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Los que saben
ALBERTO NÁJAR La migración de Jalisco a Estados Unidos es una de las más antiguas del país, y por lo mismo, sus consecuencias son diferentes a las de otras zonas donde la salida de mexicanos es reciente. Los niños de muchos pueblos de Jalisco crecen con el proceso migratorio como algo natural: saben cuándo pueden meterse al mar, dónde pescar y sobre todo, como sobrevivir entre las olas
Primero le dije que no porque los muchachos nomás regresan con unos centavos y con malas costumbres. Pero luego le di permiso porque, la verdad, la pepena estaba muy sabrosa. Para el viaje Ramiro consiguió 300 pesos prestados y durante cinco años durmió en el piso del departamento que compartía con unos paisanos en Los Angeles. No tenía ni para comprarse una cama. Luego, la suerte dio una vuelta. La fábrica en que trabajaba cerró y uno de sus compañeros, Mark Robson, lo invitó a asociarse en un negocio para pintar casas. Empezaron con siete ayudantes, recuerda don Gilberto, y ahora tiene como 300 trabajadores. Le ha ido bien, ya hizo su dinerito. Y sí. Treinta años después de que salió de Los Volcanes sin un centavo propio, Ramiro Mejía es dueño de la plaza de toros de la comunidad, de dos ranchos, un casino, un restaurante, un hotel en La Manzanilla (municipio de la costa sur de Jalisco) y otro más que está a punto de inaugurar en el centro de la comunidad. A la lista de propiedades se suman dos residencias en Los Angeles y Santa Ana, California, donde también tiene un criadero de caballos finos. Hace poco le vendió a Joan Sebastian un cuaco en 58 mil dólares, presume don Gilberto. Un caballo de Antonio Aguilar, El Padrino, se lo vendió mi hijo, y a cada rato le renta animales para sus películas. Ya hasta anda pensando en poner un criadero en España. El progreso de Ramiro se derramó en la comunidad, pues prácticamente todos sus habitantes han trabajado, al menos una vez, en la Ram-Mar, como se llama la empresa de pinturas a domicilio. En el último censo salió que somos 866 vecinos en el pueblo pero 600 están en Estados Unidos, dice Juan Carlos Anaya Andrade, agente municipal. De esos, 300 trabajan ahorita con Ramiro. El resto se esparció por otros estados de la Unión Americana, y algunos incluso crearon sus propios negocios. Es el caso de los 12 hermanos Curiel que se especializaron en el ramo de la construcción y ahora cada uno posee una empresa independiente. Las más exitosas son la Curiel Excavation y la Curiel Clean Up, ambas en Houston, Texas. El progreso de sus emigrados se nota en Los Volcanes. Hace 15 años no había una sola televisión, y ahora tenemos 36 sistemas Sky, presume el agente municipal. De las 214 casas 100 tienen teléfono cuando antes nomás había una caseta, y ya mero nos ponen el celular y el internet. Avances tecnológicos que parecen curiosos en un pueblo donde sólo una calle está pavimentada. El resto son brechas polvorientas que comunican a decenas de casas con acabados de lujo. uuu Dice lo mismo desde hace 12 años. Bienvenidos a Atenguillo. Población: 5000 habitantes. Ya pasaron dos censos y un par de conteos de población y la cifra sigue vigente, pues el número de habitantes de este municipio ubicado a 300 kilómetros al sureste de la capital jalisciense es el mismo. Y no es que no hubiera nacimientos esos años, sino que todos los atenguillenses, al concluir la secundaria o a más tardar al finalizar la preparatoria, emigran a Estados Unidos. Son tantos los que se van, que rancherías como Las Cebollas o Aguacatepec (donde nacieron los abuelos del ex candidato priísta a la presidencia de la República, Francisco Labastida Ochoa), permanecen abandonadas casi todo el año, y sólo cobran vida en las fiestas decembrinas. Por estos días, de hecho, en Atenguillo sólo hay presentes unas 2 mil personas. La ausencia de población se nota. En la presidencia municipal una guapa secretaria se queja. Aquí no