La Jornada Semanal,   domingo 11 de agosto del 2002        núm. 388
Fernando Esposito Paulìn

Sobre hombros de gigantes

Fernando Esposito Paulìn, arquitecto, ensayista, poeta y diseñador, declara en este ensayo celebratorio su total admiración por la obra artística de Luis Barragán. Pensamos que, en estas épocas de negaciones, envidias reptilíneas, ineptitudes críticas y generalizaciones de periodistas pegados, sin imaginación alguna, a la ubre informativa de internet, el ditirambo viene a cumplir su función ritual y a colocar la corona de laurel en las sienes del gran artista.

A la hermosa hada que me ha llevado de la mano a reencontrar tantas imágenes en el hechizo de esas tierras altas

Si he visto más lejos que otros, ha sido por estar parado sobre hombros de gigantes

Isaac Newton
Toda la mar y todo el cielo por una sola victoria de la infancia
André Breton

Las Torres de Ciudad Satélite, 1957. Foto René BurriLuis Barragán observa. La fuerza indestructible de la infancia, que no lo abandonará jamás, brilla en su mirada azul mientras recorre los caminos empedrados, rodeado de pinos, encinos, arroyos, y aquellas montañas que protegen la existencia de cascadas diáfanas.

La luz ilumina los encalados impecables, los matices profundos de las tejas y de la tierra mojada después de una intensa lluvia, cuando los últimos rastros de niebla se disipan.

Todos los sueños y los triunfos del futuro habitan ya en su interior, lleno de imaginación y sensibilidad irrefrenables, y al acercarse por las calles al encuentro de las gotas de agua que descienden aún por las acículas, las hojas y bellotas, presiente el musgo de las rocas y lo descubre, además, en los troncos del acueducto que atraviesa el espacio sobre los techos de las casas.

A su paso, contempla a los caballos, que lo reconocen uno a uno, y al hacerlo imagina escenas ecuestres admirables.

Visualiza el lago todavía intacto y pleno de poderío que se halla a la distancia, donde navegará en tantas ocasiones, y coincidiendo con algunas hermosas mujeres de ojos zarcos, corre feliz, con el sol en el rostro, entre los árboles y ante los muros blancos, y su mente sin límites se dirige a reunirse con las hadas.

En la eternidad en la que entra cuando juega, se siente inexplicablemente inatacable e inmortal, y sus manos se mueven con tal certeza como si supiesen que sus manifestaciones en el mundo, en el momento preciso, habrán de confirmar sus intuiciones.

Esbelto y alto, ve más allá de lo que ninguno de los que lo rodean puede siquiera concebir. Es un gigante.

Las Torres de Ciudad Satélite, 1957. Foto René BurriEs posible avanzar por esa tierra. Apreciar a cada instante la acentuada gama del suelo por el que él camina. Aquella que un día convertirá en un poema de líneas verticales, en el que las quillas de las travesías que efectuará se conjuntarán contra el cielo con la magnífica evocación de un conjunto constructivo impresionante, ubicado en el lugar de origen del resurgimiento del sueño lúcido que en un principio despertó en la Hélade, y que a pesar de los deseos de la oscuridad, regresó acompañado de la aurora. Todos los tonos que se volverán prismas custodias, que llegarán a existir para ser prontamente afrentadas por la estulticia de seres que nunca han visto ni tocado el color de esos sustratos de montaña, en la que la belleza y el asombro asisten en formas incontables. Por quienes no descubrirán las variantes rojizas que esas superficies toman con cada visita de la lluvia, y no podrán ni siquiera sospechar de qué manera el ánima de esos bosques serenos, simultáneamente terrestre y alada, podrá fusionarse en la sencillez más plena con la implícita rememoración toscana, a través de resonancias provenientes de las construcciones más altas del planeta, erigiéndose en vigías al lado de una ciudad que en alguna ocasión fue percibida como llena de palacios.

Cualidades intrínsecas que quizá regresarán un día si el espíritu de la bienamada tierra montaraz retorna a ese poema, y algunos hombres llegan a recuperar la mínima noción de las proporciones, de la dignidad, y del respeto.

Al mismo tiempo que él se encuentra de pie en la espesura, a lo largo del mundo, como siempre, los hombres diminutos buscan exteriormente, de manera compulsiva, el poder que de ningún modo han poseído ni alcanzarán a poseer en el sentido interior y auténtico, al que por otra parte ni siquiera logran reconocer cuando por casualidad lo miran.

