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entrevista con Juan Bañuelos La palabra: nudo de tres vientos En días recientes, Juan Bañuelos celebró sus primeros setenta años de vida, acontecimiento que este suplemento festeja publicando un poema de este chiapaneco universal, una parte de la entrevista que José Ángel Leyva y Begoña Pulido sostuvieron con él, así como una entrañable carta firmada por Vicente Aleixandre.
-¿En qué momento iniciaste una relación amistosa y literaria con los escritores chiapanecos de tu generación, con los cuales mantendrías una larga trayectoria intelectual? A Óscar Oliva y a Eraclio Zepeda los conocí en Tuxtla Gutiérrez porque iban a menudo a la herrería de mi padre. Yo era un poco mayor que ellos pero nos hicimos amigos. Luego, ya adolescentes, salíamos juntos a ver los bailes chiapanecos y a escuchar a la gente recitar poemas en plena fiesta. Era una costumbre muy arraigada decir la poesía en voz alta. Y pienso que hasta cierto punto era muy útil, pues nos afinaba el oído. Claro, muchos se quedaban en el nivel de simples recitadores, pero otros desarrollaban capacidades poéticas con mucha musicalidad. Allí están los ejemplos de Jaime Sabines y Rosario Castellanos. El exilio español llegó a Chiapas y eso fue un aporte maravilloso. Recuerdo a un maestro, Andrés Fábregas Rojas, ex militante del Quinto Regimiento, quien era un hombre ilustrado que nos daba las materias de francés, filosofía y literatura. Era yerno del dueño de la principal librería de la ciudad, don Antonio Puig, de origen catalán, y observaba a quienes nos gustaba leer para sugerirnos determinadas lecturas, incluso él nos preparaba paquetes de libros. "Hombre, Bañuelos, mire, pensé que le gustaría leer estas obras y las he traído para que se las lleve, a ver qué le parecen." Entre los volúmenes dejaba como por descuido el Manifiesto del Partido Comunista. Luego yo le decía: "Me parece que olvidó este librito entre los demás." Y el me respondía: "Sí, hombre, cómo fue que se me traspapeló. Pero dígame, ¿lo leyó?, ¿qué le ha parecido?" Por supuesto que lo había leído, pero no había entendido francamente gran cosa. Él sonreía satisfecho de su acción. Tiempo después tome la resolución, contra la voluntad de mi familia, de venirme a vivir a la Ciudad de México. Había ganado un concurso de poemas al árbol y con ese dinero compré mi pasaje en tren. Muy poco tiempo después vinieron Óscar y Eraclio a estudiar a una escuela militarizada que estaba en el Desierto de los Leones. Allí conocieron a Jaime Augusto Shelley y a Jaime Labastida, con quienes luego conformaríamos la Espiga Amotinada. Y a los poeticistas, ¿cómo los conociste? ¿Te sentiste en algún momento parte de esa aventura intelectual? No, definitivamente no. Yo llegué a ellos por Marco Antonio Montes de Oca. Eran mayores que nosotros, pero al mismo tiempo eran muy jóvenes. Eduardo Lizalde tenía si acaso unos veintidós años de edad y ya estaba casado con Rosita Philips. Se las veía muy duras para subsistir y militar junto con Pepe Revueltas en la Liga Comunista Espartaco. Una vez instalado en la Ciudad de México descubrí a los poetas y las nuevas corrientes de la literatura. Si escribías poemas demasiado subjetivos y confidenciales eras amargado, si ocultabas tus penas eras cínico y superficial, si hablabas de Chiapas eras un localista, provinciano, igual que la Chayo Castellanos a quien se le acusaba de hablar sólo de indios, si estabas preocupado por la versificación a la manera de Efrén Hernández, eras un perfeccionista, un esteta, y si te atrevías a mencionar problemas de tipo social, o eras un poeta comunista o eras simplemente un panfletario. En esos años Pepe Revueltas fue expulsado del Partido Comunista y yo hablaba mucho con él sobre las características de dicho partido, al cual había tratado de afiliarme, y yo estuve en algún momento interesado en formar parte de sus filas, pero luego recapacité y descubrí, junto con mis compañeros, que esa organización política estaba fundada en un esquema demasiado simplista y manipulado, y concluimos que nuestro camino no iba por allí. Eraclio Zepeda sí decidió afiliarse, pero ya ven cómo terminó, como tantos otros hombres de izquierda, que al ver tocados sus intereses, dio un gran cambio hacia la derecha. Frente a las recetas que nos pretendía dictar la gente de izquierda tomé la decisión de no buscar temas, sino que los temas me buscaran a mí, explorar la poesía que estaba en circulación en el mundo. En ese momento conocí al poeta catalán Agustí Bartra, quien estaba traduciendo a los grandes poetas estadunidenses, como William Carlos Williams, Stevens, Walt Whitman. Preparaba un antología para la Universidad Nacional. Cada semana lo visitaba y me leía en voz alta sus traducciones del inglés y del francés. Pedía mi opinión acerca de cómo escuchaba los poemas