LETRA S
Junio 6 de 2002

La solidaridad afectiva


 

ls-manosAntonio Medina


La señora Josefina, de 46 años, enviudó hace siete luego de que su esposo, un agente judicial, perdió la vida en un tiroteo con delincuentes en el Estado de México. Actualmente vive con sus tres hijos: Adrián, Julieta y Javier de 22, 18 y 14 años respectivamente. Hace cinco años fue operada en el ISSSTE por una complicación en la vesícula y un año después fue detectada en esa misma institución como portadora del VIH.

"No sé si mi esposo me infectó antes de morir o si en el hospital en el que me operaron de urgencia me transfundieron sangre contaminada", relató doña Josefina a Letra S durante un receso del taller de empoderamiento en la Clínica Especializada Condesa de la Ciudad de México.

"Mi experiencia con el VIH ha sido difícil pero la he superando conforme ha pasado el tiempo. Al principio, como es de esperarse en estos casos, fue duro acostumbrarme a vivir con algo de lo cual ignoraba todo. Y cuando digo todo, es realmente todo. No tenía idea de lo que me dijo el doctor después de que me mandó hacer varios exámenes: 'ya tengo sus pruebas de sangre y detectamos que es positiva al VIH', me dijo. Salí del consultorio pensando que tenía que ver con mi tipo de sangre que es A+ , y muy rara de encontrar.

"Mi ignorancia y la poca táctica del médico al hablarme con términos que yo no comprendía, me hicieron permanecer por un mes sin preocupación alguna. Fue cuando regresé al hospital a consulta que una enfermera me explicó --de manera muy amable-- que el VIH era lo mismo o algo similar al sida. En ese momento entré en crisis y no supe qué hacer. Lo primero que pensé fue que podría infectar a mis hijos. Después pensé que de morir, ellos quedarían completamente huérfanos y me atormentó la idea de que se quedaran con la familia de su padre que no es gente de bien."
 
 

Su hijo gay, el gran apoyo

"El mayor apoyo que he tenido para luchar contra el VIH y el sida es de mi hijo Adrián. Él estudia el segundo año de Diseño Gráfico en la UAM y se ha preparado mucho de manera autodidacta para darme a mi y a sus hermanos toda la información sobre el VIH.

"Hace tres años me reveló que desde niño sentía cierta inclinación por otros niños y no por las niñas. Cuando cumplió 15 años, justo en el año que falleció su papá, él ya estaba seguro de que era gay. Fue después que cumplió 18 años cuando comenzó a asistir a grupos donde les imparten a los jóvenes gays talleres de sexo seguro con el propósito de que no se infecten del VIH. Enterarme de que mi hijo es gay no me alarmó ni me hizo verlo diferente, menos al constatar su madurez y seguridad en sí mismo. Al contrario, me transmitió seguridad y me hizo aferrarme más a la vida y no dejarme vencer por los problemas.

"Su experiencia como gay y saber que yo vivo con este virus lo ha sensibilizado mucho con todo lo que tiene que ver con el VIH. Por eso él, sus hermanos y yo hemos decidido que no vamos a sufrir más por 'el qué dirán' o los prejuicios que existen en la sociedad sobre el sida y hacia los gays.

"Vivir con una etiqueta como el VIH, en mi caso, o ser homosexual, como mi hijo, no es fácil en una sociedad acostumbrada a la hipocresía y a guardar las apariencias. Yo creo que el amor familiar, la honestidad, la confianza y una buena dosis de coraje en la vida, hacen que sobrevivas contra los prejuicios de la gente y --desde luego-- los de uno mismo."