268 ° DOMINGO 9 DE FEBRERO DE 2003
Matrimonios sin fronteras
Hasta que la 
green card nos separe

ENRIQUE MARTINEZ CURIE

Sea por amor o por necesidad, los matrimonios trasnacionales son cada vez más frecuentes. En Ameca, Jalisco, cuenta el autor, hace tiempo que las famosas vueltas en la plaza ya no son el principal ritual para conocer el amor.
Desde los noventa, hombres y mujeres ya no regresan del otro lado invariablemente solos y casaderos. Muchos vuelven con esposos o esposas, de origen estadunidense, mexicano–americano, salvadoreño, peruano, europeo o incluso coreano.
El mundo se les vino encima. Los pueblos jaliscienses gracias a –o por culpa de– la migración se han conectado con el planeta de manera definitiva

Ilustración de Rosario Mateo C.HASTA HACE ALGUNOS AÑOS se sabía que los mexicanos en Estados Unidos despreciaban naturalizarse y no les pasaba por la cabeza la eventualidad de casarse con un extranjero o extranjera. Hoy las cosas han cambiado y estos bastiones del nacionalismo mexicano están haciendo agua.

En un decenio, las percepciones del mexicano sobre el cambio de nacionalidad y el matrimonio con extranjeros han cambiado de modo radical. Hasta mediados de los ochenta, un migrante no podía decir abiertamente que quería cambiar de nacionalidad porque era considerado poco menos que un traidor a la patria. Y si en particular se trataba de contraer matrimonio con una gringa como parte de su proyecto de vida, era igual que traicionar a la madre.

Dar vueltas en la plaza

Esta manera de ver las cosas se comprobaba en los hechos: los mexicanos registraban los niveles más bajos de naturalización en Estados Unidos y una alarmantemente baja integración en la sociedad receptora; a pesar de su extraordinaria adaptación al mercado de trabajo.

La única meta del migrante era ganar dólares, por lo que no se ponía en duda la vuelta a la patria, el regreso al terruño, vivir en el pueblo y casarse con la novia de ahora o de siempre.

En los pueblos de migrantes, las fiestas patronales eran el momento esperado por todas las casaderas que ansiaban el retorno de los norteños. Las fiestas, vueltas en la plaza, reuniones familiares y hasta las misas eran momento de rencuentro, saludos, cruce de miradas y el obligado pestañazo. Luego venían las premuras por regresar al norte y se apuraban los compromisos, se forzaban promesas, se concertaban noviazgos y se aceleraban casorios.

Ya entrados en los noventa, las cosas parecen ser distintas. Las muchachas ya no se quedan a esperar al novio, van a buscarlo al norte, así como a las ciudades fronterizas. Las y los jóvenes ya no regresan del otro lado invariablemente solos y casaderos. Muchos vuelven con sus flamantes esposos o esposas, de origen estadunidense, mexicano–americano, salvadoreño, peruano o europeo. El mundo entero se nos vino encima. Los pueblos de Jalisco gracias a –o por culpa de– la migración se han conectado con el mundo de la manera más intensa y definitiva.

Los demógrafos consideran que el signo más evidente de ruptura en la cohesión cultural de un pueblo se da cuando empiezan a establecerse matrimonios mixtos. La exogamia pone en entredicho las barreras de raza, clase, etnia y religión. Cuando en el interior de la familia y la comunidad se comparten idiomas, culturas y tradiciones diferentes, se pasa del ámbito tradicional básicamente endogámico, al mundo moderno donde imperan la exogamia, la transculturalización y la secularización.

Y cuando esto se da en el ámbito pueblerino se puede decir con certeza que ha llegado el momento de la globalización.


 
 

En el proceso de mundialización, son las mujeres de Ameca las que han roto las barreras. Mientras los varones prefieren casarse con gringas y latinas, las mujeres eligen a hombres de rumbos más exóticos y alejados.
 

Aldea global

El caso de Ameca, Jalisco, es un buen ejemplo de “aldea global”. Como muchos otros pueblos, éste goza y padece de una añeja e intensa tradición migratoria. Su gente ha ido a trabajar al norte desde hace decenios y se ha asentado en ciudades y pueblos de California, Illinois y Nevada. Se trataba de una migración temporal, de ida y vuelta.

