236 ° DOMINGO 30 DE JUNIO 2002
La Costa y la Sierra se vacían
Chiapas
migrar a puños

ALBERTO NAJAR

Todo empezó el día que terminaron las lluvias de 1998 que en el sur de Chiapas arrasaron con 200 mil hectáreas de cultivos y causaron la muerte de 400 personas. El gobierno reparó brechas y reconstruyó caminos, pero su ayuda fue insuficiente para traer la esperanza a los habitantes del Soconusco. La crisis del café tenía a los habitantes de la región en los límites de la sobrevivencia. Llegó la tragedia y entonces se fueron, “por puños”, dicen aquí, a Estados Unidos. Una estampa más del México que ya cambió, de una región que se suma al país de migrantes

Fotografía de José NúñezCHIMALAPA, municipio de Motozintla, Chiapas. Era casi de noche cuando el rumor del agua alarmó a los habitantes de esta ranchería en lo alto de la Sierra Madre del Sur.

Ya iban dos días de lluvia continua y los más viejos miraban con recelo cómo el arroyo que cruza el poblado aumentaba su caudal con rapidez.

Como a las seis dieron la voz de alarma. “Dijeron su consejo de que era mejor salir de las casas y buscar refugio más arriba del cerro”, recuerda Cuauhtémoc Vázquez González, actual presidente del comisariado ejidal. “Por eso estamos vivos”.

A las ocho el arroyo se convirtió en río. Y para la medianoche de ese 9 de septiembre de 1998, el torrente arrastraba árboles enteros, piedras, lodo, casas y animales de las comunidades vecinas.

El caudal se unió a otros y juntos desembocaron 10 kilómetros montaña abajo, en la cabecera municipal donde murieron 200 personas.

Chimalapa corrió con suerte pues nadie perdió la vida. El agua se llevó 13 casas y decenas de predios de café; los deslaves sepultaron las parcelas de maíz para autoconsumo. El pueblo quedó incomunicado durante dos semanas.

Daniel Roblero González, yerno de don Cuauhtémoc, fue uno de los damnificados del diluvio, como le dicen por aquí a las lluvias de ese año. Se quedó en la ruina, con la finca de café sepultada bajo la arena y su casa totalmente destruida.

La pérdida de su parcela representó el fin del camino para Daniel, quien, como el resto de los cafeticultores de esta región, vivía en el filo de la sobrevivencia, atrapado en la crisis del grano que dura ya más de un lustro.

En ese año las 160 matas que había en su finca produjeron un par de quintales que dejaron una ganancia de apenas 100 pesos. Pero tras las lluvias no quedó ni eso.

Así, en cuanto recibió su casa nueva, Daniel Roblero se despidió de su esposa y su suegro y agarró camino para Estados Unidos. Con él se fue Pedro Galindo, quien también perdió su vivienda, y después emigraron Telésforo Vázquez, Eloísa y Santos Hernández, los hermanos García González...

Tres años y medio después del diluvio unos 500 chimalapenses –la cuarta parte de la población del ejido– se ha ido a Estados Unidos. Por allá siguen, repartidos en granjas de Tennessee, Georgia y California.

Todos, de un modo u otro, se fueron por las lluvias de 1998, las que en su momento el presidente Ernesto Zedillo calificó como “el peor desastre natural desde 1985”.

Chimalapa es ahora uno más de los poblados expulsores de migrantes a Estados Unidos, algo que era desconocido en estas tierras otrora muy prósperas. Y ya pagó su cuota.

“Se nos han muerto 3 o 4 en el desierto”, cuenta Cuauhtémoc Vázquez. “A otros dos los atropellaron en un free way y algunos más se lastimaron en su trabajo. Ya nomás los recibimos en cajas para enterrarlos”.

De los demás, pocos han regresado. Uno de ellos es Telésforo Vázquez, a quien sus vecinos no han visto desde su llegada.

Tiene sus razones: el mes pasado en su departamento de Tennessee estalló un tanque de gas que le causó serias quemaduras. Por el accidente lo descubrió la migra y tras recibir unas cuantas curaciones fue deportado.

Telésforo no se ha recuperado. Por eso no quiere que lo vean.

Dicen que venían del sur...

Los carteles están por todas partes.

En Carrillo Puerto: “Turismo Rosy informa: a todas las personas que gusten viajar a las ciudades de Chihuahua, Ciudad Juárez, Tijuana y Agua Prieta, Sonora, se les comunica que habrán salidas todos los jueves a las 8 de la mañana”.

En Huixtla: “Viaje seguro y barato a Tijuana y Ciudad Juárez, salidas los miércoles. Mil pesos por persona. Contratación asegurada en empresas como Sanyo, Daewoo y Muebles Moreno. Informes Cristina Castro 964 104 17”.