A través de esa insignificante y tragicómica versión de potestad, desarrollada a lo largo de sus insustanciales e irreflexivas vidas, simples apetitos y primitivas preferencias, muchas veces tomarán decisiones que afectarán, dañando, irremplazables logros de titanes.

En un futuro, quizá algunos hombres verdaderos subirán sobre los hombros gigantescos, intentarán ver a lo lejos y bajarán, llenos de respeto y gratitud, a comprometerse en procurar caminar aunque sea un paso más, aspirando a aportar una obra propia trascendente y legítima, esforzándose en ser dignos de su herencia. Entre ellos es posible que se encuentre algún día otro gigante.

Mientras tanto, los hombres diminutos, oportunistas por definición, tratarán ignominiosamente de aprovecharse de la labor que el coloso llegará a efectuar, y empezando a escalar por sus piernas sin tener ninguna aptitud propia para el ascenso, caerán al primer intento, y no podrán entonces sino pretender repetir el trazo de sus enormes huellas, sólo que esta vez con ridículas y minúsculas pisadas.

Habrá asimismo quienes, incompetentes, se atreverán en su soberbia y prepotente inconsciencia a alterar, deformar, o destruir las magistrales creaciones del Poeta que él logrará ser, en actos donde lo inadmisible sólo podrá igualarse a lo inaudito, atentando contra la integridad de las composiciones de un autor incomparable. Así como aparecerán –pese a todo– excepcionales usuarios respetuosos y sensibles, dignos defensores de la herencia otorgada.

En ese porvenir aún inabarcable, surgirán finalmente otros que, supuestamente llamados por la misma vocación, sólo tendrán habilidad de perderse en los territorios egóticos del desvarío, e incapaces de aportación y de compromiso, no pudiendo entender ni involucrarse con ningún criterio de evolución sintética, indignos del legado recibido sin merecimiento alguno, únicamente transitarán las diversas e inagotables sendas de la retrogradación y el amaneramiento.

Ciegos en la ignorancia más abyecta, o bien insensibles crónicos, carentes de la inocencia y el discernimiento correspondientes a cualquier probabilidad de desarrollo de una conciencia o al vislumbramiento de una valoración real, pasarán de largo sin deducir ni aprender nada subsecuente, sin que la presencia de esos magnos trabajos llegue a depurar o generar en ellos la mínima inteligencia crítica sensible, inhabilitados para deducir que la más genuina esencialidad plástica es absolutamente necesaria a cualquier posibilidad de veracidad, tanto arquitectónica como de todos los objetos de realización humana; a una viabilidad lúcida de salud psicosocial; a una perspectiva mayor de justicia o sabiduría económica; a la factibilidad de la más urgente necesidad de asumir una actitud ecológica crítica –no manipulable cual guiñapo por la superficialidad, la conveniencia inercial, la vulgaridad, la plutocracia, o la demagogia–; a la búsqueda de una dignidad relevante, necesariamente luminosa y profunda. 

Porque no comprender la responsabilidad que se deberá tener con la trascendencia del legado de sustancialidad que el genio realizará, será no advertir sus implicaciones ni repercusiones axiológicas, dado que su poética tendrá definitivamente un origen y una consecuencia éticas.

Ya que en la Arquitectura, en la que a veces sin mérito se hereda, y en la entrecomillable, en aquella que intrascendente, irresponsable, y corrompidamente se edifica, como en tantas áreas de la condición humana, ante la más infortunada y miserable tergiversación de valores, la palabra deontología tendrá que ser contundentemente enarbolada en un futuro.

Ajeno a todas esas circunstancias por venir, Luis Barragán, invencible en la plenitud resplandeciente, rodeado de rayos de sol que descienden entre las hojas, siente que frente a él, se encuentran íntegras todas las posibilidades imaginables del mañana.

No sabe aún cuántos episodios, periplos, combates, y logros felices ocurrirán en el avance de una victoria sostenida.

A su conquista partirá una nave, sensible, meditante, y decidida, cuya proa surcará lugares todavía lejanos, dejando tras de sí, una estela de inmensidad, plasmando en los muros presencias lumínicas en las variantes más activas del espectro.

Pues si bien a lo largo de ese recorrido sobrarán los que lo traicionen o lo malentiendan, de la misma manera existirán aquellos que lo reconozcan como aquel que ascenderá a lo más alto; quienes intuyan, o sepan fundamentadamente, que –sin ninguna necesidad de demagogia ni populismos deplorables, ni patéticas manipulaciones publicitarias o mercadotécnicas– la obra magistral que habrá de producir emergerá de la visión sorprendente de aquel que llegará a ser el más grande artista plástico de la historia de su patria.

