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Morir en Yuma ALBERTO NAJAR El mes pasado, según la Fundación
de Asistencia Rural Legal de California, 70 mexicanos murieron en su intento
de cruzar a Estados Unidos, 43 de ellos en el desierto de Yuma, Arizona.
Se trata de la cifra más alta de fallecimientos en un solo mes desde
que se cerró la frontera estadunidense, un dato peor que nuestra
peor pesadilla, define la organización. Pero los números
son lo de menos ante la magnitud de las tragedias particulares, de los
deudos que reciben los cuerpos en féretros azules. Son historias
de Yuma, el punto de cruce más peligroso en todos los 3 mil kilómetros
de frontera
Los dos niños que iban en el grupo apenas podían jalar aire, de tan deshidratados que estaban. Su mamá estaba peor, pues les había dado la poquita agua que se llevó de Tijuana. Y el pollero, un chamaco como de 20 años al que no le importaban los rezagados, se alejaba más y más. Fue en ese momento, como a las 6 de la mañana, que Catalina Ventura Mendoza le dijo a don Ismael, su paisano, que le ayudara a quitarse los zapatos porque ya no los aguantaba. Se quedó sentada un ratito en silencio mientras el grupo de 10 personas entre ellas dos mujeres más y el par de niños seguía su camino. El sol, que para esa hora ya pegaba con ganas, anunciaba otro día de infierno en el desierto de Yuma, Arizona. No se apure doña Cata, ya le dije al coyote que no nos vaya a dejar, contó don Ismael a la familia de Catalina varias semanas después. Usté descanse nomás. Pero a la jalisciense le pesaban sus 43 años de edad, la mitad de los cuales los vivió con hipertensión. Dos días en el desierto bajo el sol de 45°C la dejaron sin fuerzas. Y para colmo, apenas unas horas antes el grupo escapó milagrosamente del ataque de una manada de coyotes que les obligó a cambiar de ruta. Estaban como rabiosos, les gritamos y aventamos piedras pero ni así se iban, platicó don Ismael. La señora se puso peor, de por sí ya caminaba despacito. El descanso resultó peor para doña Cata. Miró a su paisano y se rindió. Dígales a las muchachas que las escrituras están con mi amá, que las recojan, fue el mensaje que Ismael llevó a Tlaquepaque, Jalisco, de donde partieron dos días antes, el 29 de agosto de 2001. Fue todo, cuenta Berenice Muñoz Ventura ocho meses después de enterrar a su madre. Haga de cuenta que se dio un restirón. Y se murió. uuu El año pasado, según la Fundación de Asistencia Rural Legal de California, en el desierto de Yuma murieron 115 personas, la mayoría de origen mexicano. La cifra, sin embargo, puede ser mayor, pues quienes han sobrevivido al cruce cuentan que con frecuencia encuentran restos humanos que nunca fueron recuperados, y que jamás formaron parte de las estadísticas. No es un secreto. Claudia Smith, directora de la fundación, habla de reportes no oficiales que establecen que pueden quedar cadáveres en los desiertos o las montañas. La organización señala con base en informes de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) que tan sólo el mes pasado murieron 70 mexicanos en su intento de cruzar a Estados Unidos, 43 de los cuales fallecieron en el desierto de Yuma,. Se trata de la cifra más alta para un solo mes desde que se pusieron en marcha los operativos Guardián, Salvaguarda y Río Grande con los que el gobierno estadunidense cerró su frontera con México. Es peor que nuestra peor pesadilla, define la fundación. Quizá porque son muchos los muertos o tal vez porque en esos días fracasaron las negociaciones de la SRE para concretar este año un acuerdo migratorio con Estados Unidos, lo cierto es que el 26 de junio pasado el canciller Jorge Castañeda endureció el discurso. Y 572 días después de asumir el cargo se atrevió a criticar las políticas migratorias de la Casa Blanca. Han