en su idioma original y en castellano. Eso me llevó a inscribirme en la Alianza Francesa y estudiar francés. Rosario Castellanos me insistía en que estaba obligado a aprender las técnicas de la versificación. Al mismo tiempo estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras en Mascarones y luego en Ciudad Universitaria. Las cosas comenzaron a cambiar, vino el triunfo de la revolución cubana, hubo un gran impulso científico y técnico y los poetas comenzaron a perder mucho terreno, hasta hoy en día. Nosotros, los poetas de la Espiga Amotinada fuimos recibidos por el suplemento cultural de Novedades con el encabezado: "Cinco poetas jóvenes que no conocen el amor." Yo ahora me pregunto, ¿por qué no escribíamos poemas amorosos, por qué los artistas habíamos perdido el sentido de la realidad? A estas alturas de mi vida, y tras lo que ha pasado en México y en el mundo, creo yo lo que dice un sabio griego, que es la ausencia de la imaginación lo que transforma al hombre en un inválido de la realidad. Eso está sucediendo, más que con los artistas, con los gobernantes. Ante esa realidad el poeta es visto como un extraño ocioso, que no aporta nada práctico. Pero grandes poetas a mitad del siglo xx comenzaron a darse cuenta de esta problemática y aparecen figuras de la poesía como Odysseas Elytis y Yorgos Seferis, en Grecia, otros como Wislawa Szymborska, y muchos poetas importantes en la Unión Soviética, vuelven otra vez al mito. Incluso otros más recientes como Seamus Heaney, de Irlanda, vuelven otra vez a retomar las grandes sagas irlandesas, normandas, y de todo el norte de Europa. Elytis dijo, el estado poético es un tercer estado, un estado que no se somete a las contradicciones de la vida diaria. Esas contradicciones que hacen que la poesía no se entienda.
Pienso que los poetas del mundo latino preferimos un arte que le exige a la vida los elementos de la realidad que le son necesarios para llegar, con la ayuda de otros medios, sin imitar nada, a crear una obra de arte por sí misma. La poesía no está en las cosas como el color y el olor está en la rosa, como emanan de ella; la poesía está en el hombre. Es una necesidad y una facultad de nuestra condición humana, una forma de pensar en imágenes. La poesía es el aparato respiratorio de la imaginación. Estoy de acuerdo con Paul Celan cuando dice que la poesía es la rosa de nadie. La experiencia de los últimos años, sobre todo durante mi residencia entre los indios de Chiapas, me ha dado una certidumbre sobre la poesía: es un abismo. Parecería que en cada uno de tus pasos se ha presentado el mito como la gran posibilidad de salvación espiritual, humana. Tus versos buscan afanosamente esta perspectiva y parecería que también tu vida. ¿Cómo adviertes tu escritura en ese horizonte? Pasados los años nos dimos cuenta que el verso libre es el más difícil de hacer porque debe tener detrás una inmersión de 800 años de identificación con el castellano, una fuerte preparación intelectual y un conocimiento a fondo de las técnicas de la versificación. Ahora nos damos cuenta también que las artes y el hombre en general se han venido achicando por este abuso de la tecnología, que representa la pérdida del humanismo y el totalitarismo de la usura globalizante, de la videocracia. Las cosas sólo se acercan en vano a los poetas y a los artistas. Los grandes poetas han vuelto por ello a la mitología. No al mito como sinónimo de fábula o mentira, sino de creación. Al mundo interior, a la soledad solidaria, a la más profunda de las soledades que es la escritura. La tendencia hoy en día es no pensar, sino devorar las imágenes digeridas, masticadas, de los medios. El tiempo se vive en el dinamismo de la trivialidad, de lo sin fondo, de lo que nos hace pasar las horas, los días, los años. No hay conciencia debido a la manipulación de los medios. Los pobres se alinean a los ricos y los poderosos, a la civilización tecnológica, la verdadera literatura queda al margen de dichos intereses, pero no así la escritura que se hace para el mercado. ¿Cuántos jóvenes y no jóvenes mexicanos conocen la obra de Bonifaz Nuño o de Jorge Hernández Campos? ¿Cuántos lectores se han interesado por la trayectoria de la literatura indígena propuesta por León-Portilla y que es muy actual? Necesitamos volver a nuestras fuentes para defendernos de esta manipulación de las conciencias. La fuerza mitologizante de nuestros pueblos es muy rica y puede ayudar a democratizar nuestras vidas, nuestro país. Insisto, no hablo del pasado, sino de la presencia de una cultura capaz de imaginar un futuro, un mundo más habitable, menos rapaz. Yo he descubierto entre los pueblos indígenas de Chiapas su fuerza creativa, su vocación de poetas. ¿Por qué consideras que hay en ellos un modo de hablar poético y por qué el mito está presente en sus expresiones cotidianas?
