Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Martes 26 de febrero de 2002
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Cultura
Se entregaron los premios nacionales de Ciencias y Artes 2001 en Los Pinos

Leñero: la cultura no es un peldaño de la educación; tiene escalera propia

Con una sola mirada, el presidente Fox tomó nota de la tormenta desatada por el escritor

El galardonado dedicó a Ricardo Garibay la primera banderilla de su faena

CESAR GÜEMES

Solamente una vez, como diría Agustín Lara, miró el presidente Fox a Vicente Leñero, mientras el escritor leía su discurso de recepción del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2001. Y no era para menos: los señalamientos caían uno tras otro. Pero eso fue más tarde.

Barruntos de tempestad

Se veía venir la tempestad, pese a que meteorológicamente sólo algunas nubes poblaban el cielo de la entrada sur a Los Pinos. Se veía venir, también, a Leñero, el único de los premiados que no llegó en auto hasta la puerta de acceso sino que tomó a pie, a buen paso, la llamada Rampa de la Hormiga.

Altas enredaderas de un lado, árboles que pasaron la prueba del añejo, del otro. Seguridad discreta. Gafetes. Listas. Pegatinas. Allá adelante, donde la cuesta pierde su nombre, se reúnen los premiados para completar algún trámite. Acá, la gente de prensa y la de ese misterio llamado logística. Eso sí, ningún auto del año. Pasa Leñero junto a los periodistas y declina adelantar siquiera una palabra de su discurso. Se aleja entre sonrisas.

Aunque la entrega de galardones dará comienzo en punto de la una de la tarde, según los cánones de la relojería suiza, en realidad empieza con demora: los premios corresponden a 2001 y se entregan casi al cierre del primer trimestre de 2002. Hay un desfase. No corre parejo el tiempo de la cultura y la ciencia con el de la política en el país.

Minutos antes, en un descuido de la prensa que lo busca con insistencia, Leñero hace mutis para arreglar asuntos particulares. Se apersona de nuevo ya en la entrada del salón.

Nomás tantito

-¿Cómo está, Vicente?

-Nerviosísimo -dice más en broma que en serio. De veras no quiere hablar antes de su participación, pero no puede evitar al menos una pregunta:

-¿Les va a dar duro, maestro?

Sonríe, pícaro, guarda un instante de silencio pero concede al fin:

-Nomás tantito -y se adentra, presuroso.

En punto de las 13 horas aparece el presidente Vicente Fox en escena, precedido del anuncio usual que avisa de su presencia. Ni un solo aplauso. El único sonido es el del aire acondicionado a todo gas que enfría más si es posible el ambiente del salón iluminado por 60 enormes tragaluces.

Primero en turno al micrófono, Reyes Tamez, titular de la Secretaría de Educación Pública, hace una glosa del premio y apunta después que ''en el curso del siglo XX, sobre todo en su segunda mitad, los mexicanos construimos un vasto y vigoroso sistema educativo, científico y cultural que ha sido la base propiciatoria, el terreno generoso y fértil desde donde los creadores, los pensadores, los investigadores y los promotores han sabido construir una vasta, rica y maravillosa producción que constituye nuestro mayor patrimonio".

Cosechará algunos aplausos, aunque para el recuerdo queda su mención de Ida Rodríguez ''Pramploni", que es casi decir Pamplona y que le resta toda su bella sonoridad latina al apellido Prampolini.

