Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 29 de noviembre de 2002
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Política

Horacio Labastida

Nación y soberanía nacional

En la medida en que las fuerzas del trabajo y las relaciones de producción, que en la Edad Media se formalizarían en el feudalismo y sus líneas piramidales -señor, vasallos y siervos- se vieron debilitadas, lentamente purgadas y sustituidas por innovadoras fuerzas de trabajo y relaciones de producción del Renacimiento y la industrialización, que claramente emergieron en los finales del siglo xviii y prolongánse hasta nuestros días, en el marco de estos profundos cambios las acunadas clases burguesas fueron consolidando con ejemplar persistencia las naciones en que se ha dividido el mundo desarrollado y no desarrollado, a partir, sobre todo, de la Revolución Industrial inglesa y sus consecuencias en los siglos xviii y xix, escenarios de la decapitación definitiva del que fuera absolutista y avasallante Medioevo.

ƑCuáles fueron los principales factores de unidad que configuraron a las nuevas naciones? La respuesta es relativamente sencilla. Los procesos de las liberaciones burguesas que hicieron estallar con la dinamita de las mercancías y el dinero al antiguo régimen, fueron un conjunto de movimientos materiales y culturales que poco a poco cristalizarían en sentimientos y concepciones de identidad entre las colectividades que marchaban por caminos propios y a la vez diferentes hacia las rutas que seguían las entonces pujantes y laboriosas agrupaciones de comerciantes de especies con el Oriente y activos manufactureros de hilados y tejidos. Precisamente tales valores culturales, que dentro de sus peculiaridades unieron a comunidades, identificándolas entre sí, alimentarían a las naciones que pronto fueron los actores en el concierto universal; se trata nada menos de las naciones que activan en nuestros días el teatro de la historia.

Obvio es que esas constelaciones culturales, las nacionales, reflejan sus intereses en la medida en que ejercen los derechos soberanos que aseguran su existencia; y quede claro, desde luego, que soberanía es ante todo la facultad de cada nación para decidir, al margen de influencias extrañas, su destino frente a las demás, lo cual no connota aislamiento y sí entendimiento al concertarse compromisos comunes, sustanciados en la libertad que niega imposiciones unilaterales. Pero en la realidad las cosas son mucho más complicadas.

Las naciones que alojan a los grandes capitalistas orientan su política hacia la reproducción de las condiciones que garantizan el acaudalamiento metropolitano, buscando recursos y mercados extranjeros que estimulen dichas ganancias sin considerar el bien general de los pueblos, generalmente indefensos no sólo por carecer de armas capaces de vencer las intervenciones amenazantes, sino porque muy frecuentemente sus elites gubernamentales no representan los sentimientos de la nación y sí a elites asociadas a las altas burocracias políticas y empresariales del exterior, enajenando así la soberanía nacional al mandato internacional. Esta es la lógica en que se mueven los países marginales a la revolución industrial. Primero fueron simples colonias de quienes las conquistaron desde los finales del siglo xv, cuando intrépidos navegantes vencieron los obstáculos de comunicación de Europa con los otros continentes. Después, al descolonizarse y convertirse en naciones independientes variarían las formas de la conquista: el capitalismo comercial e industrial, y hoy en día el financiero, se expanden sin ningún escrúpulo mediante inversiones que explotan las riquezas naturales y humanas de las naciones no desarrolladas. La Argentina de nuestros días, entregada singularmente por Menem a las arcas de los barones imperiales, es ejemplo revelante y trágico de la opresión de los pueblos latinoamericanos por los opulentos círculos estadunidenses.

ƑQué hacer ante tan agobiantes situaciones? Aquí salta de inmediato algo que debe acentuarse. La cultura en las naciones no desarrolladas tiene una función muy distinta a la que cumple en las naciones desarrolladas. Entre nosotros la nación y su soberanía son los únicos componentes que nutren nuestro ser nacional y la necesidad de conservarlo y acrecentarlo frente a la expoliación de las clases económicas y políticas dominantes. Sin la nación y su soberanía nos veríamos convertidos en los escarabajos imaginados por Kafka en su Metamorfosis, al describir los gravísimos efectos, para el hombre, de los núcleos hegemónicos y totalitarios que propician la subyugación.

Exaltemos los valores de nuestra cultura, o sea, de la nación; unámonos en torno de la soberanía y luchemos juntos, los oprimidos, por eliminar del planeta las causas de la opresión.

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