Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 13 de junio de 2002
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Sociedad y Justicia
Detectan múltiples anomalías en la clínica del "doctor" José Castillo Ruiz

Investiga la Ssa el paradero de Gabriela Rodríguez, secuestrada e internada en el hospital CASA de NL

"No luce políticamente sacar gente del manicomio", dice el gobernador Canales Clariond

JAIME AVILES /IV Y ULTIMO

¿Dónde está Gabriela Guadalupe Rodríguez Segovia? El viernes 26 de abril de este año, una alta funcionaria de la Secretaría de Salud (Ssa), en compañía de este reportero, logró penetrar en las instalaciones del Centro Avanzado de Salud Anímica (CASA), ubicado en Padre Mier 1015, esquina con Miguel Nieto, Monterrey, Nuevo León, pero no encontró allí a la mujer secuestrada e internada en ese lugar como víctima del fanatismo religioso de sus hermanos.

Pero aquella mañana, horas antes de visitar el manicomio privado del doctor José Castillo Ruiz, la directora de Rehabilitación Sicosocial de la Ssa, Virginia González Torres, se encontró en el aeropuerto de Monterrey con el gobernador neoleonés, Fernando Canales Clariond, a quien le dio a conocer el cúmulo de injusticias cometidas contra Gabriela.
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Al despedirse de la funcionaria federal, Canales Clariond le dijo en presencia de este reportero: "por desgracia no luce políticamente sacar gente del manicomio".

Bienvenidos a CASA

Dos horas más tarde, en punto de las 13:30, González Torres y el periodista llegaron a la puerta principal de CASA. Rodeada de un pequeño jardín, la residencia de dos pisos no tiene el aspecto de la cárcel clandestina que es en realidad. Pero si uno se fija un poco verá los barrotes que cruzan todas las ventanas, así como las rejas que convierten en una verdadera jaula la terraza de la planta superior.

La puerta principal es de madera y está trabajada al estilo de la arquitectura gótica alemana. Cuenta con una ventanita de cristal polarizado que no permite ver hacia el interior. La mirilla se abrió de pronto y apareció en el rectángulo un muchacho con ropa de enfermero que dijo ser el "guardia de seguridad". Antes de volver a cerrarla, nos pidió que pasáramos a la recepción. Así que nos dirigimos a mano izquierda hacia un estacionamiento y desembocamos en un corredor por donde pasamos ante la puerta de la cocina y seguimos hasta el fondo, donde en un cuarto de servicio habilitado como oficina administrativa nos atendió una secretaria morenita y simpática, también muy joven, vestida con pantalones claros y camiseta gris de algodón; llevaba el pelo largo peinado hacia atrás y de la nuca le colgaba un mechón como cola de caballo.

-Venimos de parte del gobernador Canales Clariond -dijo la señora González Torres, activista que hace 25 años lucha a favor de los derechos humanos de las víctimas de abusos siquiátricos-. Queremos hablar con el director de esta clínica.

-Está en su consultorio -respondió gentilmente la muchachita.

Sin inmutarse, González Torres le preguntó si podía comunicarla con el secretario de Salud del gobierno de Nuevo León y le dio dos números de teléfono. Encantada, la recepcionista marcó el primero, que estaba ocupado, pero tuvo mejor suerte con el segundo y consiguió su objetivo. La señora González Torres habló con el individuo y le dijo que iba a llegar un poco más tarde a la cita porque estaba "cumpliendo un encargo del señor gobernador". Cuando colgó la bocina ya no tuvo que reiterar su deseo de hablar con el doctor Castillo Ruiz, el médico o charlatán -eso decídalo quien esto lea- que afirma haber descubierto que "la oración es una estrategia terapéutica para incrementar la mejoría de los síntomas de la depresión".

Con desbordada elocuencia, la secretaria habló con Castillo Ruiz y le fue repitiendo todo lo que González Torres le había dicho: que para Canales Clariond (cosa que el gobernador nunca dijo) CASA era "un modelo a seguir" y que la representante de la Ssa quería invitarlo a México a dar una conferencia. Estas lisonjas bastaron para que Castillo respondiera que sí, pero por favor, pero de inmediato, pero desde luego, y para asombro del periodista fuimos invitados con bombo y platillos a pasar al interior...

Las encargadas

Volvimos a la puerta principal donde nos recibieron, muy sonrientes, otras dos jovencitas: Lilia Pérez y Angélica Lugo, ambas de pelo corto y pechos planos, vestidas de pantalones y camiseta. Una tenía a su cargo a las internas de la planta baja -las enfermas de bulimia y anorexia- y otra a las del piso de arriba, al cual se llega por una escalera de dos vueltas que en la cima se interrumpe ante una reja cerrada con candado.