En Motozintla: “No nos confunda, somos los más seguros y baratos. Salidas martes y jueves a Tijuana. Viajes Hernández”.

En Tapachula: “Viajes a Tijuana. Informes 044 962 60 98 591”.

O en la radio de Cacahoatán: “La señora Carrillo comunica a las personas que no han liquidado su pasaje a Tijuana que no podrán abordar el autobús...”

Y así por toda la región.

Las agencias “turísticas” que ofrecen viajes al norte son una moda que en el sur empezó hace cuatro años, pero que cobró fuerza a partir de 1999, cuando se sintieron los primeros efectos reales de las inundaciones.

Además de los letreros y la radio, los enganchadores de las agencias empezaron a recorrer la sierra para ofrecer sus servicios. Llegaron incluso a comunidades como Mexicalapa o Zapotillo, donde la comunicación es a pie o en caballo.

Comerciantes al fin, permitieron incluso que los pasajes (cuestan mil pesos en promedio) se pagaran en abonos. Al completar el costo del viaje los clientes reciben su boleto. Y se van.

“No sabemos cuántas hay ni tampoco hemos encontrado su origen”, reconoce José Domingo Guillén, subsecretario de Gobierno para la zona del Soconusco. “Es algo que debemos analizar, pues algunas pueden vincularse a bandas de polleros”.

Sin embargo, en algunos casos como Carrillo Puerto, un pequeño poblado a media hora de Tapachula, el arranque del negocio fue sencillo, casi por casualidad.

Rosalinda Quiroa López, quien solía organizar la peregrinación anual a La Villa, se dio cuenta que muchos jóvenes aprovechaban el viaje para seguir camino a Tijuana o Ciudad Juárez.

Al regresar a Chiapas contrató uno de los camiones que participaron en la peregrinación, y sin más empezó a ofrecer el servicio directo a Agua Prieta, Sonora, donde vivían algunos conocidos que se ofrecieron a albergar a los clientes mientras encontraban trabajo.

Dio resultado.

Un año después del primer viaje Rosy –así le gusta que le digan– reunió el capital suficiente para comprar un camión, y luego juntó para otro.

Hasta allí se quedó, porque la familia Barrios, que habita la casa frente a la suya, también rentó un camión y empezó a ofrecer viajes justo en los días que las unidades de su vecina estaban en camino a la frontera.

Y es que la demanda era mucha.

“Llegaban por puños, a veces la gente tenía que esperar varias salidas para irse”, cuenta Ulises Quiroa Hernández, primo de Rosy y responsable en Chiapas del negocio. “Venían de aquí de Carrillo, de Cacahoatán y de pueblitos como Los Angeles, Salvador Urbina, Faja de Oro”.

El pasaje incluye transportación directa a Agua Prieta, Ciudad Juárez o Tijuana; quienes viajan a la primera ciudad cuentan, además, con hospedaje barato en la casa de Rosy –se mudó a la frontera para administrar mejor su empresa– mientras encuentran empleo en alguna planta maquiladora o bien, logran cruzar a Estados Unidos.

Un negocio redondo. Pero la burbuja empieza a desinflarse: desde hace un año, el número de pasajeros se redujo sensiblemente.

Ulises Barrios dice que se debe a la competencia, pues “salieron muchas agencias en Cacahoatán, en Tapachula, en Huixtla; ya nomás nos llevamos 40 cada quince días”.

Pero la realidad puede ser otra.

Desde 1998, cuando Rosy empezó el negocio, las dos agencias de Carrillo Puerto han transportado un promedio de 3 mil personas cada año, la mitad de la población de la comunidad.

La región se vació. Los clientes ya están en el norte.

Más fácil que estudiar

Fotografía de José NúñezEl investigador Hugo Angeles Cruz, del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) unidad Tapachula, reconoce que la migración a Estados Unidos aquí es tan nueva que prácticamente nadie la ha investigado.

Hasta hace unos años los movimientos migratorios eran básicamente hacia los centros urbanos, “mujeres jóvenes que se iban como trabajadoras domésticas” o campesinos que laboraban en las fincas plataneras o de café.

Pero desde 1998, cuando las inundaciones acentuaron la crisis agrícola que asolaba al sur de Chiapas, la migración se generalizó. El Soconusco empezó a cambiar.

Por ejemplo en La Grandeza, uno de los municipios más pobres del país, el profesor Noé Barrios González, director de la escuela primaria Alvaro Obregón, cuenta que la mitad de los alumnos tiene a sus padres o algún familiar en el norte, y cada año al menos dos estudiantes se les unen.

Pero eso no es lo peor. “A los de sexto les dije que empezaran a preparar el examen para la secundaria, pero la mayoría dijo que no, porque es más fácil irse a los Estados (Unidos)”.