El ingenio azucarero, principal fuente de trabajo local, ayudó no poco a este proceso. Los ritmos de trabajo de la zafra se alternaban con los tiempos de trabajo migratorio. De manera que los amequenses se casaban entre ellos, con gente de los ranchos vecinos y a lo más con habitantes de la ciudad de Guadalajara. Una de las primeras en romper la norma fue Guadalupe Nava, quien se casó, en 1965, con Warren Blacker, a quien conoció en la ciudad de México. El era un veterano de guerra estadunidense, uno de tantos que han optado por asentarse en nuestras tierras y por casarse, formar familia y quedarse a vivir en México.

Con el tiempo, los matrimonios mixtos se hicieron más comunes, en especial entre los trabajadores migrantes que tenían mayores oportunidades de tratar con extranjeros. Sin embargo, entre 1985 y 1998, el ritmo de matrimonios mixtos se incrementó de manera notable, lo que hace suponer que se trata de un cambio radical en los patrones matrimoniales.

Esta dinámica pudo descubrirse a partir de un estudio realizado en la población de Ameca, con fuentes directas y el análisis de archivos civiles y eclesiásticos. En total, se registraron 179 casos de matrimonios mixtos y también –las menos– de uniones consensuales entre amequenses y extranjeros.

En su mayoría se trata de emigrantes que se casaron cuando eran indocumentados (62%), con el fin obvio de arreglar su situación legal. Sin embargo, estos matrimonios suelen ser estables y el índice de divorcios sólo asciende a 15%. Apenas tres puntos por encima de la tasa de divorcios estimada para el municipio de Ameca en los noventa.

Como quiera, los amequenses, hombres y mujeres, han descubierto el modo de encontrar pareja fuera de la comunidad. La inmensa mayoría de los consortes son estadunidenses o residentes en Estados Unidos que viven en los mismos lugares a donde suelen ir los migrantes amequenses.

El caso de Mario Contreras ilustra a la perfección cómo el matrimonio es utilizado como estrategia matrimonial para lograr la tarjeta verde, hoy láser. Mario, un joven de sólo 16 años, emigró a Estados Unidos a mediados de 1996. El ya no deseaba estudiar y no veía otra alternativa más que el norte, allá estaría bajo la tutela de Juan, su hermano mayor, en un suburbio de Los Angeles, California.

Para este joven no fue tan difícil cruzar la frontera, ni resultó severo el ritmo ni la cantidad de trabajo; lo que resultó más complicado fue adaptarse a las exigencias de su hermano Juan, quien le imponía una vida bastante rígida y disciplinada para evitar que cayera en el consumo de drogas. El hermano le consiguió trabajo donde él laboraba, no sólo para tenerlo cerca, bajo su vigilancia, sino también para poderlo llevar y traer al junk y así saber a qué hora entraba y salía del trabajo.

Pasado el tiempo, Mario decidió no regresar pronto a México, ya que poco a poco fue viendo que su vida estaba por realizarse en aquel país que había tomado por asalto y le había dado refugio.

En diciembre de 1997, Mario conoció a una joven en el mismo vecindario donde vivía con su hermano Juan. Esa chica era Wendy Cortés, nacida en California, de padres mexicanos, y cinco años mayor que Mario. Por varios meses salieron juntos a disfrutar de su noviazgo, aunque a Juan no le agradó la pareja que había elegido su hermano porque era nacida en Estados Unidos y sus modales y valores eran diferentes a los que sus padres les habían inculcado; él mismo había decidido casarse con una mexicana a pesar de estar lejos de su tierra.