Tanto Lilia como Angélica dijeron ser sicólogas, graduadas en la Universidad Autónoma de Nuevo León, título que a juicio de González Torres, experta en el tema, no las faculta a manejar pacientes siquiátricos, para lo cual se requiere formación médica y conocimientos de enfermería. Con orgullo nos mostraron el salón donde en torno de una mesa de buena madera había ocho jovencitas en la actitud más penosa y triste: sentadas ante sus respectivos platos de macarrones y carne molida, cabizbajas, casi inmóviles, tomando un bocado cada mil años y masticándolo con lentitud, como niñas castigadas a quienes un padre por demás severo hubiese condenado a permanecer para siempre allí, a menos que se acabaran aquella pitanza intragable.
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En los muros había cartulinas escritas a mano con leyendas sobre los "padres sobreprotectores" y algunos dibujos que intentaban inútilmente darle un toque de alegría al tétrico lugar. Entre el comedor y la cocina -de la cual dos veces salió una mujer muy gorda, vestida de uniforme azul, con la panza repugnantemente manchada de grasa-, hay un dispensario donde se almacenan los fármacos.

Las sicólogas nos acompañaron entonces a una sala -a la que se entra a partir de la escalera-, en la que había una puerta cerrada con el siguiente cartel, escrito también a mano: "La próxima vez que entre a este lugar debo pensar que quiero aliviarme". No preguntamos nada al respecto, intimidado el reportero al ver otras muchachas que caminaban en silencio de aquí para allá, aparentemente drogadas. En todos los espacios de la planta baja nos llamó la atención la presencia de rompecabezas, que para Castillo Ruiz tal vez sean otra "estrategia terapéutica" que incrementa los beneficios curativos de la oración.

Gabriela entra y sale

Permanecimos la mayor parte del tiempo en una gran sala destinada a la terapia de grupo con las enfermas de trastornos alimentarios, donde era notable el número de colchonetas de hule espuma, así como los revestimientos de madera de todas las paredes -rasgo común en toda la casa-, y la falta de extinguidores para reaccionar oportunamente en caso de incendio, lo que habla muy mal de las medidas de seguridad, máxime dada la cantidad de barrotes y malla de alambre en las ventanas que obligarían a evacuar el lugar sólo por las puertas.

Allí, fascinadas por la labia de González Torres, Lilia y Angélica hablaron de los casos más "difíciles" que habían tenido, y entre éstos mencionaron "el de la señora Gabriela", la paciente, dijeron, más antigua del hospital.

-¿Podríamos saludarla? -dijo sin énfasis González Torres.

-Ella -respondió Angélica- ya no está de planta aquí. Sus familiares la traen los lunes en la mañana y se la llevan los miércoles en la tarde. Ya está muy recuperada.

Ese día, hay que repetirlo, era viernes. Poco después subimos finalmente a conocer la planta alta, nos abrieron la reja, vimos a tres mujeres, acompañadas por una terapeuta, que armaban un rompecabezas en el pasillo central que da a las habitaciones, los baños y la terraza. En ésta había una adolescente, gordita y guapa, que estaba copiando en un cuaderno la página de un libro escolar. "Estoy haciendo la tarea", nos informó. Angélica aprovechó para enseñarnos unos muñequitos de migajón, pintados con vinci, que eran obra de esta niña.

Regresamos al pasillo y González Torres saludó a la quinta paciente, una mujer de 40 años o más -cercana a la edad de Gabriela-, que dijo llamarse Yolanda. Estaba mirando la televisión. Luego nos asomamos a una de las tres recámaras, donde otra adolescente dormía profundamente abrigada a pesar del tremendo calor; la segunda pieza estaba vacía. La tercera, en cambio, estaba cerrada. Angélica apoyó la mano en el pomo de la puerta, pero lo pensó mejor y nos dijo:

-No hay que molestarla. Está delicada...

Preguntas para el suspenso: ¿ése era el cuarto de Gabriela?, ¿estuvimos en un tris de dar con ella?, ¿por qué en el último instante Angélica no abrió?

El detective

Con la información de las sicólogas -"Gabriela entra los lunes y sale los miércoles"-, Alejandro Fonseca Pérez, el amante de la mujer secuestrada, contrató los servicios de un detective privado para que corroborara si era cierto que su compañera estaba entrando y saliendo de CASA. Pero siete semanas después de montar guardia en la esquina de Padre Mier y Miguel Nieto, el sabueso reportó que no tenía nada que informar. ¿Dónde está Gabriela Guadalupe Rodríguez Segovia?

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