hay hombres, reta. En las fiestas bailamos entre nosotras porque nomás quedan puros viejitos; cuando vienen los norteños (migrantes) todas los buscan, pero algunos regresan ya casados. Cerca de allí, en la plaza principal, un grupo de campesinos comparte historias de migrantes, que en Atenguillo son muchas. Rubén Dueñas Robles dice que su papá, don Abraham, fue el primer atenguillense que se incorporó al programa bracero en los cuarenta. Luego me fui yo con mis hermanos, y después venimos por mi mamá. Pero nomás aguanté 20 años y me regresé; ahorita soy el único de la familia que vive aquí. José Isabel Torres cuenta que hace tres años fue deportado por orden de un juez de Los Angeles, quien le sentenció a no volver en cinco años. Es que traía papeles falsos, confiesa. En Tijuana le reclamé al coyote y me ofreció pasarme otra vez, pero con la condición de que me borrara las huellas digitales por si me volvían a agarrar que no me encerraran. Y ahí estoy de menso raspe y raspe los dedos con una lima, hasta que me salió sangre. Se pone serio. Por eso regresé, no me pude quitar las huellas. Y así, una historia tras otra. Tan común es la migración en Atenguillo, que muchas operaciones comerciales, desde la compra de comida hasta la venta de casas y camionetas, se realizan en dólares. Eso ya tiene muchos años, justifica Rubén Dueñas. Por eso es que los que quedan no quieren trabajar. Se esperan a los dólares. uuu En Jalisco la migración a Estados Unidos empezó hacer más de un siglo, justo cuando las vías de ferrocarril que cruzaban el estado se conectaron con El Paso, Texas. Ese fue, explica Jorge Durand, investigador del Departamento de Estudios sobre Movimientos Sociales (Desmos) de la Universidad de Guadalajara (y uno de los principales especialistas en migración en el occidente del país), una de las tres causas de la salida masiva de jaliscienses, michoacanos y guanajuatenses. Las otras dos fueron el exceso de población en estas entidades y la presencia, cada vez mayor, de enganchadores de empresas estadunidenses que buscaban mano de obra barata para la ampliación del ferrocarril en la Unión Americana. Es un proceso que no se dio en otros lados; por ejemplo, en los estados del centro del país a los agentes de contratación lo que les interesaba era llevar gente al Distrito Federal, a las plantaciones de caña de Veracruz o a Morelos, explica el investigador. Esto ocurrió sobre todo en la década de los cuarenta. .Por esas fechas arrancó el programa bracero que representó para Jalisco la segunda oleada más fuerte de migración. De hecho, según el investigador Alejandro Canales, del Departamento de Estudios Regionales de la misma universidad, el 40% de los trabajadores que participaron en ese proyecto eran jaliscienses. En esa época la migración se caracterizó por ser de ida y vuelta, completa Durand. Se iba un millón de personas pero regresaban 900 mil, era una mínima parte la que se quedaba. Curiosamente, muchos de los que regresaron utilizaron el dinero ganado para establecerse en Guadalajara, lo que aceleró el crecimiento de la ciudad. En esa época la migración jalisciense era netamente rural, pero a partir de 1980 cambió el comportamiento de los migrantes. La migración a Estados Unidos se hacía por los pueblos, porque eran los que tenían las redes y los contactos asegurados para el viaje. Los de Guadalajara podían cruzar, a punta de suerte y de golpes, pero una vez allá batallaban para conseguir trabajo. Un pueblerino tenía cinco casas a dónde llegar, uno de Guadalajara no contaba con tantos contactos, dice Durand. Luego, las grandes ciudades tuvieron problemas de desempleo y empezaron a expulsar migrantes. Eso pasó en la capital jalisciense que según estudios de la Universidad hasta el año pasado tenía el mayor índice de migración en el estado. El fenómeno ha crecido de manera
muy, muy fuerte. Las grandes ciudades ya no pueden retener a su población,
reconoce Durand.
