Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Martes 26 de febrero de 2002
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Cultura
Estreno en el Palacio de Bellas Artes de la ópera bufa La italiana de Argel

Deleite de operópatas con las bromas de Rossini

PABLO ESPINOSA

Una mexicana vestida de italiana en Argel, varios cantantes en el papel de profetas en su tierra, hartos operópatas desternillados de la risa, una batuta venida de más a menos, muchos claques en butacas y una asistencia muy nutrida porque todos acababan de comer fue el saldo, en números anaranjados pues de ese color vistieron a turcos en escena, del estreno en nuestro país de La italiana en Argel, ópera cómica del gordísimo Rossini.

Importar cantantes... mexicanos

Palacio de Bellas Artes, la tarde del domingo. Nueva etapa de la ópera en México se abre con esta partitura nunca antes vista pero sí escuchada. Fue ahora sí vista porque todo salió tan redondo como la panza de un arquitecto de su propio destino como músico y gourmet: don Joaquinísimo Rossini. El reparto es mexicano hasta las cachas (sin albur): voces que han triunfado en otros ámbitos (otras voces, otros ámbitos, diría el maestro que escribía reportajes en forma de óperas, Truman Capote) pero que no habían recibido la oportunidad que ahora se abre con la frase abracadabra de Raúl Falcó: ''Voy a importar cantantes... mexicanos".

Así por ejemplo, el papel estelar sonó a cargo del tenor José Medina, quien hasta ayer había sido profeta en otras tierras, o mejor, en otras tablas entre ellas las del Met. Bela la suavoche manontanto, porque sólo duró su intensidad y brillo en el primer acto, al igual que se murió en el acto... segundo la fogosidad inicial de la batuta enhiesta primero y blanda enseguida de Jesús Medina, también debutante en ópera. Muchos estrenos en sólo dos actos.

El mayor acierto fue sin duda la dirección escénica de Hernán del Riego, cuyo montaje De monstruos y prodigios ya había fascinado a chicos y grandes, operopatotas y operopatitos. En contraste con lo que sucedía hace no muchos ayeres en Bellas Artes, cuando nos moríamos de la risa pero del puritito humor involuntario por las puestas en escena acartonadas y planotas, en esta ocasión nos morimos pero del gusto y hasta al mismísimo don Perogrullo le dolía la panza de tanta carcajada con la comicidad, agua tibia, de una ópera cómica bien lograda en su montaje.

En escena entonces, las bromas musicales del gordo genial Rossini en nudos gordianos tejidos entre el foso de la orquesta, las gargantas de solistas, coristas, corifeos y coriguapas. Frente a operómanos, operófilos, operópatas y operarios, el dulce placer del arte de la ópera como el hilo negro que se acaba de descubrir, ¡oh sorpresa!, los operópatas (dícese de los que escuchan ópera con las patas, de acuerdo con el maestro Juan Ibáñez): la ópera es teatro y música en dulce cópula de locos.

Hacía mucho tiempo, por lo pronto, que no reían tanto y de buena gana tantos operópatas.

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