La Jornada Semanal,   domingo 1 de diciembre del 2002        núm. 404
Nicolás Hernández Guillén
 

El escribidor de cartas

Rosa Portillo siempre lamentó que Nicolás Guillén tuviese una indeclinable vocación de viajero. Las numerosas cartas de mi abuelo, sus regalos, sus promesas de amor, no fueron consuelo suficiente para tanta despedida, tanta soledad y tanto rumor que le acechaba en cuanto el barco o el avión en que él partía se hacía el azul, en el azul del cielo o cielo en el confín del mar.

Aunque nada la consoló, ella se ocupó de guardar con cuidado en un gran libro azul todas las cartas que él le escribiera, más de quinientas. Seguramente a ella debemos lo que sería en el tiempo la tradición familiar de conservar las cartas de mi abuelo.

Hay muchas cartas de amor en la correspondencia que mi abuela conservó. Esas primeras páginas del gran libro azul están recorridas por la misma espiritualidad que anima en el poemario Cerebro y corazón, que la crítica ha emparentado con Rubén Darío y con Bécquer. Espíritu incrédulo, mi abuela decía que eran literatura, dando pie a las protestas y el enojo de Papá Nicolás.

Claro que eran literatura, pero también eran verdad. A su manera la quiso mucho. Treinta años después de iniciada la relación sus cartas seguían siendo tiernas, apasionadas, dulcemente enamoradas, casi indefensas, casi.

Cuando leí por primera vez la correspondencia familiar de mi abuelo, me sorprendió la minuciosidad en las descripciones de la gente, los lugares, sus actividades literarias, los gastos, los ingresos, la ropa, las comidas, etcétera.

Informaba a mi abuela hasta el último detalle, como si pretendiera que ella pudiese ver todo lo que él veía, lo que escuchaba, lo que sentía.

Otro aspecto que me llamó la atención es la cuidadosa elaboración de casi todas las cartas. Aún cuando muchas fueron escritas con premura, aprovechando el tiempo antes de un acto, la espera de un avión u otra ocasión similar. Digo cuidadosa elaboración porque son escasísimos los borrones o tachaduras en sus cartas y en general se aprecia que prestaba especial atención a la composición de sus planas, pero sobre todo porque es visible el cuidado en la elaboración del texto: desde un principio va creando la atmósfera apropiada, proporcionando la información necesaria, preparando la escena para lograr el clímax deseado, ya se trate de un chiste o la declaración de un sentimiento. Al leerlas uno tiene la impresión de que es conducido por un espacio y un tiempo en el que inevitablemente tendrá lugar todo lo que él pretendía que ocurriese.

Y por supuesto hay también algunos poemas entre las cartas de mi abuelo. Quizá el más significativo sea "Rosa tú, melancólica", escrito en Caracas en la madrugada del 18 de febrero de 1946 y enviado de inmediato a mi abuela, como remedio contra la desconfianza que la embargaba ante la interminable dilación de las gestiones para viajar a encontrarse con él.

En los primeros días de 1947 estaba Nicolás Guillén en Chile, preparándose para viajar a Buenos Aires y enfrascado en los preparativos para la publicación de su libro. Entonces ocurrió en La Habana un acontecimiento que trastornaría totalmente la geografía de sus afectos. El 12 de enero de ese año nació Orlando Nicolás, su primer nieto.

Si tuviera que caracterizar en un solo rasgo el componente afectivo de la personalidad y las convicciones, incluso políticas, de Nicolás Guillén, diría que ese rasgo es el inmenso amor que sintió por los niños. Todos los niños, no ya los de su propia familia, los hijos de sus hermanos, de sus amigos, todos los niños, los que encontraba en la calle también, hallaron en él una simpatía y una ternura que no le dedicó a nada más.

Papá no supo de Orlandito hasta un mes después y ese mismo día, el 11 de febrero, en carta a mi abuela advertiría: 

Por supuesto desde ahora te adelanto que me pertenece totalmente y que todo el tiempo andará conmigo.
A su regreso, tal como había dicho, quiso tenerlo totalmente. Mis padres se habían radicado en Minas, pequeño poblado al norte de la ciudad de Camagüey donde mi padre ejercía en la plaza de médico municipal. Papá no soportaba la separación; visitaba Minas cada vez que podía, exigía que le trajeran a Orlandito a La Habana con frecuencia, alertaba sobre los innumerables riesgos que acechaban la salud del niño en tan inhóspito lugar, y al fin, aliado con un asma de temprano debut, consiguió que mi hermano pasara largas temporadas en La Habana con él. 

Dedicaba largas horas a jugar con Orlandito. Los vecinos aún lo recuerdan en las tardes haciendo burbujas de jabón en el balcón, aunque dudan cuál de los dos lo disfrutaba más. El balcón era también el emplazamiento propicio para la construcción y el lanzamiento de aviones de papel o de "picúas" que luego inundaban la calle, la azotea vecina y muchas veces la sala del apartamento de enfrente. A uno de los dos le gustaba mucho el juego de bolas porque Papá compró una gran cantidad de ellas, que invariablemente cubrían el suelo de toda la casa al concluir el juego, con el consiguiente disgusto de mi abuela que temía, y con razón, que ocasionaran algún grave accidente a las personas mayores que allí vivían.

Cuando el tiempo era propicio salían a pasear al Malecón; era el lugar apropiado para empinar papalotes o chiringas, de acuerdo a los recursos disponibles; y si no era temporada se podía alquilar autos de pedal a los que por lo visto mi hermano era muy aficionado.

Nada le parecía suficiente a Papá cuando se trataba de Orlandito. Tuvo que extrañarlo enormemente, durante su largo exilio.

Cuando él partió yo casi no lo conocía. Estaba próximo a cumplir dos años. Mi abuelo fue sus cartas y sus fotos.

Era nuestro único abuelo. Por suerte cuando empecé a tener conciencia de su ausencia, triunfó la Revolución y él pudo regresar. A su regreso cesaron las cartas. Quizá en aquel momento debimos haberle pedido que siguiera escribiéndonos. No se nos ocurrió. Seguramente pensábamos entonces que tendríamos ya para siempre la ternura, la enorme capacidad de asombro y de alegría de Nicolás Guillén. Teníamos razón.