martes 18 de junio de 2002
La Jornada de Oriente publicación para Puebla y Tlaxcala México

 
Marcos a la medida

Psicofutbol

n Marcos Winocur

Nada tan doloroso como lo que pudo ser y no fue cuando yo mismo me adjudico la culpa del fracaso. Como dice el tango, y me permito traducirlo al idioma mexicano: "Lo que más coraje me da es haber sido tan tonto". Aquí el protagonista se duele sobretodo de haberse dejado embaucar por una vieja que sólo buscaba la lana y lo dejó en la calle. ¿Cómo no me di cuenta...? Y bien, en el caso que nos ocupa se trata del futbol, un delantero solo frente al arco... y falla. No es la única vez que ha sucedido, pero un caso resalta: el mundial de 1998, México va ganando 10 a Alemania y Luis Hernández, el Matador, pierde la oportunidad de su vida. Es suficiente comparar sus fotos antes y después del gol "que no fue", para comprender todo lo que se dejó caer en un segundo de la manera más increíble.
"Increíble", en esa apreciación coincidieron los medios. No se trató de un tanto más o menos en un partido cualquiera, era el gol que habría colocado a México en un favorable 20 ¡cuando estaba en juego su pase a los cuartos de final! Un pase histórico, habría sido el primero logrado por México desde su debut en estos campeonatos. Y el equipo venía jugando bien hasta aquel "día triste", cuando Luis Hernández quedó solo frente al arco, entregando el balón a las manos del portero. El propio capitán del equipo de Alemania hizo este comentario a la prensa: "La jugada que cambió (la suerte en) el partido fue ésa en que el delantero con el número 15 falló... para nuestra fortuna." En efecto, a partir de ese momento los teutones se recuperaron, ganando el encuentro 21 y el pase a cuartos de final.
¿Por qué? Es llegado el climax del encuentro. Para que los alemanes vieran apachurrada su moral, hacía falta más que la mínima diferencia. México iba ganando 10 y se le servía en bandeja el 20. Un marcador así desmoraliza a cualquiera, incluso si se es teutón primermundista. Y en cambio hubiera sido el tónico que el equipo mexicano necesitaba para mantener el dominio de campo y coronar la victoria. No fue así. A partir de aquel fallo, mientras los alemanes se agrandaban, los mexicanos vieron caer su moral y su eficiencia. ¿Por qué? -insisto en preguntar. Tal vez parezca que voy demasiado lejos en mis conclusiones, pero se diría que los germanos recibieron este mensaje de su contrincante: "No queremos ganar, y aquí tienen la prueba". Y el balón fue a manos del portero.
Hay quien vincula este tipo de gaffes en competencias deportivas internacionales con acontecimientos decisivos en la historia de México, que habrían dejado un sedimento de derrota y de aceptación de ésta. Me refiero naturalmente a la conquista española del siglo XVI, que diezmó a la población y redujo a la esclavitud a los sobrevivientes. Y en el siglo XIX, la pérdida de medio país a manos del vecino del norte. Pero me parece una manera simplista de ver las cosas. Por lo demás, México se sobrepuso después a lo que podría considerarse como la dominación extranjera con el triunfo tras el sitio de Puebla en el siglo XIX, que expulsó del país a los franceses. Y en el siglo XX con la nacionalización del petróleo resuelta por el presidente Cárdenas, que puso un alto al vecino del norte.
A mi modo de ver, no es México, es el Tercer Mundo, es decir, un fenómeno más general y compartido por decenas de países... y el balón fue a manos del portero. Creo que el tercermundista Luis Hernández, a pesar de que a esas alturas era ya uno de los goleadores de aquel mundial y, además, se lo había consagrado como el jugador más sexy del evento, se asustó del paquete que se le venía encima. Una cosa faltaba al Matador para alcanzar la gloria, y fue ese gol que dejó escapar, un gol que un chamaco de 10 años habría convertido alojando el balón al fondo de la red con toda soltura.
El Matador se inhibió esta vez frente al toro, tuvo miedo de la gloria, prefirió opacarse... ¿cómo un tercermundista se atrevía a sellar la suerte de Alemania, dejándola fuera del mundial? Y sin embargo, un negro pudo ganar en las olimpiadas de Berlín en los años treinta ante los ojos incrédulos del Führer, un equipo africano acaba de derrotar en el mundial 2002 al francés, campeón del anterior. Así, pues, el sentimiento de inferioridad tercermundista, puesto de manifiesto en las competencias deportivas, no es un fatal destino. Puede remontarse y dar la sorpresa, tal como se ha demostrado en más de una oportunidad.
