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La
Jornada Semanal,
22 de septiembre del 2002
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P O E S Í A LLENARSE DE ALAS LETICIA LUNA
Diversas tradiciones poéticas han enarbolado que la poesía es un don divino, tanto la poesía prehispánica y la pagana, en general, como la cristiana, brindan numerosos ejemplos de lirismo que busca a través de las personalidades divinas o sacrílegas a la poesía. ¿Acaso la altura del verso se cruzará por siempre, a través de la analogía, con contenidos míticos? Estos elementos se encuentran en su estado original, en el libro que Estrella del Valle (Córdoba, Veracruz, 1971), entrega a los lectores, coronado con el premio que lleva por nombre el del insigne poeta zacatecano Ramón López Velarde, 2002. La obra contiene cuatro apartados: El jardín, El extraño, La corte bendita y La cortesana, que más que capítulos son estigma y destino de un recorrido que nos lleva de la urgencia de los labios por nombrar al mundo, a la fundación de un reino perdido entre los tiempos; de las alturas del aire, el memorial del agua y de la lluvia, a la tierra fecunda y maternal, que hace de la mujer una niña, doncella entre doncellas; princesa, samaritana o gran cortesana que corona al mundo con su voz. Aquí, el yo lírico femenino es todas y ninguna, pero sobre todo es la que nombra con su enorme capacidad de transformarse en un monstruo de la palabra o de encarnar a través del trabajo del escritor y su lenguaje, a la encantadora de serpientes que da cuenta de su inspiración y oficio. En Estrella del Vale, el binomio técnica-inspiración se conjuga en una escritura personal que ha logrado cincelar su propia voz, dejando atrás la voz anónima inicial que son las primeras letras de todo poeta, así como la influencia que puede ejercer todo maestro, y si su estigma es nombrar las cosas, su destino es que esa voz vuelva a ser anónima, pero esta vez como la voz de todos, fin último y primero de los que han sido distinguidos con el don de la poesía. Estrella del Valle, voz que se consolida dentro de la nueva poesía mexicana, continúa la tradición de la poesía escrita por mujeres, ésa que dio los poemas de Concha Urquiza, Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa, Dolores Castro, como apuntara Juan Domingo Argüelles, y que tiene en México su germen en Macuilxochitzin y Sor Juana Inés de la Cruz. La maga, la domadora de imágenes, la cazadora, Salomé, son mitos y arquetipos que la autora ya nos había ofrecido en Fábula para los cuervos (Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, 2000) y en Bajo la luna de Aholiba (Tierra Adentro, 1998), sus dos libros anteriores, donde recrea mitos antiguos, nuevos y personalísimos, cargados de significados cuyos referentes van más allá de los mismos textos, y cuyos personajes son habitantes de un mismo reino, el reino fundacional de la poeta que vive a través de la escritura. Los temas quizás más importantes sean el Amor y la Naturaleza, expresada ésta en El jardín y en los cuatro elementos encarnados en la voracidad de unos versos atravesados por un erotismo existencial: Y si fuera cierto que el amor existe,/ .../ porque nadie abrió la puerta de mi alcoba/ y salió insatisfecho,/ ni nadie como yo devolvió en tus manos flores/ nuevas e hizo con el resto su muralla. Estrella del Valle sitúa su poemario en el lejano poblado celta de la diosa Dannan, perdido entre la bruma de los tiempos, que existió y nunca existió, que puede ser todos los pueblos y ninguno, cuyas ninfas acuáticas, las ondinas, representan el mito del agua. La vocación por el agua marca el enigma, entonces, de los primeros versos También de agua se vuelven mis memorias del poema El llanto de las oceánidas y los del final del poemario: porque me abro a la espera y emerjo de las aguas/ que bautizan mi nombre,/ me tejo en tus palabras a pesar de la lluvia y la tristeza/ de una cama que te abriga y te devora. Poesía también del aire, cuyo cortejo de estrellas y movimiento Ollín abrió las alas al Jardín sin rumbo ni salida, es Frida que va vestida como demonio alado, o la mujer del cuadro que sale del marco expandiendo otras alas. Vocación de viento, pero también de tierra, la madre dice que los niños son hijos que las hadas nos prestan para amarnos./ Son hadas en capullo, o con vestido verde: ella sale, inmensamente bella,/ brotando de la tierra,/ descubriendo el velo de sus plateadas alas. Y porque la pasión es para los
poetas, Estrella del Valle reivindica que el oficio del poeta, efectivamente,
es arder. Se consumen los versos amorosos y sarcásticos, siempre
sacrílegos de la mujer que espera el amor ejerciéndolo, en
franca sinestesia, porque a Estrella del Valle la analogía entre
las cosas no le está vedada, y porque seguramente a sus lectores
nos llenará de alas cuando nos cambie el nombre
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