La belleza de la creación que desarrollará, su inimitable poesía plena de embrujo e intimidad, su magia, cuyo encantamiento no se detendrá, inspirado en el sortilegio majestuoso del silencio, evocará y concentrará en el asombro de un hechizo todo lo inconmensurable del misterio, y estará manifiesta en su esencial serenidad en el blanco de los protectores encalados, el amarillo solar, el naranja de las frutas vibrantes en las que se convierten los azahares, el rosa de la sensualidad cromática más exaltada, el rojo de las flores de los colorines, el lila de las jacarandas, el guinda de las buganvilias, el morado de los heliotropos, el ilimitado azul indestructible de la mar.

Dado que en todos los intrincados caminos del porvenir, Luis Barragán nunca fracasará y triunfará siempre.

Conseguirá la percepción del universo a través de la intimidad meditativa, no en el ensimismamiento, sino en resuelta y ejemplar introspección.

Y aún en las peores circunstancias sabrá siempre que "lo importante es no claudicar,"1 y pese a todo no dejará de llamar fiesta a la vida.

En la cumbre de la inteligencia y la sensibilidad afirmará, en uno de los apotegmas más veraces y conmovedores de la historia de la creatividad humana, que "el Arte está hecho por los que están solos para los que están solos", expresando además al respecto, con valentía selectiva y total reflexión, que "nos encontramos a nosotros mismos en la soledad" y que "la soledad es buena compañera".

Pasarán décadas. En un instante se volverán cien años, doscientos, mil. El mensaje de la Arquitectura del Poeta en que se convertirá no será acallado si la humanidad no sucumbe a la barbarie, si finalmente el "oleaje de deshumanización y vulgaridad" no vence por completo. Si llegado el momento, la percepción privilegiada no es acallada por la superficialidad siempre agresiva e ignorante.

Ya que toda la fuerza de un orden superior, se revelará fulgurantemente en los poemas del futuro Arquitecto.

Y la mente de Luis Barragán, plena de la energía de su inagotable capacidad lúdica, se manifestará entonces a través de "la virtud suprema de lo sencillo"2 en los elementos más limpios e imponentes, en los espacios infinitos que imaginará y construirá, donde la emoción más intensa habitará indemne. En todas sus fuentes y sus espejos de agua, en cada una de las piedras con las que dialogue, en la persistencia de los ecos de los bosques, y en la alegría de la existencia incomparable del sol mismo.

En la dignidad de sus muros y en la quietud de la belleza de sus jardines, resonancias de todos los viajes aparecerán en trazos impecables en los que con todo su poder como Poeta, transformará tierras yermas en paisajes encantados, donde la luz de su lugar de origen se verá reforzada con la luz de territorios distantes, situados muchos de ellos más allá del mar, en los cuales, aprendiendo y creciendo permanentemente, conocerá a hombres que lo llamarán para recibir la sabiduría de quien se habrá convertido en Maestro incontrastable.

Jardines del Pedregal. Foto Salas PortugalA lo largo de todo ese trayecto estarán presentes esos esbeltos prismas, que majestuosos en su serenidad dinámica, poseedores de la más extrema claridad estética, atravesarán la plenitud de la tranquilidad envolvente, dejando constancia irrefutable de la autenticidad de la pasión excelsa que acompañará cada una de las obras de sus manos.

Y por prodigios tales como la poética de aquellos espacios, en un mundo donde la ignorancia, la insensibilidad, y la corrupción imperarán prácticamente indetenibles, quizá será posible algún día volver a vislumbrar una esperanza.

Ya que aún ahí donde la pequeñez, la codicia, y la mezquindad se convertirán cada vez más en la norma y receta para el conformista éxito aparente y la mediocre vivencia subsiguiente de una rotunda intrascendencia enajenada, llegarán a existir seres de aparición y transcurrir excepcionales, capaces de convocar el pensamiento y el sentimiento ilimitados. 

Porque a pesar de cada una de las deslealtades y de los abusos, y también de los olvidos, como acontece en el caso de todos los héroes verdaderos, de aquellos que jamás traicionan su más elevada esencia, la visión de Luis Barragán permanecerá perfectamente luminosa y nítida, y toda su sencillez y sus colores ondearán siempre victoriosos en el viento.
 

Notas
1 Luis Barragán, en una conversación privada sostenida con el autor.
2 Luis Barragán, Fuente: Buendía, Palomar y Eguiarte, en un cartel leído por el autor en Mazamitla, Jalisco.
 


D.R. Fernando Esposito Paulìn
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