lunes 29 de julio de 2002
La Jornada de Oriente publicación para Puebla y Tlaxcala México

 
n Enfrentan problemas económicos y tienen que pagar sus propios gastos médicos
A siete meses del derrame en Acatzingo, los afectados están en el "olvido y abandono"

Ignacio Juárez Galindo n

"Olvido y abandono" son las palabras con que los propios habitantes del barrio de Guadalupe, ubicado en el municipio de Acatzingo, definen la situación en la que están. A siete de meses de ocurrido el derrame de 60 mil barriles de petróleo crudo en esa zona, 30 familias afectadas por la tragedia viven en la desesperanza, el enojo, la incertidumbre e impotencia de no poder dar fin a la larga lista de problemas, tristezas e injusticias. Petróleos Mexicanos (Pemex) y el gobierno estatal, principales responsables de atenderlos, dijeron, sólo han prestado "oídos sordos" a todas sus demandas, y se "condenaron", a fuerza de no escucharlos, al total descrédito de la población.
El cúmulo de problemas expuestos por las propias familias, incluye un sinfin de promesas incumplidas, rechazo y hasta burla de las autoridades, quienes se han negado a resolver las necesidades más apremiantes de la población, como son el agua y la vivienda. Las casas para la reubicación de las personas no están siquiera en obra negra, y el espacio que les entregarán es menor a la superficie que tienen en sus antiguas moradas. El Instituto Poblano de la Vivienda, agregaron, optó por un modelo de casa que no es "viable" para la forma de vida de los peones y campesinos.
A esta situación se suma el problema económico. A excepción de dos familias, el resto tuvo que regresar a sus viejas casas, ya que carecía de los recursos para alquilar una nueva vivienda. Algunos no tardaron ni seis días en regresar, y otros sólo "aguantaron" tres meses. La afectación a los terrenos de cultivo también provocó que los damnificados tengan que vivir con menos de la mitad de los ingresos económicos que recibían antes del perjuicio; otros han tenido que ocuparse como "diableros" en la central de abasto de Huixcolotla, y la mayoría no ha podido encontrar un empleo fijo. Tampoco cuentan con las verduras y frutos que cultivaban para autoconsumo.
Pese a que Pemex se comprometió a absorber todos los gastos médicos para las personas afectadas, la ayuda sólo duró tres meses. Hoy, varios de los enfermos, como Emiliano y Laura Nolasco -esta última madre de María Teresa Zambrano, la menor de edad fallecida a causa del derrame-, tienen que pagar con su dinero la atención y medicinas que necesitan. En el caso de Emiliano, a pesar de tener una severa afectación en los ojos, tuvo que salir a trabajar para tener el dinero suficiente para pagar su tratamiento, relató su hermana.
El panorama en cuanto a salud también es malo, debido a los químicos utilizados para la recuperación de las tierras. Las diarreas y dolores de cabeza son cosa de todos los días, y en tiempos de calor "la pestilencia es insoportable". Aunque dijeron que ya presentaron sus quejas ante las autoridades de Pemex y las compañías encargadas de los trabajos, sólo han tenido como respuesta que "no pueden hacer nada, y lo de los dolores de cabeza, pues que son normales y no peligrosos" (sic).

