Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 22 de junio de 2002
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Mundo
Arundhati Roy

Juegos veraniegos con bombas atómicas

Cuando India y Paquistán condujeron sus pruebas nucleares en 1998, incluso aquellos de nosotros que las condenamos, repudiamos la hipocresía de las potencias nucleares occidentales. Implícita en su denuncia de las pruebas estaba la noción de que a los negros no puede confiárseles la bomba. Ahora nuestros gobiernos nos dan el espectáculo de verlos competir por confirmar esta creencia.

Conforme las familias de diplomáticos y turistas desaparecen del subcontinente, manadas de periodistas arriban a Dehli. Muchos me llaman. "¿Por qué no has abandonado la ciudad?", preguntan. "¿Qué, la guerra nuclear no es una posibilidad real? ¿No es Delhi un objetivo prioritario?" Si existen armas nucleares, la guerra atómica es una posibilidad real. Y Dehli es un objetivo prioritario. Sí lo es. Pero adónde ir. ¿Es posible irse a otra parte y comprarnos otra vida porque ésta no resulta?

Si me voy, y resulta que todo y todos -cada amigo, cada árbol, cada hogar, cada perro, ardilla y pájaro que he conocido y amado- son incinerados, cómo voy a seguir viviendo. A quién voy a amar. Quién me amará a mí. Qué sociedad me recibirá y me permitirá ser la vándala que soy aquí, en mi casa.

Así que nos quedamos. Nos apretujamos para estar juntos. Nos damos cuenta de todo lo que nos queremos. Y pensamos: qué vergonzante sería morir ahora. La vida es normal sólo porque lo macabro se ha vuelto normal. Mientras esperamos que llegue la lluvia, el futbol y la justicia, los viejos generales y los ansiosos jóvenes se clavan en las charlas televisivas en las que se discuten las posibilidades de resistir un primer ataque, o un segundo ataque, como si se tratara de un juego de mesa.

Mis amigos y yo discutimos Profecía, el documental que narra los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki. La centella. Los cuerpos que flotan taponeando los ríos. Los vivos sin piel y sin cabello. Los niños chamuscados, todavía vivos, con sus ropas adheridas al cuerpo. La espesa y negra agua tóxica. El aire ardiente. Los cánceres, implantados genéticamente, como misiva maligna a los que están por nacer.

Recordamos especialmente al hombre que se derritió en los escalones de un edificio. Nos imaginamos así. Como manchas en la escalera. Imagino a las futuras generaciones de escolapios enmudecidos que señalan la mancha que fue alguien que escribía. No ella o él: eso.

Pido disculpas si mis pensamientos divagan o son inconexos, no siempre valiosos, con frecuencia ridículos.

Pienso en un perro, mezcla de razas, que conozco. Cada una de sus patas es de color diferente. ¿Se convertirá también en una mancha radiactiva en la escalera? Mi esposo escribe ahora un libro sobre árboles. Tiene una sección que habla de cómo se polinizan los higos. Para cada higo existe una avispa especializada. Hay cerca de mil diferentes especies de avispas del higo. Cada una de ellas entraña una sincronía precisa, exquisita, producto de millones de años de evolución. Todas las avispas del higo serán calcinadas por la radiación. Zzzz. Ceniza. Y mi marido. Y su libro.

Una amiga muy querida, activista del movimiento contra las represas del valle del Narmada, está en huelga de hambre indefinida. Hoy se cumple el decimocuarto día de su ayuno. Ella y otros que ayunan con ella se debilitan rápidamente. Protestan porque el gobierno derriba con bulldozers las escuelas, tala y roza los bosques, arranca las bombas de agua, todo para forzar a la gente de las comunidades a que se quiten, para que se construya la presa de Man. La gente no tiene adónde ir. Por eso la huelga.

Qué acto de fe y esperanza. Cuánta valentía entraña creer que en un mundo como el actual quedará registro de una protesta no violenta, razonada, que se argumentó. Cuánta valentía en creer que importará. Pero, ¿importará? Para gobiernos que se hallan a gusto con un mundo muerto, qué les significa un valle muerto.

El umbral del horror está atornillado tan arriba que nada menos que el genocidio o la perspectiva de una guerra nuclear amerita mención. La resistencia pacífica es tratada con desprecio. El terrorismo es lo real. El principio que subyace a la guerra contra el terrorismo, la mera noción de que una guerra es la solución aceptada contra el terrorismo, ha permitido que los terroristas del subcontinente asiático tengan ahora el poder de hacer estallar una guerra nuclear.

