Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 6 de enero de 2003
  Primera y Contraportada
  Editorial
  Opinión
  Correo Ilustrado
  Política
  Economía
  Cultura
  Espectáculos
  CineGuía
  Estados
  Capital
  Mundo
  Sociedad y Justicia
  Deportes
  Lunes en la Ciencia
  Suplementos
  Perfiles
  Fotografía
  Cartones
  Fotos del Día
  Librería   
  La Jornada de Oriente
  La Jornada Morelos
  Correo Electrónico
  Búsquedas 
  >

Deportes

José Cueli

Pachanga pueblerina

Domingo a domingo los "cabales" perdemos la esperanza de ver salir toros con casta en la resbaladilla calenturienta del redondel de la Plaza México. Perdida la casta en los toros, el toreo se vuelve un ballet en el que sólo destacan los toreros con bella figura, gracia y adornos de sal marinera, manos con huesos voladores que encienden la libido; el escafoides, el semilunar, el trapecio, el trapezoide, el piramidal, el pisiforme, el hueso grande y el hueso ganchudo que permitan el juego de la muñeca para enganchar los torillos, mariposear el vuelo de la tela dando la salida y enganchar al burel y dejarlo listo al ligue de la faena con fuego en la piel.

Nuevamente toros bien presentados de Barralva, serios, menos mensos que los del resto de la temporada, pero a final de cuentas tolerando un solo puyazo, si bien con fuerza, en accidentada corrida en que terminaron en la enfermería, un picador, un monosabio y al final el desmadre con un juez incapaz de llevar el festejo. Un festejo que fue para variar la feria del derechazo, los pinchazos, y los avisos.

Descastados los toros queda sólo un ballet promotor de la locura litúrgica torera, hondo pozo de sensualidad en tiempos y espacios religiosos del redondel transformado en bello paisaje. Magia y misterio de este ballet que trajo al toreo Enrique Ponce. Danza torera indescifrable enredada en los pliegues de capote y muleta con regusto en la rítmica reunión de toro y torero. Circunvalación inexplicada de la metamorfosis de lo vulgar de la lidia en estética.

Atrás quedaron los toros de encastada nobleza y los toreros flota brava, caña azucarada, pisar palpitante y cadereo en busca de la muerte en silencios zigza-gueantes de rojo voluptuoso de incierto torear. Después del ballet torero de Ponce a toros inválidos, y destartalados los toreros sin una pizca de salero nada tienen qué hacer en el toreo. Es el caso de Manolo Mejía que, buen torero, (ratone-rías aparte) la naturaleza no le brindó la chispa torera y menos la gracia, y Antón Cortés, diestro español que se presentaba, burda imitación de Ponce sin su chispa ni su maestría. Luego los toritos de regalo, el desmadre del juez, y la pachanga. Cuatro horas de toros. šMe doy!

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
Día Mes Año