La cultura tiene sus propios peldaños

La entrega de los premios transcurre sin excesivos sobresaltos. Vicente Leñero lo recibe en el área de Lingüística y Literatura; Federico Ibarra por Bellas Artes; Alfredo Zalce, en el mismo rubro, acude a la mesa principal con pasos menudos pero decididos, un doble aplauso lo acompañará de ida y vuelta al lado de su hija Beatriz. Alejandro Luna se suma a la lista, también en el rubro de Bellas Artes; Ida Rodríguez Prampolini dentro del apartado Historia, Ciencias Sociales y Filosofía; Herminia Pasantes, otro extenso aplauso, en Ciencias Físico-Matemáticas y Naturales; y dos personajes más en el mismo ámbito, Onésimo Hernández Lerma y Julio Everardo Sotelo Morales. En el renglón de Tecnología y Diseño, el galardón es para Filiberto Vázquez Dávila. Silbestre Tiburcio Noyola Rodríguez en Artes y Tradiciones Populares, lo mismo que el maestro Maximino Ramos, quien a nombre de los reboceros de Santa María del Río, San Luis Potosí, saludará al presidente Fox al más puro estilo de la secundaria, con triple apretón de mano.

Viene Vicente Leñero. Comienza la lluvia desde el inicio, porque luego de saludar a los presentes, a sus hijas y esposa, de inmediato clava la primera banderilla brindándole la tarde a Garibay, tan absurda y procazmente ignorado por propios y extraños:

''Quiero empezar este breve texto con una dedicatoria a Ricardo Garibay, que mereció estar aquí antes que muchos; antes que yo, desde luego". Y no lo estuvo. Negados sistemáticamente para el poderoso prosista los reconocimientos de su propio país. Vicente Fox iría dando acuse de recibo a las puntualizaciones con ese gesto tan suyo de mirar fijo al frente y elevar la barbilla de vez en vez, como si asintiera pero hacia arriba. Arreció el aguacero en palabras del escritor: "Habría que encontrar el modo de convertir la cultura en necesidad". Ello porque: "Se ha querido situar a la cultura como un peldaño en la escalera de la educación, pero la cultura tiene en realidad sus propios peldaños de su propia escalera. Desoyendo a Renato Leduc, que ya glorificó la dicha inicua de perder el tiempo, algunos la consideran como una actividad para el tiempo que te quede libre, siendo que el tiempo y la pasión exigidos por la cultura deberían preñar el régimen personal y social de nuestras vidas; como puntalanza, como sustento, como contrapunto para una sociedad empeñada en regirse por exclusivas exigencias económicas".

Dio un ejemplo de su dicho: ''Importa más el gozo acumulado por los lectores de Cien años de soledad que el secreto placer de García Márquez cuando desentrañaba su prosa entre retortijones y dolores de parto".

Ahí, ante la evocación del Nobel colombiano, el presidente Fox vio por única vez a Leñero, apenas una mirada y luego los ojos al frente, la barbilla tomando nota de la tormenta que continuaba: "Resulta hoy insólito, insisto, casi inimaginable descubrir a un secretario de Estado o a un gobernador o a un líder parlamentario en la butaca de un teatro o en una sala de conciertos asistiendo gozoso a la función; insólito sorprenderlo perdiendo el tiempo con la lectura de una novela o asomándose a la exhibición de una película mexicana".

Remató la faena, mientras en el recinto escaseaban los paraguas: "Y si quienes nos dirigen o nos representan desconsideran para sus propias vidas la valoración íntima de las manifestaciones culturales, resulta lógico entender que no hagan lo suficiente para promover el ejercicio y la apreciación de lo que exalta la vida".

''Duro, duro, duro''

De manera sorpresiva, cuando Leñero terminó entre aplausos y gritos de "duro, duro, duro", Vicente Fox se levantó para decirle algo al oído y tenderle la mano. En su oportunidad, porque la tuvo, el Presidente estuvo a punto de hacer un anuncio espectacular, pero se abstuvo de esta forma: "Sin soslayar que las acciones que emprendemos deben servir en igualdad de derechos y obligaciones a todos los mexicanos, somos sensibles a las preocupaciones en torno a las regalías de derechos de autor". Y nada más sobre el tema. Ni una palabra más.

Al final, otra vez a solas por unos segundos, una nueva pregunta para Leñero:

-Qué le dijo el Presidente?

-Me felicitó -responde enarcando las cejas el escritor.

-¿Y usted le creyó?

La respuesta del galardonado es la última gota del temporal:

-Me parece que no estaba muy atento.

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