RECORDANDO A MANUEL PUIG Y ALGUNOS MITOS Metido en la difícil tarea de poner en orden mi biblioteca (tanto la que siempre se quedó en México como la viajera, hecha de adquisiciones y de obsequios recibidos en los países a los que me llevó la carrera diplomática o la cátedra o el teatro o el puro placer de viajar), ante varias dolorosas desapariciones, recordé a Chesterton, a quien le gustaba visitar las casas de sus amigos, entre otras cosas, para acordarse de su biblioteca. Un libro, como un cuadro, una canción, un aroma o un sabor, puede regresarnos a algún momento de la vida y acercarnos de nuevo a ciertas personas, paisajes y árboles queridos. Puse sobre la mesa varios libros y me detuve en una primera edición de Cae la noche tropical de mi inolvidable Manuel Puig. Leo la dedicatoria: Para Hugo y Lucinda que todas las tardes me visitan en General Villegas y que se me van con Melina, dejando vacía Aperana. Río de Janeiro, primavera del 88. En General Villegas, pueblo de la Pampa, vio Manuel, al lado de Male, su inteligentísima madre, sus primeras películas. Estudió en la mítica Escuela de Cine de Roma y ahí le tocaron los últimos años del neorrealismo, ese prodigioso movimiento cinematográfico, que fue capaz de reconstruir el rostro de un país devastado por la crueldad y la superchería del fascismo y por la guerra y su cauda de muertes, hambres y vergüenzas. Lucinda y yo nos íbamos a Atenas y Manuel nos había pedido saludar a Melina Merkouri y darle sus admiraciones. Una noche, en la casa de Male en Rua Aperana, vimos a la sublime griega en Nunca en domingo y gozamos la alegre y decidida revolución organizada por las maravillosas putas de El Pireo. Nos gustaba mucho cuando reía en Medea al ver vivos a los niños asesinados agradeciendo los aplausos en el escenario del Herodes Ático, y menos cuando, ya aleccionada por el erudito gringo (interpretado por su Dassin), sufría en todas las tragedias, abandonaba su profesión, la más vieja del mundo, y caía en los brazos de un frenesí culturizador (las ineptitudes de la inepta cultura, decía con sorna wildeana López Velarde). Manuel fue autor de una de la obras maestras de la literatura en castellano: El beso de la mujer araña, y en todo su trabajo supo mezclar ironía con caridad (de la auténtica, de la que es una altísima forma del amor), cultura popular y comercial con significativos aspectos de la mitología cinematográfica. Se trata de una obra que aún no ha sido estudiada a fondo y que ha sido elogiada con entusiasmo, pero con cierta superficialidad. Manuel es el maestro del género y algunos de sus alumnos se han destacado y han conseguido encontrar sus propias voces y caminos. Pienso en una noche memorable en el Cinito de Leblón (una salita del apartamento de Male con dos monitores de televisión, uno para el sistema europeo y otro para el americano). Lucinda y Manuel bebieron su benedictine y Male acompañó al bazarista dispéptico con un vaso de refresco de maracuyá. Terminadas las charlas sobre novedades frívolas y otros temas menos trascendentales, se inició la sesión en las dos pantallas: Un baile de La Jana; Zarah Leander, la excelente cantora sueca, favorita del cine musical de la Alemania nazi, que huyó del horror y fue a refugiarse en su país natal, cantó una habanera despreocupada e intensa, mientras caían sobre Berlín las primeras bombas aliadas (Goebbels insistió en que se siguiera haciendo cine musical para fortalecer el ánimo de la población y proporcionarle salidas para evadir los riesgos del desasosiego, del derrumbe de la moral social y de la caída en el pánico sin freno). Lucinda y Male se dedicaron al suspiro y a la lágrima viendo a Boyer y a Dunne en la película de Leo Mc Carey (él mismo hizo el remake con Grant y Kerr. Unos meses más tarde escribí un poema para Male y Manuel. Lo titulé La sabiduría de Madame Ouspenskaia. Male lo vivió como premonitorio, pues su sensibilidad le permitía percibir vibraciones, auras, mensajes ocultos y características profundas de las personas). Manuel y yo nos hundimos en la visión de una película desasosegada, hecha con pericia notable y con una ternura enriquecedora del discurso político. Estoy hablando de La larga noche del 43 de Florestano Vancini. Junto con Enrico Maria Salerno, vimos desde la ventana la masacre de los ciudadanos objetores de un eslogan publicitario que sería de risa loca sino hubiera resultado trágico: El Duce siempre tiene la razón. Dedicamos esa semana al cine italiano basado en algunas novelas de grandes escritores peninsulares: Cronaca dei poveri amanti, de Lizzani, inspirada en la novela de Pratolini; De Sica dirigió Il Giardino dei Finzi Contini, de Giorgio Bassani, y Visconti logró una obra maestra con su adaptación de Il Gattopardo de Lampedusa. Más tarde homenajeamos a algunas de las actrices y los actores del teatro y del cine de Italia: Salvo Randone, Gino Cervi, Emma Grammática, Amedeo Nazzari (embigotado galán duro) y Silvana, Paolo, Vittorio, Albertone, Sofía, Marcello, Nino, Totó (noble napolitano de gran inteligencia actoral), Edoardo, Titina, Giuletta, Anna, Massimo, Claudia, Stefania (su opulenta belleza observada por Dominique Sanda dio a la película de Bertolucci sobre la novela fundamental de Moravia, Il conformista, uno de los momentos de mayor tensión espiritual), Rina (aterrada en el lecho conyugal al lado del inmejorable príncipe Salina recreado por el enorme cirquero Burt Lancaster) y más y más... Los escritores como Vittorini, Pavese, Grazia Deledda (injustamente olvidada); directores como Rossellini, Comencini, Monicelli, Rossi y Scola, así como el maestro del guión cinematográfico, Cesare Zavattini, nos dieron momentos de admiración sin reticencias por Italia y lo italiano. Las sesiones terminaban con el canto de Bandiera rossa y nos íbamos rumbo a la Plaza Antero de Quental tarareando Bella ciao. Ahí el recuerdo de Vinicius y la presencia de Carlinhos Lira cantando su bossa nova en una boite cuarentona, nos regresaban al mundo brasileiro representado por João de Nada y María Ninguen, emocionados a las puertas de un nuevo carnaval. Por esos años, Alma Guillermoprieto se inscribió en una escuela de samba (Salgueiro o Mangueira) para hacer la crónica fiel e inteligente de los meses y meses de preparación que se queman alegremente en los tres días del carnaval y en el desfile por la pista del Sambodromo construido por Niemeyer para homenajear a su pueblo de bailadores de samba de enredo y de batucadores de inacabable imaginación. Sabíamos que al día siguiente
se abriría el Cinito de Leblón y brillaría de nuevo
la hospitalidad bellisíma de Manuel y Male. Ella y Lucinda verían
El
puente de Waterloo con Vivien Leigh, Robert Taylor y Madame Ouspenskaia,
y en la otra salita se proyectarían las angustias del conde Ciano
en El proceso de Verona y Silvana compondría una Edda exacta
en su total desasosiego. Este año enviaremos la carta de recuerdo
de Manuel a Male que, para nuestra fortuna, nos la contestará desde
su Buenos Aires. De alguna extraña manera, el cinito de Leblón
nos sigue llamando a las nueve de la noche. La del 43 empezará
puntualmente y los comentarios de Manuel la harán perfecta.
HUGO
GUTIÉRREZ
VEGA
jsemanal@jornada.com.mx |