Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 27 de septiembre de 2002
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Política
Horacio Labastida

¿El fin de la razón?

Siguiendo los pasos de su padre, el ex presidente George Bush (1989-1993), según consta en el discurso sobre política exterior que pronunció en diciembre de 1992 al proclamar la hegemonía mundial del Tío Sam y el florecimiento de los principios estadunidenses, el actual jefe de la Casa Blanca, George W. Bush, envió a su Congreso uno más de los documentos en que se afirma, al margen del derecho internacional y de los altos valores humanos, que Estados Unidos es el poder supremo indiscutible, inobjetable e incompatible con los que no acaten tal verdad absoluta, porque la supremacía, supone Bush, connota libertad entre las naciones y convivencia abierta y ajena a actividades diabólicas de quienes se atreven a pensar en sentido opuesto.

Estas ideas presidenciales aparecen en un documento titulado La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos (La Jornada, núm. 6489), con un acento ya no muy aperplejante. Como es propio de la alta burocracia washingtoniana, se adelanta que cualquier oposición o sospecha de oposición será objeto de ataques preventivos, garantizados, es obvio, por armas inimaginables de destrucción masiva y no masiva, capaces de detener las tentaciones de obtener ventajas sobre los cañones estadunidenses. Este texto y otros más que se han comentado al describir lo que el vecino del norte entiende por el Consenso de Washington, reinstala banderas que fueron izadas por viejos césares que buscaron sustituir con las espadas la solución del conflicto por normas que guardan la dignidad del hombre y excluyen la subyugación por la fuerza. No se olvide que la designación de Gengis Kan, el célebre Temutchin que fundó la confederación mongola, significa gobernador universal, cuya finalidad durante sus exitosos 10 años fue establecer un imperio parecido al imaginado hoy por el aparentamente indiscutido presidente estadunidense. En el instante en que la divinidad celeste de los hijos del cielo representada por los monarcas Sung (960-1279), fueron sustituidos por los tártaros y mongólicos Chin y Yuan (1115-1368), antes del renacimiento Ming, Dios mismo, así lo pensó Kan, cedió al empuje de la indomable caballería nororiental. Y en una atmósfera en que se respiran tan densos aires como la estrategia de seguridad de Bush, levantaron la voz intelectuales y artistas estadunidenses para invitar a sus connacionales "a resistir frente a la guerra y la represión que han sido lanzadas sobre el mundo por la administración de Bush. Es injusta, inmoral e ilegítima. Decidamos hacer causa común con los pueblos del mundo..." (La Jornada, núm. 6488), y precisamente la resistencia aludida viene generalizándose porque los pueblos cada vez en mayor número no están dispuestos a admitir el fin de la razón.

Es imposible dejar de traer a la memoria al insigne Franz Kafka (1883-1924), muerto a los 41 años de edad, praguense, doctor en derecho, asiduo asistente de empresas de seguros y soberbio autor entre otras novelas de La metamorfosis (1915), que registra cómo el joven Gregorio Samsa, en el despertar de un amanecer, se encuentra convertido en un enorme insecto repulsivo y despreciado por los demás; El proceso (1925), la obra más profunda del autor, en la que Joseph K es detenido y juzgado sin jamás saber el porqué de su encarcelamiento y sentencia de muerte, mostrándose de este modo la trágica y profunda enajenación que arrebata la libertad de pensar y sentir en un orbe enseñoreado por elites del capitalismo trasnacional, y El Castillo (1926), obra incompleta y emparentada con la anterior, según el juicio del docto editor de Kafka, Max Brod. Importa subrayar que El proceso fue redactado casi dos lustros después de concluida la Primera Guerra Mundial y apenas ocho años antes de que Hitler tomara la primera magistratura de la moribunda república alemana. Kafka da vida a la figura de K en El proceso y El castillo durante los amargos años en que los gigantescos préstamos que Europa recibió de la Casa Morgan estadunidense absorben las despensas que ofrecerían a familias vida compatible con el decoro humano. Desesperado Joseph K hasta de su conversación con el sacerdote, exige al centinela que guarda la entrada a la Justicia, que le abra paso, sin conseguirlo, porque es advertido que otros centinelas más enérgicos impediríanle definitivamente continuar adelante, simbolismo angustiado que exhibe ante K, el hombre, el fin de la razón.

Surge de inmediato la inevitable pregunta, ¿acaso la declaración del presidente Bush sobre el dominio inapelable del poder económico y militar estadunidense es el temible centinela que obtura a los pueblos la convivencia en una civilización justa? Muchos pensadores y trabajadores han probado que el centinela final puede ser derrotado. En nuestro México, por ejemplo, Belisario Domínguez acreditó que el Estado criminal no es un destino inevitable.

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