El recorrido

El barrio de Guadalupe, en el municipio de Acatzingo, es uno de los mejores ejemplos de la marginación y atraso en los que viven algunas comunidades poblanas. Algunas casas que están a unos metros de donde ocurrió el derrame del hidrocarburo, y presentan condiciones deplorables e insalubres. Atrás de algunas viviendas es común observar excrementos humanos; el agua que utilizan para sus necesidades se descarga al aire libre.
Para nadie es ajeno el intenso olor a petróleo que golpea la cara cuando se arriba a la zona perjudicada. Las 30 familias afectadas, y que necesitan reubicarse, viven a lo largo de un corredor de unos 300 metros; enfrente están los terrenos afectados. A la mitad se encuentra la casa de María Esther Velázquez Pérez, madre de una familia conformada por 10 hijos, quienes a su vez ya formaron sus propios hogares. Todos viven juntos, en un terreno, propiedad de Marcelino Martínez, quien encabeza al grupo de pobladores inconformes que visitaron hace unos días a un grupo de diputados en el Congreso para exponerles sus problemas.
La casa de Esther Vázquez contrasta con otras debido a su limpieza y conservación. Acompañada de varias de sus nueras, quienes participaron en la entrevista, relató la serie de penurias que han enfrentado desde el día del conflicto. Los primeros problemas, dijo, comenzaron con la entrega de apoyos, ya que sólo recibieron una despensa y media, cuando debió ser una a la semana; a los jefes de familia nunca se les entregó los jornales que Pemex prometió.
Esther Velázquez Perez, igual que sus 10 hijos, regresó a su vivienda una semana después del derrame. El motivo: "Rentamos (otra casa) o comemos", argumentó. "Esos días", platicó, "fueron los peores", ya que para entrar y salir de la zona tenían que enseñar identificaciones y aguantar los malos tratos de varios empleados. "La comida nos daba asco; comíamos y teníamos que aguantar el intenso olor a petróleo".
Pese a las adversidades, comentó, trataron de rehacer su vida. Un mes después de la tragedia, la familia Martínez Velázquez celebró la boda de Jaime, el hijo más pequeño del clan. Las autoridades, en esa ocasión, ayudaron a la familia limpiando el terreno, cuyos trabajos sólo consistieron en echar tierra sobre el petróleo, dijeron.
Los meses pasaron, continuó, pero las oportunidades de empleo escasearon, y los cabezas de familia estaban desempleados. De ahí que unos se emplearon como "diableros", otros tuvieron que buscar otros terrenos donde los contrataran como peones, y otros más se volvieron albañiles. Hasta el momento, los hijos de Marcelino Martínez y él mismo no han podido encontrar empleo fijo y bien pagado. Antes, en general, tenían un ingreso semanal de 700 pesos, pero ahora oscila entre 350 y 400 pesos, situación que obligó a las esposas a trabajar también como peonas.
ángela Martínez no duda en afirmar que "el olvido de las autoridades" ha sido una de las causas que han provocado el ahondamiento de varios problemas. Las promesas de apoyo y reubicación, mencionó, "no hay para cuando" sean cumplidas, además de que en la oficina de Pemex que instalaron en ese municipio nunca hay nadie que la atienda, y cuando van a presentar sus demandas, como agua potable, apoyos económicos, sólo les contestan que el plazo de apoyo -tres meses- ya terminó y no pueden hacer nada, o bien que son asuntos que debe atender el presidente municipal.
"Son cosas básicas y ni nos atienden, se echan la bolita y nunca sabemos qué ocurre. No pedimos nada más de lo que necesitemos, pero nunca nos toman en cuenta... ya se olvidaron de nosotros", señaló
A muchas cuadras de distancia de la zona perjudicada vive Laura Nolasco. Aunque por fuera su vivienda parecería estar en buenas condiciones y ser muy amplia, cuando se conoce por dentro esa imagen se diluye. Los cuartos son pequeños y albergan a por lo menos cinco personas cada uno. No tienen baños, drenaje, los techos son de teja de asbesto y su renta cuesta 500 pesos. "Un precio poco accesible para nosotros; pero yo ya no regreso a la otra cas; nunca podré tener otra vez seguridad de que no pasará otra fuga", puntualizó.
El cuarto de Laura está compuesto de dos camas matrimoniales y un ropero grande, en cuya parte superior colocó varias fotos de María Teresa Zambrano, su hija, quien murió por la fuga del petróleo, así como otras imágenes en donde aparece ella con sus dos hijas. "Con el paso del tiempo cada día se extraña más a la persona", es lo único que alcanza a decir, y sus ojos se llenan de lágrimas. "Mi hija todavía está triste por su hermanita; la extraña; se habían acostumbrado a jugar juntas todo el tiempo", abundó.
Pero Laura Nolasco no sólo se enfrenta al dolor por haber perdido a su hija. "ése fue el comienzo", sostuvo. Cuando ocurrió la fuga del hidrocarburo, Laura tuvo que ser hospitalizada en la ciudad de Puebla, y después fue sometida a varios tratamientos. En la actualidad, el apoyo que Pemex le brindó ya concluyó, pese a que continúa con mareos, pérdida de memoria y continuos dolores de cabeza. "Yo siento que no quedé bien", exclamó.
Ahora los costos de su atención médica corren por su propia cuenta. Ha acumulado dos recetas de 600 pesos, dinero que tenía guardado para la renta de la casa. Las consultas con especialistas y otras médicos también han sigo pagadas por ella misma.
En la misma situación, relató, se encuentra su hermano Emiliano Nolasco, quien sufrió una severa afectación en sus ojos. Al principio, sus globos oculares estaban sumamente irritados, al grado que parecía que lloraba sangre. Su tratamiento también ya concluyó, pero las molestias siguen, y tuvo que buscar un nuevo trabajo para poder pagar las medicinas y consultas con especialistas. Ambos, abundó, han recurrido a Pemex para solicitarle su apoyo económico, pero sólo les han respondido que el apoyo ya se terminó.
"Al principio también nos dijeron que a los seis meses iban regresar los médicos para hacer un chequeo a todos, pero hasta el momento no se ha cumplido. Ya nos abandonaron totalmente, ya pasaron siete meses y no se resuelve nada, no creo que las cosas sean tan difíciles, pero allá las autoridades. Nuestra demanda sigue siendo que la reubicación se haga lo más pronto posible, y que nos ayuden con los tratamientos; no pedimos más", aseveró.