo. Es fácil deducir que no se trata de algo coyuntural, casual o esporádico, sino que algún mal muy profundo se ha instalado en una civilización que se fundamenta en una violencia sádica que se ceba en los más débiles y, de modo obsesivo, en las mujeres. Pero estas mujeres, hasta ahora sometidas por la fuerza, las costumbres o las creencias, están despertando de modo imparable, irreversible.
Pues bien, ese despertar, ese protagonismo y esa fuerza soterrada durante siglos está poniendo en cuestión la supremacía masculina, que se defiende de modo brutal, que decide morir matando como si no existieran otros modos más dignos, más éticos y más estéticos de ser hombre que continuar con el modelo del macho dominador. Zermeño compara el deambular de los varones por las cantinas, sin otro futuro que el de cruzar la frontera, con el trabajo esclavo y disciplinado de las mujeres que, aún a ese precio, son las que mantienen a la familia y poseen un mayor poder adquisitivo que el de ellos. Y relaciona esta persecución sistemática con la caza de brujas que surgió en la Edad Media a medida que ciertas mujeres iban adquiriendo más poder o un status de mayor reconocimiento. Sin embargo, si bien estos resentimientos pueden constituir un caldo de cultivo propicio a la venganza, al odio y al crimen, lo serial y sistemático de estos horrores apuntan a un cierta organización dirigida desde arriba. ¿Constituye Ciudad Juárez un campo de pruebas? ¿Están programadas estas acciones desde algún centro al norte de la frontera en connivencia con ciertos intereses locales? No olvidemos que en la caza de brujas fueron el poder político, el religioso y el médico-científico los que se conjuraron para llevar a la hoguera a más de siete millones de mujeres durante los cuatro siglos en los que tuvieron lugar aquellas persecuciones sistemáticas. ¿Qué consiguieron? Sin duda amedrentarnos y detener durante siglos la igualdad que nos corresponde por derecho. ¿Podría volver a suceder algo semejante? El silencio cómplice y el mirar para otro lado de aquellos que tiene el deber de salvaguardar la seguridad ciudadana me obligan a pensar en lo peor.
Si estos crímenes los estuviera cometiendo un grupo terrorista, todo el aparato del Estado estaría en situación de emergencia, pues serían considerados como un desafío al poder institucional, pero tratándose de mujeres se lo juzga como un asunto privado que no pone en peligro los poderes establecidos. En su orden de prioridades e intereses ése es un asunto menor y quién sabe si inconscientemente aceptable. Las mujeres deben tener claro quién sigue siendo el amo (o el rey). Las mujeres sólo pueden aspirar a una cierta igualdad subordinada, a una "representación" sumisa en los lugares y momentos que se prescriben, a una capacidad democrática que no ponga en cuestión el modelo imperante. El feminismo no puede ir más allá de una panoplia de organizaciones no gubernamentales asistenciales sin otra función que llevar adelante los programas previamente establecidos, pero de ahí a que las mujeres se sientan sujetos libres y autónomos, de ahí a que opten por modelos no tradicionales va un largo trecho. De nuevo la fuerza física, las violaciones y la muerte para sellar un pacto secreto entre "caballeros".

La "ciudad sin ley" constituye un espejismo, pues la ley implícita que impera es la complicidad entre los ejecutores, los dirigentes en la sombra, las autoridades y la población desprotegida que no es capaz de manifestarse a favor de la campaña "Ni una más en Ciudad Juárez". Al menos las mujeres y ciertos hombres con sensibilidad democrática tendríamos que romper nuestros pequeños círculos familiares, profesionales y políticos para construir una "opinión pública" que acabe con una situación intolerable para las mujeres, que en cualquier momento podría amenazarnos a todas. Primero fueron ellas, luego vinieron por mí.