El migrante urbano no puede ir a la agricultura, y no es sólo que no sepa sino que, físicamente, no tiene resistencia, explica Durand. El muchacho que ha cuidado vacas, que ha sembrado o trabajado con el pico y la pala puede, además del campo, trabajar en un hotel; el que viene de la ciudad no. Además, la formación social de ambos determina sus posibilidades de sobrevivencia. El migrante urbano no acepta cualquier trabajo, tiene mayores aspiraciones y eso limita su campo de acción. En el caso de Jalisco hay otra diferencia: la cultura de la migración. Los niños crecen con el proceso migratorio encima, dice Alejandro Canales. Saben desde chicos los caminos, las rutas y la forma como deben cruzar, saben que hacerlo por el desierto es peligroso y conocen la forma como tratar a los coyotes. Si tienen problemas están mejor preparados para resolverlos. Es, afirma, una de las ventajas principales de la migración histórica. Es un estilo de vida, una identidad laboral. Es bien vista en las comunidades, es un valor aceptado como positivo. Están preparados como los niños de la costa: saben cuándo pueden meterse al mar, dónde pescar y sobre todo, como sobrevivir entre las olas. Así los migrantes jaliscienses. ¿Eso les garantiza sobrevivir al cruce, sobre todo después del 11 de septiembre? No, porque los migrantes experimentados suelen asumir más riesgos. Pero el problema no son ellos, sino el contexto en que cruzan. La diferencia con un veracruzano, por ejemplo, es que los jaliscienses están mejor preparados para sobrevivir. No es retórica. El pasado primero de septiembre murió en el desierto de Yuma Catalina Ventura Mendoza, vecina de Tlaquepaque, municipio conurbado con Guadalajara. Se fue como dicen los académicos que se van los migrantes urbanos: sola, sin conocer la ruta y con apenas la referencia de un empleo al otro lado de la frontera. uuu
Es en julio, cuando las familias de migrantes que viven en Estados Unidos regresan a las fiestas patronales. Las calles entonces se llenan con camionetas lujosas seguidas por mariachis y la tambora, mientras jóvenes y adolescentes beben una tras otra cajas enteras de cerveza. Sólo en esta época funcionan los dos semáforos que hay en esta agencia del municipio de Jesús María, en los límites de Los Altos con Guanajuato. También sólo en estos días se ocupan las lujosas residencias construidas con dólares ganados en el otro lado. Y son muchos. Por ejemplo, una de las viviendas ubicada a la entrada del pueblo destaca por tener un ventanal de cinco metros de alto, construido en una sola pieza y decorado con figuras de pavorreales. Otra residencia tiene en su patio una cancha de fútbol con medidas reglamentarias e iluminada con lámparas similares a las utilizadas en los estadios profesionales. Casi todas las casas tienen jacuzzi y acabados de madera. Muchas están construidas con cantera rosa que abunda en la región y todas cuentan con televisión vía satélite. Por todo el pueblo abundan residencias en construcción, e incluso una de ellas contará con una cancha de frontenis con todo y tribuna. En el centro de la población el metro cuadrado se cotiza hasta en mil 200 dólares. La plaza, con jardines bien cuidados, está siempre limpia, como si fuera calle de Beverly Hills. Demasiada belleza para un pueblo que hace 15 años no tenía una carretera pavimentada. El único camino era una brecha pedregosa que de mayo a octubre de cada año se volvía intransitable. Había que salir en burro, recuerda José Refugio Aguirre. Nomás había una lámpara de gas en la plaza. En todo el pueblo había dos o tres camionetitas de carga, y dos camiones de pasajeros. Era todo. El progreso llegó en 1987, cuando Raúl León Macías, quien 12 años antes se había marchado a Estados Unidos, abrió en Atlanta su primer restaurante. Luego luego se llevó a varios de aquí, y entre todos pusieron otro restaurante, y luego otro y otro, presume don Cuco, como le dicen en el pueblo. De allí mi compadre se fue para arriba. Al principio se asoció con otro de aquí, José Macías El Chara, pero luego se independizaron, cada uno fundó sus negocios. Raúl León murió a principios de este año, y su herencia fue una cadena de 200 restaurantes El Toro esparcidos por Indiana, Ohio, Illinois, Carolina del Norte y del Sur, Mississippi, Florida, Alabama y Misouri, los mismos estados donde operan las taquerías Monterrey, propiedad de su antiguo socio. Ahora prácticamente todos los habitantes de San José trabajan en las cadenas, aunque algunos otros han creado sus propios negocios. Las remesas alcanzaron para todos. Don Cuco remodeló su balneario; en la agencia municipal se colocó una placa con la leyenda Dios y Patria, y la iglesia de San José recibió un altar de mármol donde se puede leer un agradecimiento a los hijos ausentes que, afirma el párroco Salvador González Ruiz, no lo son tanto. La gente se sigue casando aquí en San José, y las jovencitas que cumplen 15 años se esperan a celebrar en esta templo sus misas, cuenta. Luego la gente de fuera piensa que todas nacieron en julio, pero es la única época en que vienen. Además del congestionamiento y la carga de trabajo de esos días, el único problema que encuentra el sacerdote son los nombres con que se bautiza a los hijos de migrantes. Les pido que les pongan nombres en español, pero pocas veces me hacen caso. ¿Qué les dice a quienes le piden consejo antes de irse? Trato de convencerlos de que se queden o al menos que terminen la escuela. Pero de todos modos se van y tienen razón. Aquí no hay una sola fuente de trabajo, nomás a los albañiles les va bien. |