Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 12 de octubre de 2002
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Política

DESFILADERO

Jaime Avilés

ƑQuién descubrió América?

ƑPor qué no tenemos estatuas de Hui Xian, Mernoc, Hergolfsson y Erikson, que llegaron antes?

CUATRO CANDIDATOS. Para viajar a India y China en busca de oro, sedas, marfil y pimienta, las potencias europeas de la etapa final de la Edad Media, alentadas por los informes de Marco Polo -que había explorado esas naciones entre 1271 y 1295-, volvieron a usar la ruta terrestre que estableció el emperador Marco Antonio en los albores de la cristiandad. Esta iba desde los puertos de Asia Menor (hoy Turquía) en el Mediterráneo, y bajaba por el norte de la Mesopotamia (hoy Irán e Irak) hasta las tierras de Asia central.

Tras la caída del imperio romano, los europeos se olvidaron de ese largo y penoso camino, atareados por una parte en la organización de sus pequeñas ciudades-Estado, y por otra, más tarde, en contener la expansión de los árabes que habían cruzado el Mediterráneo para adueñarse de la península ibérica y pretendían avanzar hasta el Rin. Esa lucha había de durar, aproximadamente, mil años, y dio origen tanto a las Cruzadas -que en todos los casos resultaron adversas para los cristianos- como a las novelas de caballería con que había de embriagarse el Siglo de Oro español.

Hasta entonces, los europeos habían creído que el mundo era plano y estaba ocupado en su centro por un inmenso lago de agua salada al otro lado del cual vivían los pueblos de Asia y de Africa. Luciano de Samósata -nacido en Siria en 125 después de Cristo, pero que obtuvo gran celebridad en Atenas por sus textos críticos y burlones y su feroz oposición al cristianismo- da cuenta en Historias verídicas, su más famoso libro, del terror que inspiraba a sus contemporáneos el símbolo de las columnas de Hércules, edificadas en el estrecho de Gibraltar (hoy entre Andalucía y Marruecos).

Pese a que Julio César había llegado a las islas británicas desde Francia, en el año 54 antes de Cristo, los europeos del siglo II de nuestra era, como bien lo demuestra Luciano, consideraban que más allá del Peñón de Gibraltar se acababa el planeta. Y pese a las exploraciones de los irlandeses, entre los siglos VII y IX, que desembarcaron en Islandia, y de los vikingos que en 860 arribaron al mismo sitio, en 870 navegaron por el Círculo Polar Artico y en 981 se toparon con Groenlandia, los europeos del Mediterráneo no se atreverían a salir al Atlántico por el estrecho de Gibraltar sino hasta 1275.

Un compendio de las hazañas marítimas del primer milenio de la era cristiana habla ya acerca de varios "descubridores" de América. En el siglo V, un monje chino llamado Hui Xian atraviesa el Pacífico y no para, se dice, hasta que se moja los pies en las playas de Sinaloa. Por la misma época, hacia el año 454, un tal Mernoc zarpa de Irlanda, recorre las islas del norte de Escocia y deja unas oscuras e incompletas memorias en las que describe un país muy frío que, para algunos, pudo haber sido nuestro continente.

Quinientos años más tarde, en 986, un vikingo llamado Bjarni Hergolfsson parte de Groenlandia hacia el oeste y se acerca, sin tocarlas, a las costas de América del Norte. Algo habrá contado a los suyos al volver a su país porque, cuatro años después, exactamente en elgeroca02 año mil, su colega Leif Erikson pisa la enorme isla de Terranova, hoy Canadá. ƑPor qué ninguno de estos cuatro lobos de mar -recordémoslos: Hui Xian, Mernoc, Hergolfsson y Erikson- merece siquiera una mención en los libros de historia de nuestros niños?

Un año de viaje Ƒsencillo?

Si tardaron tantos miles de años en armarse de valor antes de fundar la ruta marítima del estrecho de Gibraltar, los europeos del Mediterráneo demorarían otro siglo en explorar el "más allá" de aquella boca abierta a la incertidumbre y al misterio. En 1312, los genoveses descubren las islas Canarias pero no se quedan con ellas. En 1330, los franceses intentan lo mismo pero naufragan en el viaje de retorno a su país. En cambio, el rey Alfonso IV de Portugal corona su empresa con mejor éxito.

En 1336, un veneciano llamado Lancelotto Malocelo da con la isla de Lanzarote, donde vive actualmente el maestro José Saramago. Y de 1341 a 1393, otros portugueses, que se cruzan en el mar y en el tiempo con mallorquíes, catalanes, castellanos y andaluces, viajan a ese archipiélago donde a finales del siglo XIV, para Europa, se consolidan los nuevos límites del mundo. La disputa por su posesión queda zanjada en 1402, cuando Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle lo conquistan a nombre de Enrique III de Castilla.

