Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 23 de mayo de 2002
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Política

Adolfo Sánchez Rebolledo

Las mañas del diablo

Bajo la abrumadora retórica del cambio que inunda al país se alza, incólume, la excepción sindical. Pueden caerse el cielo y el PRI, que el charrismo queda. Los sindicatos ex oficialistas son los fósiles más antiguos del viejo corporativismo, vestigios de una época que se resiste a dejar la escena. Los empresarios no los quieren, pero los soportan, pues a pesar de todo aún son la llave de la famosa estabilidad laboral que sin reforma de por medio abre las puertas a los contratos de protección, erosiona la vida obrera y otras lindezas del liberalismo económico.

Los políticos, que no se cansan de elogiar las virtudes de la democracia y el pluralismo, callan ante la sagrada autonomía de las burocracias corruptas que medran con el esfuerzo de los trabajadores. En definitiva no juzgan los actos de las camarillas sindicales, sino las bande-rías y los servicios que les prestan.

Cuando el gobierno de la alternancia se atreve a poner bajo sospecha la cabeza de algunos líderes, busca una coartada para reducir a polvo las inercias que hoy le impiden poner a remate ciertas empresas públicas. Prefiere la docilidad de los impresentables a mover el avispero en el coto empresarial. La democracia sindical es asunto tabú, una especie de falso problema, un anacronismo que no merece atención. Los únicos que siguen preocupados por la suerte del sindicalismo son los mismos sindicalistas de siempre, los que ya eran independientes antes de que se pusiera de moda la democracia política, pero ellos viven el peor de los mundos posibles tratando de lidiar contra la indiferencia histórica de la izquierda partidista, la animadversión patronal, el rechazo gubernamental y la hostilidad de los antiguos charros.

Que Rodíguez Alcaine represente a la otrora poderosa CTM es una vergüenza que sólo se explica como resultado de la vergonzosa tradición de hacer de los sindicatos una fuerza al servicio del poder. No hay país en el mundo democrático que pueda exhibir tamaña contradicción entre las formas políticas y la representación social, un abismo semejante entre lo que exige la "sociedad civil" en términos de gestión democrática y la parálisis aberrante a que se ven reducidos los sindicatos. Es una pena que nuestros progresistas no dediquen mayores esfuerzos a crear y depurar las organizaciones sociales que debían servir como frenos a la expansión salvaje del llamado neoliberalismo.

La modernización de la que tanto se habla es imposible sin una renovación completa del universo laboral. Pero esa premisa, para tener sentido, debería entenderse primero como una reconstrucción del tejido de la representación obrera, no como su negación. La reforma laboral no puede identificarse con la abolición de los derechos legítimos de la clase obrera mexicana, pero tampoco puede detenerse en la consagración de los privilegios espurios que han eternizado a ciertos líderes. Si, además, no quiere ser una completa imposición del capital al trabajo, es obvio que los sindicatos tienen que intervenir con sus propias visiones y propuestas, defendiendo los intereses de sus agremiados y, en amplia perspectiva, una concepción de lo que es mejor para el país en su conjunto.

La muerte de los sindicatos, predicada a todo pulmón en la última década, ha resultado ser una falacia para abolir las conquistas ya alcanzadas, pero es obvio que para sobrevivir en la condiciones de la globalización luego de un periodo de crisis el sindicalismo ha tenido que adaptarse, evolucionar hacia formas más funcionales para cumplir con la función de proteger a los trabajadores. En México, salvo la excepciones reunidas en la actual UNT, nada de eso ha ocurrido, salvo el recorte de derechos. ƑCómo puede hablarse siquiera de una "nueva cultura laboral" si la representación de los trabajadores sigue en manos de líderes como Romero Deschamps y similares? ƑCómo puede creerse que las cosas están cambiando si los restos del corporativismo se mecen entre el bandidaje de la corrupción y la sumisión laboral?

No extraña que en este contexto de obvia decadencia resurjan las voces que ya creíamos extinguidas, como la de Joaquín Hernández Galicia, La Quina, el hijo pródigo del viejo sindicalismo petrolero, defenestrado y sometido a prisión por Carlos Salinas de Gortari, quien ahora vuelve por su fueros para saldar viejas cuentas.

En jugosas declaraciones a Gabriela Hernández (www.proceso.com.mx) el ex líder se anticipa a la inminente caída de Romero Deschamps y se suma a la cargada que ya prepara el entierro de su archienemigo. Vale la pena seguir el hilo de sus palabras: "Hay gente, amiga mía, que ya quiere tomar la justicia por sus propias manos, que ha llegado y me ha dicho: 'lo vamos a matar, Joaquín, estamos enojados porque estos desgraciados nos han quitado el alimento de nuestras familias, la educación de nuestros hijos, al dejarnos sin trabajo' ". Agregó: "Voy a tratar de calmar la desesperación que ya está empezando a surgir entre la gente". No vaya siendo que en el rejuego político del gobierno se aparezca el diablo y la actuación contra la corrupción en Pemex, llevada sin oficio, se convierta en la señal para una guerra entre las mafias del sindicalismo. Más sabe el diablo..

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