El desplazamiento forzado, la hambruna, la pobreza, las enfermedades y la carencia de techo y tierra son ahora la parte divertida, asuntos de tira cómica. Nuestro ministro del interior afirma que Amartya Sen lo tenía todo mal -la clave del desarrollo de la India no es ni la educación ni la salud, sino la defensa (y que no se nos olviden los embutes, ay, bienamado).

Tal vez lo que realmente quiso decir es que la guerra es la clave para distraer al mundo del fascismo y el genocidio. Para evitarse el trabajo de lidiar con los asuntos de gobierno que son urgentes y necesarios de resolver.

Para los gobiernos de India y Paquistán, Cachemira no es un problema: es su solución perenne y espectacular. Cachemira es el conejo que sacan del sombrero cada vez que necesitan un conejo. Por desgracia se trata ahora de un conejo radiactivo, y se les está saliendo de las manos.

No hay duda, en Cachemira hay un terrorismo transfronterizo patrocinado por Paquistán. Pero hay otros hijos del terror en ese valle. Existe un incipiente vínculo entre militantes jehadis, ex militantes, mercenarios extranjeros y locales, mafiosos del bajo mundo, fuerzas de seguridad, traficantes de armas, políticos y funcionarios corruptos a ambos lados de la frontera. También hay elecciones amañadas, humillación cotidiana, desapariciones y la escenificación de "encuentros".

Y ahora el grito llega a hasta el corazón de la patria: India es un país hindú. Puede asesinarse a los musulmanes bajo la benigna mirada del Estado. A los asesinos en masa no se les somete a la justicia. De hecho, algunos harán campaña para las elecciones. ¿Es India un país hindú en el corazón de la patria y uno secular en los bordes? Entre tanto, la Coalición Internacional Contra el Terror hace la guerra mientras predica restricción. Mientras India y Paquistán están a punto de desangrarse uno a otro, muy en silencio la coalición tiende gasoductos, vende armas y hace negocios. (Compre ahora, pague después.) Gran Bretaña, por ejemplo, está muy ocupada armando a ambos bandos. La misión de "paz" emprendida por Tony Blair fue en realidad un viaje de negocios para discutir un trato de mil millones de libras esterlinas (y que no se nos olviden los embutes, ay, bienamado) para venderle cazabombarderos Hawk a la India. Grosso modo, por el precio de uno solo de estos bombarderos, el gobierno podría proporcionar agua potable a uno y medio millones de personas.

"¿Por qué no existe un movimiento pacifista?", me preguntan ingenuamente los periodistas occidentales. Cómo puede haber un movimiento en favor de la paz cuando para la mayoría de la población en la India la paz significa una batalla cotidiana: por alimento, agua, refugio, dignidad. Por otro lado, la guerra es asunto de profesionales que pelean allá lejos en las fronteras. Y una guerra nuclear -bueno, eso está fuera del ámbito de comprensión de la mayoría de las personas. Nadie sabe lo que es una bomba atómica. A nadie le importa explicarlo. Como dijo el ministro del Interior, la educación no es una prioridad apremiante. Una parte de mí se siente agradecida de que la mayoría de la gente no tenga ni idea de los horrores de la guerra nuclear. Por qué tendrían que sufrir con el terror anticipado de un holocausto nuclear. Y no obstante, es esta ignorancia lo que hace de las armas atómicas algo muy peligroso aquí. Es esta ignorancia lo que hace del concepto de "disuasión" un terrible chiste.

La última pregunta que todo periodista visitante me formula es: "¿Está usted escribiendo otro libro?" La pregunta es una burla. ¿Otro libro?, ¿ahora? ¿Cuando pareciera que toda la música, el arte, la arquitectura, la literatura -la totalidad de la civilización humana- no vale nada para las fieras que controlan el mundo? ¿Qué clase de libro podría yo escribir?

No es sólo el millón de soldados en la frontera que viven en una alerta pendiente de un cabello. Somos todos nosotros. Eso es lo que hacen las bombas atómicas. Las usen o no, violan todo lo que es humano. Alteran el significado de la vida misma.

Por qué los toleramos. Por qué toleramos a estos hombres que usan las armas nucleares para chantajear a toda la raza humana.

Arundhati Roy es autora de El dios de las cosas pequeñas, novela ganadora del prestigiado Booker Prize. Su libro más reciente, The algebra of infinite justice, Viking Penguin Books, 2001, es una colección de ensayos que documentan los proyectos, la corrupción y las entretelas de la construcción de megaproyectos, en particular las represas, y los efectos sobre la vida de las comunidades campesinas en el valle de Narmada, India. El texto es producto de una conversación transmitida en el programa Today, por la estación Radio 4, de la BBC de Londres, que accedió a su publicación en La Jornada.

Traducción: Ramón Vera Herrera

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