Tu obra se mueve entre el deseo de cantar y el impulso de contar, de descifrar el tiempo del hombre, de la vida, del paisaje. ¿En qué medida es posible actualizar el mito a través de una poesía moderna? En la posibilidad de reciclar la capacidad mitologizadora de nuestros pueblos, o de nuestro pueblo. Los problemas económicos, sociales, políticos, están presentes en el mito, también su solución. En el ejemplo que ponía del mito del Sol está presente una realidad social. El cuervo, cansado de buscar el Sol, viene, descubre el maíz en la tierra y roba los granos. Entonces, la troje le reclama que por qué lo hace si ya viene la temporada de la cosecha. Al no haber siembra no hay cosecha y la troje se convierte en piedra. ¿Por qué tiene que haber ladrones? En los poemas finales de tu libro El traje que vestí mañana hay una parte muy cosmogónica, muy narrativa, y justo al lado vienen una serie de versos muy fragmentados, palabras que van rompiendo su estructura para generar imágenes poco acabadas, abiertas. Suponemos que eso atiende a una intención muy clara de tu parte, ¿es así? Por supuesto, responde a una visión del mundo actual, a la realidad fragmentada que nos toca vivir. Al aplastamiento tecnológico y científico que viene a producir también una disgregación étnica. Nos hemos quedado con un hombre sin cualidades, hecho pedazos, disperso. Pero el hombre sigue siendo el centro y el paisaje es una extensión de él. Por tanto, no puede haber una épica, pues ésta exige un orden, un proceso narrativo paso a paso, una realidad completa que no tiene espacio para extenderse. En un sentido cosmogónico y narrativo, los problemas sociales se han convertido en un remolino que impiden una épica contemporánea y apenas dan la posibilidad de una innovación estilística. Por eso nos hemos reducido al control del ritmo de la escritura, de lo que escribimos. También puede deberse a que el poeta con los años, o sea yo mismo, me he ido fragmentando. Es obvio que al hablar el castellano los indígenas tienden a alterar la sintaxis. Nos preguntamos hasta qué punto el haber pasado mucho tiempo escuchando sus lenguas y sus expresiones en castellano ha influido en tu obra, le ha dado un carácter y una sintaxis muy particular, sobre todo en la producción de los años posteriores al levantamiento indígena de Chiapas. Qué bueno que tocan ese punto. Incluso lo asocio con la pregunta constante de por qué elegí el título El traje que vestí mañana y no un verso mío para este libro. Ese es un verso de César Vallejo, pues yo viví durante estos siete años entre los indígenas de Chiapas lo que él en Perú. Vallejo no hizo más que reproducir la sintaxis castellana de los indios del Cuzco, una sintaxis que escuchó hablar desde la infancia. Hay una pequeña anécdota que ilustra lo que deseo transmitirles. Una ocasión, en la zona de conflicto de Chiapas, me di cuenta de que hacía algunos días que ya no llovía. Le pregunté a un viejo: "Oiga, don Margarito, ya se fueron las lluvias, verdad?" Él respondió muy tranquilo: "No, depende. Hace veinte días que no llueve, pero hoy vendrá un aguacero como a las seis de la tarde." Yo me reí de su optimismo, pues en el cielo no se miraba una sola nube. Pasadas las seis vino la lluvia y Margarito llegó a mi casa cubierto con unos plásticos. "Ya ve, maestro, le dije que hoy llovería." Estaba sorprendido y quise saber cómo había hecho el pronóstico del tiempo. "Aquí sabemos muy bien que hay tres vientos me contestó. Si se encuentran, pasan de lado y no se saludan, entonces ya no hubo lluvia. Pero si los vientos se topan y hacen un nudo de tres, entonces, seguro que caerá el agua con fuerza." Yo le respondí en broma: "Oiga, Margarito, pero la lluvia se retrasó una hora, no cayó a las seis como usted predijo, sino a las siete y media de la noche." El viejo, serio y sentencioso, comentó: "Eso es de cada quien. Para mí está lloviendo ayer." |