Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Martes 12 de noviembre de 2002
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Política
Marco Rascón

Lula

En estos tiempos de dramas shakespeareanos, en los que la guerra sólo puede darse porque el hijo tonto le quiere decir algo a su padre; en los que pasamos del verano al invierno sin otoño mientras el mundo se empequeñece orgánicamente y la globalización pretende ser una forma única de pensar y hacer, surgen expectativas, como la que despierta Brasil, que van en pos de otros mundos y destinos.

El triunfo de Lula ¿puede cuestionar o será una experiencia más dentro del esquema de la globalización? ¿Podrán las izquierdas políticas y sociales abrir un nuevo rumbo a los conceptos para ganarle al neoliberalismo la orientación del cambio? ¿Prevalecerán los retos revolucionarios o se impondrá el discurso de la "gobernabilidad" para justificar la postergación de decisiones estructurales?

Desde esa perspectiva, Brasil y el triunfo de Lula representan hoy no sólo una gran experiencia nacional, como fueron Chile y el triunfo de Allende en su momento. Sin embargo, los intereses centrales de la globalización han aprendido de Clausewitz que el objetivo central de la guerra no es exterminar al adversario, como hicieron hace más de 30 años en Chile, sino más bien buscan someter a las izquierdas, así como al centro y la derecha a su voluntad, es decir, al único rumbo posible: el control financiero y mercantil.

En el refinado esquema de maldad de los imperios globalizadores se considera que las izquierdas son utilizables y que un triunfo en el marco de las alternancias fortalece la globalización, pues contribuye a refrescar la credibilidad local en los estados sometidos, ya que aplican con cierto orden y moralidad los recursos filantrópicos destinados a la pobreza y harán llamados sistemáticos a las masas para aceptar el gradualismo, las condiciones globales y la democracia por la cual viejos y legitimados luchadores ahora gobiernan.

Para los pueblos en general las buenas noticias de mayor gobernabilidad son malas porque anuncian que con izquierda o derecha no pasará nada distinto.

Lo peor que puede suceder a un pueblo es que sus dirigentes históricos hagan exactamente lo mismo que los adversarios: que con base en el racionalismo y la gobernabilidad Lula hiciera lo mismo que Collor de Melo, Lagos, Toledo o Cavallo.

Hoy numerosos ejemplos dejan ver que dentro del orden global lo que no puede proponer ni hacer una fuerza política es intentar fortalecer la economía interna, la producción agrícola y el proteccionismo de los sectores productivos. Pueden, en todo caso y apoyados por una nueva ONG trasnacional, aplicar recursos para la pobreza en despensas, apoyos filantrópicos, etcétera, pero nada que tenga que ver con la capacidad de los pueblos para reconstruir sus propios medios de subsistencia y generar excedentes rentables y competitivos.

La globalización ha creado una red de paliativos basados en la caridad con el fin de apuntalar su esquema ético, pero siempre bajo la observancia de que la producción de bienes y mercancías, las reglas del mercado, sólo éste las decide.

Dicen que ningún imperio ha caído a causa de presiones externas, pero sí debido a las contradicciones en su interior. Para el mundo latinoamericano las experiencias de Venezuela y Chile, la gran importancia de Cuba, el desastre privatizador de Argentina, los descalabros de Perú y la abyección mexicana están frente a las fuerzas políticas de Brasil y de Lula que llegan al escenario continental y mundial con la posibilidad de inclinar la balanza.

Si en medio de las condiciones que impone la estructura financiera global logra abrir una brecha, aunque sea milimétrica, pero nueva y contraria al predeterminismo económico habrá decantamientos de gran trascendencia en ese país y en toda América Latina, y entonces las elecciones y las democracias diseñadas por las oligarquías y los medios de comunicación masiva no serán el paseíllo de mediocridades, sino instrumento para romper con la dinámica global que dará a los pueblos no sólo el voto individual, sino que habrán recuperado la capacidad de decidir sus formas de subsistencia, y esto es sin duda lo más subversivo contra el mundo global.

Colgadas de Lula llegan fracciones oligárquicas y cierto cinismo imperial que presupone que hará lo mismo que todos. Cumplir la expectativa requiere gran imaginación, determinación política y que Lula no sea sólo el gobernante, sino también el conductor histórico de un nuevo camino para los explotados de Brasil y del continente. Está en manos de la vanguardia brasileña demostrar que la izquierda llega al poder político para transformar y romper con las cadenas que la globalización ha impuesto al desarrollo del mundo, para dignificar la política y reivindicar la militancia con base en las ideas.

No se trata de "copiar" a Brasil, pero sí de extraer la enseñanza de lo más difícil: el reto que surge un día después de haber llegado a representar las aspiraciones de millones de latinoamericanos.

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