LETRA S
Junio 6 de 2002

Crónica Sero

Joaquín Hurtado

Uno cree que esta fila de tres horas es el fin de la historia. Media hora por paciente en esa ventanilla sebosa esperando a la chaparra de gafas gruesas lo lleva a uno a pensar que cualquier límite humano aquí ha sido traspasado. Que el cielo existe en cualquier lugar pero que el infierno también, y que se llama Farmacia. Uno extingue los calificativos y la poca energía en esta absurda espera, para que la farmacéutica de pelo teñido de betabel termine sus tacos de huevo con chorizo. Uno sabe que esto es el colmo de la afrenta, pero aguanta. Que sólo falta la gota que derrame nuestra justa ira. Que después de la viejecita que pelea a gritos por su tratamiento para la artritis te salgan con lo mismo de siempre: "su medicamento no ha llegado".

Uno se entera que allá en la capital andan discutiendo sobre esquemas y ordenamientos en este caos donde cada médico da lo que puede o quiere para paliar este mal de tan selectos mexicanos. Ya quisiera uno que al llegar a esa ventanilla de grueso cristal la señora de dedos manchados de grasa te tenga completa la receta de enero, cuando ya estamos en mayo. Que te evite la rabia y la espuma y los ojos desorbitados del señor que fue devuelto a casa con las manos vacías. Ya quisiera uno que te dieran aunque fuera pastillas para el mal aliento.

Y aquí va uno, con las manos temblonas y la voz quebrada: buenos días, a ver si ya llegó esta receta. La cometacos la ve de reojo mientras teclea en la computadora. Saca un diario forrado con caritas de Tatiana, da vuelta a las hojas como si fueran de hormigón. Sigue aporreando el teclado. Contesta una llamada de una compañera que seguramente le revela una importante noticia ocurrida en la casa Big Brother. La gordita ríe y luego lo encara a uno bien picudota: ¿mande?

Uno cree que lo ha vivido todo. Que ha experimentado la más mezquina de las bajezas, la humillación más irreparable. Pero que te tengan como su imbécil esperando por veinte, treinta minutos, para que así nomás te digan ¿qué desea? ¡Ni modo que un pase para el concierto de Luis Miguel. Vieja estúpida! Mas uno vuelve a sonreír y bajito le preguntas por mis medicinas.

La enana se dirige con papel en mano hacia unos polvorientos anaqueles, abre cajas, cierra estantes, remueve telarañas y regresa.

Y a que no saben qué. Sí estaban los medicamentos. Uno es a veces tan mal pensado. La cara agria y el tango preparado se deshacen en agradecimientos a la buena dama de la farmacia cuando te entrega la bolsita gris con las cajitas tan esperadas. Toda ternura y bellos modos la señito te alcanza una pluma y uno firma encantado de que el mundo siga funcionando a pesar de la quiebra del ISSSTE. Uno se va feliz nomás para llegar a la calle y darse cuenta que los nombres de las medicinas son otros, que en lugar de comprimidos te dieron jarabe, que en vez de antivirales te entregaron supositorios pediátricos. Que el planeta se raja en millones de fragmentos y uno se va volando hacia la nada infinita.

Uno mejor se pone a llorar ahora que la fila ha crecido veinte veces y la señito de pelos carmesí está bien ocupada, a risa y risa en el teléfono.