¡Qué bueno que las mujeres
tengamos un día para nosotras! También lo tienen los enfermos
de Parkinson, las ballenas, el reumatismo, los pingüinos, los bosques
de hayas..., en fin. No sé si se sigue manteniendo para recordarnos
nuestra feminidad o para que las amigas nos encontremos en alguna manifestación
o fiesta ocasional para celebrar... pues eso, que somos mujeres. ¡Bravo!
Se trata de un día entrañable, desde luego; lo malo es
lo poco entrañables que son los 364 restantes.
Bueno, tal vez sirva para gritar al mundo que la lucha continúa,
pero ¿realmente continúa? Pocas, muy pocas, son las que
siguen luchando por las mujeres y lo hacen por cosas distintas. Unas
pelean por la paridad en los centros de decisión política,
cultural o económica; otras se organizan para mejorar la situación
de las más desfavorecidas; y algunas quieren cambiar el modelo
de mundo porque la igualdad con los varones no supone ninguna chamba
tal como está el patio. Pero me sigo preguntando ¿para
qué sirve el 8 de marzo? Una iniciativa que circula por ahí
y que se va extendiendo es la de la huelga general de mujeres para ese
día, pero una huelga en serio: en el trabajo, en la casa y en
la cama. Serviría para visibilizar el pedazo de mundo que mantenemos
sobre nuestros hombros o sobre nuestras cabezas como las cariátides
del Partenón de Atenas. Sería algo similar a lo que hicieron
Lisístrata y sus compañeras cuando se negaron a acostarse
con sus maridos hasta que terminaran con sus malditas guerras de una
vez por todas. Y lo consiguieron. Claro que esto no era más que
una comedia de Aristófanes.
La comedia actual es la de creernos que este día puede solucionar
algo, la de creernos que en ese día Israel no disparará
contra los palestinos o que estos no irán a suicidarse en pleno
centro de Jerusalem; la comedia consiste en pensar que en nuestro día
Bush no incluirá a algún otro país en el eje del
Mal; que los hombres no seguirán violando o matando mujeres o
que los proxenetas darán vacaciones a sus chicas secuestradas.
La comedia es la concesión misma de este día.
De todos modos, mi optimismo radical siempre espera que se produzca
el milagro, pero ¿qué milagro? El milagro de que los estúpidos
afanes y objetivos masculinos se tornen en aspiraciones, al menos, sensatas.
Es absurdo el modelo de mundo que se nos trata de imponer, y más
absurdo que las mujeres intentemos integrarnos o colaborar, pero el
amor, la sumisión, el miedo, la necesidad, la colonización
y cierta nebulosa mental nos impelen a ello. ¡Mujeres del mundo,
párenlo!