Resentidos por el despojo perpetrado contra ellos por sus vecinos castellanos, los portugueses redoblan sus esfuerzos y en 1415 plantan su bandera en Ceuta (costa de Marruecos), en 1418 lo hacen en la isla de Madeira y en 1427 se apoderan de las Azores. Desde esas posiciones los europeos se lanzan de lleno a investigar la costa atlántica de Africa, pero en 1454 una bula papal concede a Portugal el monopolio de la navegación hacia la India, que implicaba descender hasta lo que hoy conocemos como Sudáfrica, rodear el cabo de Buena Esperanza, subir hacia el norte pasando ante Mozambique por el canal del mismo nombre, cerrado al este por la isla de Madagascar, y salir al mar Arábigo (donde hoy el presidente George WC Bush continúa acumulando hombres, naves y pertrechos de guerra para invadir Irak y adueñarse militarmente de Asia central).

Pero en aquel tiempo -mediados del siglo XV-, el viaje a la India desde la breve costa de Portugal demoraba un año, sólo de ida y, por lo tanto, el tráfico de las preciadas mercancías de Oriente a las cortes de Europa resultaba más costoso y arriesgado que el de las caravanas de caballos y camellos hasta los puertos de Asia Menor. No deja de llamar la atención el hecho de que, si bien la corona de Portugal era dueña de aquella espantosa ruta marítima, los mejores navegantes europeos procedían de los distintos paisitos en que aún estaba dividida Italia.

En 1471 Ferndinando Poo descubre Nigeria. En 1456, Antonio Usodimare encuentra Guinea. En 1487 Battista de Imola proclama el hallazgo de Etiopía y en 1492... pero ésa es otra historia.

Ante todo, su matrimonio

Hace algunos años, en una época difusa de mi vida en que alejado del periodismo me dedicaba a cuidar niños y, sobre todo, a entretenerlos, participé en un juego de mesa que me dejó una falsa enseñanza. Alguien levantó una tarjeta y preguntó a los presentes: "ƑQuién fue John Sebastian Cabot?", y ante el silencio de los menores agregó: "El descubridor de Canadá". Hoy me declaro en condiciones de afirmar, sin temor a la duda, que ese personaje nunca existió.

En 1495, una vez que se regó por las cortes de Europa la noticia de que, navegando siempre al oeste-sudoeste, Cristóforo Colombo había localizado una isla muy importante, habitada por hombres y mujeres semidesnudos, de voz muy dulce y de una piel que, dijo, era "del color de los canarios", el navegante veneciano Giovanni Caboto, de 45 años de edad, casado con una mujer de nombre Mattea, solicitó una audiencia con el rey Enrique VII de Inglaterra y le expuso su proyecto.

Le dijo que, después de hablar con Colombo, de obtener mapas de nadie conocidos y recoger secretos y consejos de provecho aquí y allá, podía asegurar a su majestad que, partiendo desde el puerto de Bristol con la brújula orientada siempre al oeste-noroeste, encontraría tierras y posesiones más ricas y grandes que la simple isla bautizada por los reyes de Aragón y Castilla como La Española.

Fue, si observamos los tiempos reales, una ardua y prolongada negociación -o muy veloz, de acuerdo con los ritmos de la época- porque no fue sino hasta el año siguiente cuando el monarca aprobó el plan de Caboto y le entregó una "carta patente para descubrir y reclamar un Nuevo Mundo". Por aquel entonces, existía en Bristol una muy numerosa comunidad de mercaderes y marineros italianos, entre los cuales el hombre eligió a los miembros de su tripulación.

Con un barquito de sólo tres mástiles, llamado Mathew en honor de la esposa de su capitán, y con una capacidad suficiente para transportar apenas 50 barriles de vino, Caboto y sus valientes cortaron amarras en el muelle de Bristol en mayo de 1496 y navegaron, nadie sabe cuántos meses, hasta la isla de Terranova. Volvieron a Bristol el 5 de agosto de 1497 y, aseguran sus biógrafos, "el verdadero descubridor de América fue recibido como un héroe". De inmediato, agregan, montó en su caballo y se trasladó a Londres, donde Enrique VII lo felicitó, le otorgó en recompensa la décima parte del territorio hallado y le pidió que se fuera otra vez para allá sin perder tiempo.

Menos tacaño en esta ocasión, el monarca le concedió seis barcos de la armada real y dinero para contratar a todos los hombres que le fueran necesarios. Sin embargo, aquí la certidumbre histórica se esfuma. La corriente oficialista afirma que la pequeña flota se hizo a la mar en 1498, pero desapareció a medio camino. Por su parte, los investigadores más rigurosos, ante la absoluta falta de pruebas documentales deducen que esta segunda expedición no zarpó siquiera. Todos coinciden, empero, en que el pobre Caboto murió ese año.

Décadas después, Bastiano, su hijo, repetiría la proeza del padre y consolidaría la presencia británica en Terranova. Giovanni (John en inglés) y Bastiano (Sebastian) quedarían fundidos en el solo nombre de John Sebastian Cabot, pero la pregunta más inquietante es por qué Inglaterra pospuso tantos años la oportunidad histórica de desarrollar sus dominios en América. Una respuesta trágica sugiere que a Enrique VII lo sucedió su heredero, Enrique VIII, y que éste desatendió los asuntos cruciales de la geopolítica de su tiempo para alcanzar, por encima de todas las cosas, la felicidad en su matrimonio.

desfiladero@hispavista.com

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