–¿Y qué les respondió?

–A muchos los pude convencer de que es mejor prepararse, tratar de hacerla en México. Pero no tengo muchas esperanzas; seguro que en la secundaria van a irse, aquí no van a encontrar mucho que hacer.

El profesor Barrios tiene razones para perder la confianza. Todavía hace cinco años, recuerda, cuando bajaba el trabajo o las lluvias dañaban las cosechas, la gente de La Grandeza tenía posibilidad de emplearse en las grandes fincas cafetaleras, como las que hay en Belisario Domínguez.

Pero ya no. El bajo precio del grano y la crisis desatada por las inundaciones les cambió la vida.

“Los finqueros se creían tocados por el cielo, andaban con sus botas de piel, los cinturones piteados, las camionetas. Ahora los que no se han ido al norte calzan botas de hule y traen la ropa con remiendos. Si ellos están jodidos, imagínese nosotros”, explica Barrios.

Y sí.

De acuerdo con el investigador Angeles Cruz, en el sur de Chiapas la crisis agrícola ya tocó fondo. “Muchos productores no tienen el cultivo de café dentro de sus expectativas de vida, y algunos lo mantienen pero sostenido con apoyos externos, como las remesas... Hemos encontrado a cafetaleros que utilizan los dólares para contratar trabajadores guatemaltecos; eso vuelve más compleja la situación de esta zona”.

Tal incertidumbre “nos hace ver que se avecinan cambios importantes en la estructura laboral de la región; eso no se ha evaluado ni se tiene contemplado”.

–¿En qué se va a convertir el Soconusco?

–Es una duda que surge, cuál sería (su destino) ante una región que por sus características físicas tiene una vocación estrictamente agropecuaria. Los que me preocupan son los pequeños productores, ellos ante la falta de capacidad de respuesta van a recurrir a lo que se hace en muchas partes del mundo: la migración.

Hasta ahora, explica, el proceso se encuentra en una primera etapa, es decir, la salida por razones económicas, lo que significa que una buena parte de la población se queda en sus lugares de origen.

Pero el siguiente paso es que los migrantes envíen por sus familias, y entonces sí, las comunidades empiecen a vaciarse.

“El proceso poco a poco se va a consolidar y a medida que pase el tiempo va a haber aspectos de tipo social y cultural que van a constituirse como el segundo motor para que la migración laboral de tipo económico se intensifique”.

Peor aún, el desastre natural de 1998, hace más precarias las condiciones para su migración.

“Es algo parecido a cuando el huracán Mitch golpeó a Centroamérica: hubo una migración desesperada donde, por un lado, los que salieron no tenían experiencia, y por el otro lado, no contaban con las redes de apoyo, los contactos que les podrían hacer menos difícil el proceso... El panorama se vuelve más complejo; digamos que no hay condiciones para que la migración se de respetando en forma íntegra sus derechos humanos”.

Se nota.

Por lo pronto, los migrantes chiapanecos deben enfrentar, además de las dificultades para conseguir el dinero del pasaje y un extra para sobrevivir al viaje, a las revisiones migratorias de las autoridades federales.

Y es que en los retenes del Instituto Nacional de Migración (INM) es frecuente que sean arrestados por no portar identificaciones.

Es un requisito para salir de esta frontera, explica el subsecretario Domingo Guillén, que justifica el trámite por los ataques a Nueva York el año pasado. “Es una política de mayor seguridad. Desgraciadamente, a pesar de las campañas de difusión para traer sus documentos, hay muchos que no hacen caso”.

Eso provoca, al menos, molestias innecesarias. La semana pasada, por ejemplo, una familia de Cacahoatán perdió el vuelo a Tijuana porque los agentes del INM los encarcelaron un día.

Los van a demandar.

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La teoría indica que con la migración suele llegar la desintegración de las familias y un cambio radical en las costumbres de las comunidades.

Son nuevos modelos que se incorporan a la vida cotidiana, y que en Motozintla, por ejemplo, se nota en los nombres de las cantinas: hay por ejemplo, una cervecería El Tal Iván.

Chimalapa tampoco se salva.

Desde el año pasado un grupo de jóvenes formaron una pandilla que, se queja Arcadio García Mateo, “nomás están viendo a ver a quién chingan”.

Es algo que nunca había ocurrido en el ejido donde, dice el anciano de 65 años, “todo mundo se respetaba, nadie se metía con los demás”.

A la pandilla la encabezan dos que vivieron un rato en Estados Unidos. Allá, dice don Arcadio, es que aprendieron “las malas costumbres”.

Hace unos meses el comisariado Cuauhtémoc Vázquez reprendió a los adolescentes, quienes le respondieron con una pinta en su oficina: le llamaron Osama Bin Laden.