Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 23 de febrero de 2002
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Política

Miguel Concha

La paz comprometida

Estalló la guerra en Colombia. Después de tres años y medio de negociaciones, el presidente anunció la noche de este miércoles la ruptura del proceso de paz. El diálogo entre las FARC y el gobierno había llegado a uno de sus puntos más difíciles desde enero, hasta el punto que la mediación internacional (ONU y 10 países amigos, entre ellos México) promovió la firma de un nuevo acuerdo, con el que se prolongaba la tregua hasta el 7 abril, con la intención de pactar posteriormente un cese definitivo de hostilidades.

En medio de la tensión el diálogo avanzaba. No obstante, la mañana del miércoles el país despertó con la noticia de la toma de un avión retenido supuestamente por la guerrilla, con la intención de secuestrar a un senador que se dirigía al sur del país. El episodio quebró el último nudo del frágil tejido en que se habían convertido las conversaciones. Luego de la alocución presidencial emitida esa noche, los aviones de la fuerza aérea sobrevolaron El Caguán, bombardeando objetivos construidos por la guerrilla durante su dominio sobre una vasta región de 42 mil kilómetros cuadrados.

Seis meses antes de la elección de Andrés Pastrana, el país manifestó su rechazo a la guerra, cuando en una votación sin precedente, el 26 de octubre de 1997, 10 millones de colombianos se pronunciaron en contra. La paz fue además el tema central de la reñida campaña electoral, y la victoria de Pastrana se selló cuando las FARC manifestaron su voluntad de negociar con él. La paz era y es el problema político y social central de Colombia. Sin embargo, durante todo este tiempo lo que estuvo en disputa fue la posibilidad de negociar la paz en medio de la guerra.

Sin duda, el Plan Colombia erosionó la confianza que se requería. ƑQuién cree en condiciones para la paz en el marco de una propuesta impulsada desde Estados Unidos, con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico? El proyecto paramilitar forma parte además de la estrategia contrainsurgente del Estado. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Oficina en Washington para América Latina (WOLA, por sus siglas en inglés) han señalado que "la acción de los grupos paramilitares es parte integrante de la estrategia de contrainsurgencia del ejército colombiano". Ese plan no es sino el incremento de la violencia.

La lógica de negociar en medio de la confrontación dejó abierta la puerta para que la guerrilla, el Estado y los paramilitares buscaran su fortalecimiento militar. Estaba en disputa quién ganaba legitimidad para ampliar la guerra y obtener la victoria, no la paz. El gobierno puso en marcha una gran campaña para mostrarle a todo el mundo que las FARC no querían el fin de las hostilidades. Y la insurgencia se dejó enredar en las provocaciones, sin demostrar una verdadera voluntad de paz. En un contexto en el que 20 por ciento de los más pobres recibe mil dólares promedio al año; en el que los espacios democráticos han sido la excepción; en el que las fuerzas de seguridad y sus aliados paramilitares han implementado una estrategia caracterizada por la violación sistemática de los derechos humanos (ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y hostigamiento a los defensores de los derechos humanos); en el que las políticas de ajuste estructural impuestas por el Fondo Monetario Internacional espolean a una empobrecida clase media y pauperizan a enormes sectores de la población, se podría esperar el favor del pueblo hacia unas fuerzas que combaten a una oligarquía tradicionalmente antidemocrática. Sin embargo, en estas duras condiciones los grupos guerrilleros también incurrieron en frecuentes violaciones al derecho humanitario, como homicidios deliberados, secuestros, destrucción de casas. La voladura de puentes, de oleoductos, de torres de energía eléctrica y hasta de acueductos, terminó por enervar a la población. Y el secuestro y la extorsión indiscriminada contra toda clase de personas minaron el respaldo a la guerrilla.

Una de las lecciones que nos deja el doloroso conflicto colombiano es que no puede cimentarse una paz digna y duradera sin el respeto pleno de los derechos humanos por parte de todos, pues de otra manera quien siempre verdaderamente pierde es el pueblo, que desde hace mucho tiempo anhela una paz que es fruto de la justicia, y quienes verdaderamente ganan son los intereses extranjeros.

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