Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 29 de diciembre de 2002
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Contra
MAR DE HISTORIAS

Mi reino por un amor

CRISTINA PACHECO

El esfuerzo de la carrera le provoca a Remigio un leve mareo, pero no disminuye el ritmo. De hacerlo perderá la pista de Santiago y la ocasión de hablarle dos minutos. Serán más que suficientes para rogarle que le dé oportunidad de trabajar una semana completa. Esta vez no volverá a la andadas.

Una caravana de automóviles y microbuses obliga a Remigio a detenerse en la avenida. Desde allí ve alejarse a Santiago. La angustia le corta la respiración. Abre la boca y jala aire mientras una mujer esquelética con un niño cargado en la espalda le tiende la mano. Remigio la mira con odio. La considera un obstáculo más para lograr su objetivo: que Santiago lo escuche.

II

-Ya no chingues: te oigo. Nomás que apúrale porque no tengo tu tiempo. ¿Qué quieres decirme?

Remigio no sabe si empezar por la explicación o por la súplica. Antes de que logre decidirse oye de nuevo la voz áspera de Santiago:

-Si viniste a pedirme dinero, !ni madres!

Remigio sonríe, como si quisiera disculparse por merecer tanta desconfianza. Santiago vuelve a caminar, pero más despacio, dándose tiempo para responder a los saludos y felicitaciones de los comerciantes. Cuando al fin llega a la vecindad donde tiene bodegas y oficina, tropieza con dos diableros: ''A ver si se apuran, !cabrones!'' Los hombres pasan de largo sin ofenderse. Conocen a Santiago y saben que su lenguaje violento es parte de su personalidad: otro lunar, otro mechón de pelo blanco, otra cadena de oro falso colgándole del pecho.

Remigio lo sigue hasta la puerta de la oficina. La preside un rinconero con un gran Nacimiento. Por todas partes hay rollos de tela, retazos, coronas de papelillo, pelucas y barbas. En el ángulo interior, apoyado contra la pared, se ve un camello de cartón.

-¿Entras o te largas?

Remigio avanza. Los olores a tela y a pegamento le devuelven la ilusión de que aún es parte de ese mundo, que en el perchero está colado su disfraz y en la panza del camello hay un papelito con su nombre completo y su posición en el organigrama de trabajo: Remigio Espíndola Machorro. Segundo turno, Alameda Oriente.

La voz de Santiago lo devuelve a la realidad:

-¿Me seguiste toda la mañana para quedarte allí como pendejo?

-Ya párale, ¿no? Si no quieres oírme, dímelo y ahí la dejamos.

Santiago se asoma a la ventana y le grita a una puestera:

-Tayde, chaparra: que me suban dos pollas, pero con doble jerez.

Se vuelve hacia Remigio y le pregunta con tono fraternal:

-Entonces, ¿qué onda?

-Necesito que me des chance. Por Dios que esta vez no te voy a fallar. Hablo en serio. Si quieres te firmo un papel comprometiéndome a pagarte las pérdidas por abandono de plaza o deterioro del equipo.

-Los dos sabemos que no tienes en qué caerte muerto. Así que ahórrate lo del papelito porque sólo serviría para limpiarnos... los bigotes.

-Por favor: tenme confianza.

-¿Después de lo que me hiciste?

-Tampoco fue para tanto.

-¿Se te hizo poco? En plena temporada, es más, el mejor día, de buenas a primeras te largaste con el disfraz y con el camello sin importarte que hubiera una bola de chamacos esperando a tomarse la foto contigo. ¿Sabes cuánto me hiciste perder?

-No, pero me lo imagino. Reconozco que fui un estúpido, un irresponsable, pero estoy seguro de que otro en mi lugar, hasta tú, hubieran hecho lo mismo.

Advierte la inquietud de Santiago: ''No me hagas caso. Exageré''.

Para ocultar su turbación Remigio se encamina hacia el sitio donde está el camello. Le pasa la mano por la joroba áspera y resquebrajada y sonríe cuando escucha otra vez a Santiago:

-No es el que usaste el año pasado. Ese quedó todavía más jodido. Cuando los del estacionamiento vinieron a entregármelo, no lo reconocí. ¿Lo arrastraste o qué?