fallado en reducir la migración de indocumentados provenientes de México, dijo en la convención de la League of United Latin American Citizens (LULAC). En cambio, han fomentado un mercado negro peligroso y hasta mortal de seres humanos. Y ya. Hasta allí llegó la preocupación de la cancillería sobre las muertes en Yuma, donde apenas el año pasado tras el escándalo internacional por el fallecimiento de 14 veracruzanos se abrió una oficina consular. Los primeros reportes sobre fallecimientos de mexicanos datan de 1995. Desde entonces, según la fundación han muerto 511 nacionales. El gesto del canciller, pues, llega tarde. uuu Hace 23 años Catalina Ventura viajó por primera vez a Estados Unidos, cuando una amiga la invitó a trabajar en San Diego. Duró un año por allá. Regresó en 1998, cuando fue despedida del empleo en que había permanecido dos décadas. El dueño del negocio, una tienda de artesanías en el que doña Cata era cajera, la despidió para contratar a una persona más joven. Después de eso la jalisciense vendió comida en dos construcciones de Guadalajara, pero el trabajo terminó en agosto pasado cuando la empresa responsable emigró a Aguascalientes. Ese fue el final del camino para Catalina, pues en la capital jalisciense no hay trabajo para una mujer de 43 años. La única salida fue regresar a Estados Unidos. Y para allá se fue con don Ismael (nadie en la familia conoce su apellido) a mediados de agosto. Estuvieron 15 días y no pudieron pasar; se regresaron con un dinero que ganaron pintando una casa. ¿Qué pasó? Mi mamá no quería cruzar por el desierto, decía que era muy peligroso. Pero era la único que había. Sólo una semana aguantó en Tlaquepaque. A las 10 de la mañana del jueves 29 de agosto, Catalina tocó en la casa de su hija mayor, Berenice. Dijo: Ya me voy, no le digan a mi amá nada hasta que esté allá. A Martín (otro de sus hijos) tampoco le avisen, díganle que ando en la calle o lo que sea. Yo le pedí que se quedara pero no me hizo caso. Me dio la bendición y se fue. uuu
Por la tarde encontró una carretera, donde lo rescató una patrulla de la migra. Lo encontraron desmayado. Ismael trataba de explicar a los agentes que en el desierto estaba el cadáver de la jalisciense pero, contó a los hermanos Muñoz Ventura, los policías no le creyeron. Lo traían a insultos, a maltratos, le dijeron que primero se bañara y él contestaba que no, que junto a un cerrito y donde había botes blancos estaba mi mamá, recuerda Berenice. Los de la migra se burlaron: imbécil, dijeron, todo el desierto está lleno de botes blancos. A las 11 de la mañana del domingo 1 de septiembre los agentes de la Patrulla Fronteriza emprendieron, a regañadientes, la búsqueda de doña Cata. La encontraron dos horas más tarde, hinchada y con gusanos que le salían por la boca. Sus hijos se enteraron esa misma noche cuando un empleado del consulado mexicano en Yuma se comunicó por teléfono a Tlaquepaque. Sandra, una de las hijas mayores recibió la noticia. Se desmayó, pero reanimarla fue apenas el primer problema que enfrentó la familia. Porque regresar a México el cuerpo de su madre costaba mil 700 dólares. Y de dónde los sacábamos, no había nada. Los vecinos cuando supieron hicieron una colecta, pero no alcanzó, recuerda Berenice. La otra era que incineraran el cadáver, pero la verdad no quisimos, sobre todo por mi abuelita. La solución llegó por casualidad, cuando uno de los vecinos pidió la ayuda del ayuntamiento, que aportó el dinero faltante para el traslado. Catalina Ventura regresó el 8 de septiembre a Tlaquepaque dentro de un ataúd sellado, igualito a los féretros utilizados en el traslado de los veracruzanos muertos tres meses antes, o el de los chiapanecos que fallecieron en ese desierto a principios de este año. Era de color azul. Como el cielo en Yuma. |