En el caso que nos ocupa, se suma otro factor: la inmediatez del triunfo. Todo se concentró en el instante del puntapié a la pelota frente al arco. Y es cuando surgió inesperadamente el gran enemigo que todos llevamos dentro: el yo autodestructivo. Si nos encuentra con la guardia baja, si no hemos logrado un grado óptimo de concentración, puede lo fácil convertirse en tragedia. Es evidente que el delantero mexicano perdió el control sobre su cuerpo. Ya lo tengo, es pan comido... y en ese instante decisivo lo dejo caer. ¿Qué había pasado? Un comentarista deportivo registra lo siguiente: "El gesto de él (Luis Hernández) es quererla (a la pelota) cambiar al otro lado del palo, pero le cayó al portero." La observación es elocuente. El Matador no gobernaba su cuerpo; su mente o, si se quiere, la parte consciente de su mente, quería meter el gol, pero su cuerpo no obedeció.
Vivimos entre fantasmas, y ellos esperan por su oportunidad, cuando más daño puedan hacer, cuando por una fracción de segundo la voluntad baje los brazos. Hay algo, prefiero llamarlo los fantasmas, que se interpone entre mente y cuerpo. Para ir más allá en este planteo, habría que conocer la vida del delantero mexicano, cosa que está fuera de mis posibilidades. En suma, haber dejado escapar la gloria es parangonable al suicidio, cuando lo autodestructivo "no se mide", cuando es llevado al límite.
Y luego, aceptando la culpa, lo atribuyo a la torpeza, al misterio: "No sé qué me pasó", es la mala suerte que me persigue, me puse nervioso. O bien, la incertidumbre: "En el futbol puede pasar cualquier cosa". Justificativos no faltan en lugar de reconocer: el hombre tanto es capaz de construir como de destruir, y en ocasiones va tras su propio fracaso. En ese gol fallido la naturaleza ambivalente del ser humano estuvo en juego, y no se trataba de poca cosa: el futbol es pasión de multitudes, el derecho a decir "mi equipo es el campeón", que es proclamar: "Somos los mejores", ellos como equipo y yo que supe elegirlo entre todos o, si se trata de un mundial, "yo, que he nacido en este país, mi patria es la mejor", somos los superchingones del orbe. El orgullo nacional está en juego, el prestigio a nivel individual se asocia.
Por más ramplón que nos parezca este tipo de conclusiones, ellas están a la base de la psicología de masas, trátese de una multitud reunida en una cancha con el trasfondo de millones prendidos a la tele, como quienes, también en números de nueve cifras, se han inmolado marchando a las guerras entre grandes potencias, tal la del 1418. O siendo arrastrados al nazismo años después en Alemania. Es así, el mismo signo de exaltación colectiva e irracional hace de la competencia deportiva un laboratorio para observarnos en el espejo de los bloqueos, arrastrados desde quién sabe cuándo y que vehiculizamos de una manera u otra en la pasión del futbol. Por una fracción de segundo, Luis Hernández tuvo ante sí a familia, amigos, vecinos y al país entero, su patria, sin contar a los televidentes del orbe, la presión fue enorme, falló.
¡Tantas cosas en juego! El futbol en Latinoamérica y en Europa, como el beisbol en Estados Unidos, son populares al grado de despertar más interés que la política, aun cuando Jorge Luis Borges haya dicho del primero con desdén intelectual y ánimo de traviesa provocación: juego consistente en "22 idiotas corriendo detrás de una pelota".
Todo esto nos remite a la cuestión de la voluntad. Desde la escuela primaria, desde el hogar paterno, desde el sermón de la iglesia, hemos sido educados en el "querer es poder", en el "persevera y triunfarás", en el "ayúdate y Dios te ayudará". Y luego hemos descubierto que la voluntad no es tan soberana como la pintan, ella se crea a partir de las motivaciones. Y en el caso que nos ocupa no podían ser más fuertes, incluso eran excesivas, agobiantes como hemos visto, sentirse juzgado por millones y millones de televidentes en el orbe, por el país entero y por los círculos más cercanos de la familia, los amigos, los vecinos. Ser héroe no es oficio fácil. Veo las fotos de hace cuatro años publicadas en la prensa y recuerdo las imágenes televisivas de entonces... el Matador atravesando la cancha triunfante, los brazos extendidos, la rubia melena al viento, una suerte de pájaro blanco, cuántas veces lo hizo festejando sus goles. Y lo veo después de "el que no fue", parece un pollo mojado, los cabellos abatidos, del rostro borrada toda exaltación, levantando los brazos con desgano.
Hay quienes se abaten y quienes no, continúan alentando al equipo en cuanta ocasión se ofrece, la voz de la tribuna en dura apelación dirigida a la voluntad del equipo: ¡sísepuede, sísepuede, sísepuede!
Pero aquella vez, hace cuatro años, "nosepudo". ¿Cuál será el saldo del mundial 2002? En momentos en que se escribe estas líneas, México, después de ir perdiendo 10, ganó 21 al equipo de Ecuador, todavía en la brega por pasar a octavos de final. Ojalá las tribunas y el país entero esta vez atruenen al cabo de cada desafío en los encuentros que nos esperan con un ¡sísepudo!
Para que sea lo que hace cuatro años no fue.