JAVIER SICILIA DEL HOMBRE ETERNO La grandeza de un novelista no radica tanto en su capacidad narrativa como en la búsqueda, a través de esa narratividad, de una imagen del mundo. Si algo distingue la obra novelística de Francisco Rebolledo, uno de los narradores más poderosos que tenemos, es esa virtud. Desde su primera novela, Rasero (Joaquín Mortiz, 1993), ubicada en ese gran parteaguas del mundo moderno: la Ilustración y la Revolución francesa, Rebolledo se plantó frente a la pregunta fundamental que para mí es la clave de su obra: si los sueños de la razón como lo vio la clarividencia de Goya y lo veía Rasero, que tenía el don de mirar las consecuencias del racionalismo en el mundo del siglo XX engendran monstruos, ¿qué nos redime de la monstruosidad? La respuesta de Rasero es contundente: el amor, una breve irrupción de lo eterno en los terribles e inexorables procesos de la historia. Detrás de ese instante, lo único que queda es el horror de las monstruosidades que la razón engendra. Después de concluida, Rebolledo dio una vuelta de tuerca con La ministra (Joaquín Mortiz, 1999): brincó del siglo XVIII francés al siglo XX mexicano. Ahí encontró un universo cerrado: muerto el amor, desalojado para siempre de la historia por los poderes de un racionalismo llevado hasta la demencia, lo único que quedaba era el horrible universo del crimen y del hastío. Lo que a Rasero se le había concedido ver a través de imágenes fascinantes y terribles, en la realidad del siglo XX se convertía en el horror del vacío existencial. Confieso que después de leer La ministra creí que Rebolledo había desembocado en un callejón sin salida: llegado al mundo de lo inhumano, a la monstruosa descripción del último sueño de la razón, ¿qué más podía narrar?
En un mundo aún habitado por Dios, el amor no es, como en Rasero, un breve momento que la belleza de la música de Mozart arranca a los monstruos de la razón, mucho menos esa nostalgia que en La ministra el lector experimenta por contraste ante el vacío, sino una presencia constante, punzante, que no sólo aparece encarnada en la conversión de Ignacio de Bazúa (amo de Mateo de Guadalupe, que al llegar a Santo Domingo funda una hacienda, La Esperanza nombre cargado de una de las virtudes teologales que en más de un sentido recuerda las Reducciones fundadas por los jesuitas en Paraguay y Brasil); ni en la deliciosa Belén, el amor de Mateo de Guadalupe, su mujer, con quien procrea dos vástagos mundos del amor que serán destruidos por las oscuras pasiones de Álvaro de Saavedra, sino también en una presencia espiritual que va acompañando y excavando a Mateo de Guadalupe bajo el horror de su venganza. En este sentido es fascinante ver cómo el agnóstico Francisco Rebolledo, ese hombre que dice no creer en Dios y que en las conversaciones habla más de Él que un creyente, pone en boca de Ignacio de Bazúa un discurso de impecable teología que emerge en el contexto de la obra como la descripción del lugar que nos redime y redime a Mateo de Guadalupe. Con ello, Rebolledo no se propuso demostrar que Dios existe. Su agnosticismo se lo hubiera impedido. Quiso mostrar que sin Él, el mundo del amor está muerto y nos conduce a los horrores del sueño de la razón. Tal vez la narrativa de Rebolledo podría resumirse en esta magnífica frase de Victor Hugo: "La historia y la leyenda tienen el mismo objetivo: descubrir bajo el hombre transitorio al hombre eterno." Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos y evitar que Costco se construya en el Casino de la Selva. |