Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 15 de septiembre de 2002
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Espectáculos
Llenaron el Auditorio Nacional con sus fans femeninas y uno que otro inútil

Mano a mano amistoso entre Paquita y Lupita D'Alessio... pero contra ellos

Mientras una se ofrecía ''si estás buscando una mujer...'', la otra pedía ''invítame a pecar''

JAIME WHALEY

Con un duro, duro, duro, un numerosísimo y aguerrido coro -femenino, desde luego- saludaba prácticamente todas las interpretaciones de Paquita la noche del viernes en el Auditorio Nacional, en donde ella, la del barrio, y Lupita D'Alessio, sostuvieron lo que en términos deportivo-taurinos se catalogaría como un amistoso mano a mano, pero que tuvo un blanco común, nosotros, los traicioneros, los que pagamos mal, los mentirosos, los irresponsables, los que nos esmeramos en redimirnos pero casi nunca lo logramos ante los ojos de ellas.

Con los asientos todos (que dicen llegan a 10 mil) ocupados Lupita puso en marcha el festival de la venganza con sus musicales diatribas, pero también con su talento y su bien timbrada voz.

Elegante, con un atuendo que a la distancia parecía de cuero, y seguramente lo era, pues a la hora de los créditos dio un reconocimiento a quien la vistió, lo mismo que a su gastroenterólogo -el de ella, pues, no se piense que al del modisto-, Lupita, la multifacética, entusiasmó desde el momento mismo de su salida.

Dijo que ella le creía, pero él le mintió para después asegurar que se le había agotado la fantasía y que no buscaba ni guerra, ni paz... Y ya encarrerada, la cantante lanzó epítetos: caprichoso, embustero, mujeriego. Añadió que con la misma moneda te pago engañándote a ti. Sus interpretaciones, respaldadas por un excelente ensamble de 10 músicos, y un coro de tres voces, también de alta calidad, tuvieron una estruendosa respuesta, a punto tal que las lágrimas asomaron a los ojos de Lupita, quien dijo que hace 12 años pisó por vez primera el tablado del Auditorio.

Y siguió la letanía: No sé que tiene tu cara, pareces hombre de a de veras. Los aplausos y los aullidos no se hicieron esperar, lo mismo que con la siguiente en la que asevera que es una leona en su guarida, y el sumum llega cuando exclama que usted no llega ni a pecado, punto y coma, y el remate desmadrador, ya no siento nada al hacerlo contigo.

Luego le bajó un buen y aceptó que ella también estuvo enamorada como uno, para luego afirmar que quien ama de a deveras no es infiel, para después amenazar con que ya no regresará.

Un tenue ¡Bravo Lupe¡, se dejó oír en la sección de balcones derecha, que no fue nada con la catarata de palmadas que se desgranaba en la parte central y por todo el resto del graderío.

Se ofrece ahora Lupita: si estás buscando mujer, aquí estoy yo, para enseguida demandar, acaríciame. despacio, lentamente y sin temor. Y, caray, cómo de que no, claro que sí, yo me apunto para contarle a la Lupe las pequitas de su pecho y las de su espalda que dejó parcialmente descubierta cuando se despojó del saco.

La catársis de nuevo cuando es visible en las gigantescas pantallas que Lupita, en otra rolita, musita, pen-de-jo, y viene luego la promesa, hoy voy a cambiar, para el cierre apoteósico también, con la remembranza del corazón gitano, para dejarle el espacio a Paquita quien, ni tarda ni perezosa, empezó a deleitar a los inútiles ahí presentes y a sus compañeras.

''¿Me estás oyendo, inútil?''

Del arsenal de Paquita, toda ella ornamentada con albo vestido de pedrería y anillos en ocho de sus 10 dedos de las manos, también brotaron hirientes disparos lo mismo que personales lamentos con igual respuesta del público que a las interpretaciones de Lupita, salvo que con gritos que denotaban pandorga y un ambiente un poco más relajado, ya que las luces dejaron de ser discretas.

A los acordes de su rúbrica, aquella de que anda siempre en el fango, sin mancharse las plumas, y su sello patentado ''¿me estás oyendo, inútil?'', se escucharon las risas contenidas en la primera parte del larguísimo recital.

El coro se tornó multitudinario con Perdida, aquel éxito del trío Los Panchos, que entonado por Paquita cobra crudeza, y pues nada, que la mujer, al cabo de unas canciones más, requiere de un líquido que, desde el graderío parece refresco de cola pero ella, sincera como es, dice que es coñac, y ¡salud!, que a eso venimos aunque no estemos en su casa.

Ay, ay ay. Paquita, con su rostro adusto, impávido, diríase, insinúa invítame a pecar, invítame o te invito, y enseguida extiende un Cheque en blanco, para luego confesar, te he engañado tres veces.

Falta poco ya para la medianoche y a Paquita le faltan todavía una docena de temas, pero pocos tienen prisa por salir a Reforma y empaparse con la incesante lluvia.

Mejor se está aquí adentro, a pesar de la amenaza cancionil de que o se componen o los capamos, y la aclaración de que si el Sol siendo el astro rey, lo tapa una pinche nube... o la advertencia de que el que quiere azul celeste, que le cueste. Así se fueron diluyendo las leyes del querer.

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