Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 13 de junio de 2002
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Política

Sami David

Oaxaca: expresión social de la violencia

Es indudable que la violencia desatada en Oaxaca es producto de la miseria, desigualdad, injusticia y marginación que prevalecen en diversas regiones del país, especialmente en el sur. El Estado mexicano no ha podido eliminar la pobreza ni ha sabido encauzar a los estratos más débiles de la sociedad. La falta de programas sociales, la carencia de políticas de desarrollo sustentable propician esas expresiones virulentas. Y los muertos, las viudas, las familias desamparadas continúan engrosando las estadísticas funestas. La falta de un proyecto integral de nación ha puesto al descubierto nuestras graves insuficiencias como sociedad integrada, así como de un poder público, hasta ahora incapaz de cumplir sus esenciales responsabilidades como son seguridad y justicia. Todo ello evidencia la falta de una vida social organizada en múltiples frentes, de expresiones que normen, prevengan, diriman y concilien "la sobrevivencia".

Por supuesto que no hay que buscar un único culpable ni achacar la responsabilidad a determinada autoridad. En cierto sentido todos somos responsables. Sin una respuesta vigorosa de la misma sociedad, de las mismas instituciones, nada se consigue al condenar la violencia. Cuando mucho a eludir la responsabilidad. O a limpiar la conciencia. No es conveniente tampoco rasgarse las vestiduras. O exigir que el orden penal sea más severo. Los muertos, sobre todo de los sectores más marginados como los grupos étnicos, continúan señalando la iniquidad social del México contemporáneo.

Por otra parte, es evidente que el clima político-social forma parte de este proceso. Los partidos políticos aprovechan cualquier resquicio para denostar al oponente, para situarse en la preferencia del posible elector. Aunque el desamparo de la sociedad continúa. La carencia de empleo continúa. El menosprecio por la educación y la cultura continúan. En este mismo sentido, las áreas alejadas de la mano de Dios son el caldo de cultivo para el salvajismo. Cacicazgos, narcotráfico, penetración de sectas religiosas intolerantes incuban situaciones peligrosas. El agro mexicano y las comunidades indígenas son más que una estampa cinematográfica. Es el terreno donde se dirimen diversos intereses. Pobreza y marginación son pésimas consejeras. Por eso la desesperanza hace presa de sus habitantes.

La tierra misma es la semilla que, en lugar de cohesionar, incuba la rudeza. El recorte realizado por el gobierno federal a las instancias estatales es aún más grave. La problemática particular se acentúa. Y la polarización de la sociedad mexicana sigue. El uso político de los conflictos tampoco agrega nada. En este orden de cosas, la gobernabilidad es tarea de todos, no solamente del gobierno federal. Así, la famosa transición democrática se derrumba ante la falta de responsabilidad. La violencia no es inercial, sino producto de la carencia de estrategias para combatir la pobreza. La violencia es síntoma de descomposición social, de ausencia de trabajo político, de acuerdo social.

La democracia, por supuesto, implica también dar oportunidades a todos. No es el simple sufragio, aunque el proceso repercute en la expresión social. A mayor educación, mayor responsabilidad. Y criterios para sufragar. El sentido político va de la mano del rumbo económico. Por ende, las propuestas deben desembocar en programas gubernamentales. De esta manera se puede proyectar un país con óptimo desarrollo.

La violencia en Oaxaca, reitero, es un síntoma que debe atacarse desde la raíz. Con más empleos, con más incentivos para el desarrollo y bienestar, más educación y salud. Las tres instancias de gobierno deben caminar de la mano. Juntos, sin pretender lanzarse la bolita sobre la responsabilidad. Y la sociedad también debe participar. Con sus críticas, sus observaciones, sus exigencias para que el gobierno cumpla lo prometido. Conviene instrumentar acciones y estrategias necesarias para generar una dinámica que consiga dirimir los conflictos sociales. No hay vida social sin una comunidad integrada, por lo que el cambio debe ser a fondo. Desde el núcleo primordial: el ciudadano y sus organizaciones.

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