-No me acuerdo. En aquel momento sólo pensaba en alejarme para que Minerva no me reconociera. -Le sonríe a Santiago.

-Imagínate, un prángana como yo vestido de rey. Lo bueno es que me tocó hacerla de Baltazar, porque si no aquélla me hubiera reconocido.

-¿Minerva? -Santiago baja la voz- ¿Era tu chava?

-Ibamos a casarnos, pero un día me salió con que mejor nos esperáramos tantito, hasta que yo consiguiera un buen trabajo.

-Entonces ¿en qué la rolabas?

-En lo que se podía: talachero, vendedor en el tianguis, albañil, chofer. -Acaricia con ternura la joroba del camello- Lo que más me gustó fue manejar camión de carga, aunque me llevara unas chingas de aquellas. En serio, me fascina el volante.

-O sea que la cosa iba bien.

-Eso creía. Comprendí que estaba equivocado la tarde en que Minerva me pidió que en vez de irnos al hotel lleváramos a un sobrinita Jade a una kermés de su escuela. Al principio me cayó de madres, pero luego me puse romántico. Le hablé a Minerva de cuando tuviéramos nuestros hijos y le comenté que tal vez alguno heredaría mi gusto por el volante. -Remigio mira el techo-. Mi morra se puso lívida y aprovechó para decirme que sus planes ya eran otros. Entonces le pedí sincerarse de una vez por todas.

-Tú solito te echaste la soga al cuello.

-Sí, pero no había de otra: Minerva me confesó que estaba saliendo con un licenciado de la delegación donde ella era secretaria. -Remigio se frota la cara- ¿Sabes lo que hice?

-Mandarla a tiznar a su madre.

-!Ojalá! -Remigio apenas logra contener el llanto- Me hinqué suplicándole que no me dejara. Me dijo que era un ridículo. Todo el mundo nos veía y Minerva se salió de la kermés con su sobrina. Desesperado le grité que se quedara con su licenciadito de mierda, que no me importaba porque al fin pensaba irme a Estados Unidos.

-¿Y en serio querías irte?

-No, nunca lo había imaginado, pero allí me nació el gusanito de largarme. Mi esperanza era volver con dólares para humillar a Minerva y a su pinche cagatintas.

-Ah, entonces sí te fuiste.

-Hasta Tijuana, nada más. Allá pasé ocho meses de los que no quiero ni acordarme. Con decirte que mi jefa tuvo que mandarme dinero para el boleto de regreso. Enseguida busqué trabajo, pero no encontré nada. El año pasado, cuando vi en la ventana de la bodega el letrero de que se solicitaban eventuales, sentí como si llegara al cielo. Remigio mira con simpatía a Santiago:

-Me gustó más la cosa cuando dijiste que iba a trabajar en la Alameda Oriente y que me tocaba el papel de Baltazar. Pensé: qué mejor, bien lejos y con la cara tan tiznada que no me reconocerá ni mi padre.

-Si todo te convenía ¿por qué tiraste el arpa?

-Porque tengo una pinche suerte... -Remigio hunde las manos en sus bolsillos y mira el piso de mosaicos desiguales- Era 4 de enero. La Alameda Oriente estaba a reventar. Como a las siete de la noche vi lo que menos esperaba: a Minerva con su sobrina y su licenciadito. La Jade se fue directo a donde yo estaba y me preguntó si mi camello era de verdad. Le sonreí. La escuincla siguió preguntándome cosas y yo callado. Entonces Minerva le dijo: ''Este rey mago es un chocante. Déjalo. Hay otros Santos Reyes menos nacos''. El licenciado la agarró del talle y se alejaron riendo. Me dio tanta rabia que temí cometer una barbaridad y por eso me fui corriendo con el camello y todo.

-Como quien dice: dejaste tu reino por un amor.

-No te burles, güey: si reyes de verdad lo han hecho ¿por qué no iba a hacerlo yo?

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