A casi un año de haberse conocido, Mario y Wendy decidieron contraer matrimonio civil en Reno, Nevada, sin la presencia del hermano, quien ya había manifestado su desacuerdo con esa relación. Mario dice que decidió casarse con ella “porque encontré a la persona que me podía apoyar para lograr lo que muchos deseamos en este país, la famosa green card”. Los dos saben que esa relación no será tan duradera como tal vez desearían porque Mario decidió casarse para salir del yugo del hermano y, sobre todo, porque encontró un buen partido que le ayudaría a legalizar su situación migratoria. Por su parte, Wendy está consciente de que Mario, al legalizarse, puede dejarla y separarse de ella, pero dice: “Quiero brindarle la oportunidad de que tenga más oportunidades y una de ellas es que consiga su green card”. Han pasado casi cinco años y aún siguen juntos; Mario ya legalizó su situación migratoria, el mismo año en que nació su primer hijo.

uuu

Una característica notable de las parejas mixtas es que muchos migrantes de Ameca utilizan el matrimonio como estrategia para legalizar su situación en Estados Unidos, aunque la llegada de los hijos hace que se prolongue el tiempo de relación, quizás a la inversa de como muchos migrantes lo han planeado.

Pero lo que más destaca es la variedad de opciones, etnias, o razas de nacionalidad estadunidense de aquellos con quienes se han casado los amequenses: anglos, mexicano–americanos, negros e indios americanos (sioux), entre otros. También hay una buena cantidad de matrimonios entre latinos; es posible encontrar consortes de origen centroamericano (guatemaltecos, salvadoreños, costarricenses, hondureños), sudamericano (peruanos, venezolanos, chilenos y brasileños) y caribeño (puertorriqueños).

También la vieja Europa, el lejano Oriente, el convulsionado Medio Oriente y los más recónditos lugares del mundo han establecido contacto con Ameca vía el matrimonio. Nuestra investigación registra matrimonios mixtos entre amequenses y polacos, alemanes, españoles, italianos, ingleses, israelíes y coreanos. Incluso encontramos casos de enlaces con canadienses y australianos.

Y en ese proceso de mundialización, son las mujeres de Ameca las que han roto las barreras. Mientras los varones prefieren casarse con gringas y latinas, las mujeres eligen a hombres de rumbos más exóticos y alejados. Lo que en un principio era raro y atrevido es ahora motivo de prestigio. La unión entre una amequense y un coreano, por ejemplo, es un elemento que otorga reconocimiento a la familia de origen. Por tanto, las bodas en Ameca también se han transformado y empiezan a incluir rituales inusitados. Se hacen concesiones a los suegros y familiares que llegan de lugares lejanos y que traen consigo música, comida y costumbres diferentes. En una boda reciente llamó la atención que la cena fuera alumbrada sólo con velas. Los reflectores van cediendo espacio a la luz tenue, dizque más romántica, que viene del norte.

Son distintas las formas de manifestación de la mezcla cultural. Desde el otro lado de la frontera norte también se ha observado que para el Día de Acción de Gracias las parejas mixtas se reúnen a compartir el banquete, por un lado, el pavo, como el plato de ocasión, y por el otro, la birria, como platillo favorito y típico de los amequenses.

El cambio parece rotundo y todo señala que seguirá su curso porque los matrimonios mixtos se nutren básicamente del fenómeno migratorio que está cada vez más activo, presente y desatado. El caparazón cultural que defendía al mexicano en el exterior ha empezado a resquebrajarse.

En la actualidad, la población migrante de Jalisco se integra a un medio multicultural y se expone al contacto y la relación con diferentes etnias, razas, religiones y nacionalidades. Si antes los protegía el retorno forzado al que se veían sometidos por ser indocumentados, hoy en día eso ya no es ineludible.

La legislación migratoria estadunidense de 1986 permitió la legalización de 2 millones de mexicanos, 13% de los cuales son de origen jalisciense. Estos residentes legales en Estados Unidos, además de tener papeles, cuentan con la oportunidad de naturalizarse y obviamente de casarse fuera del contexto pueblerino. La situación es diferente para los nuevos migrantes indocumentados que padecen la persecución, la xenofobia y el incremento de los precios para cruzar subrepticiamente la frontera. Las puertas están cerradas o, mejor dicho, los efectos del 11 de septiembre pretenden cerrarlas. En este contexto, la única manera segura de quedarse a vivir en Estados Unidos y obtener papeles es la opción matrimonial, con un estadunidense. Y la gente de Ameca ha demostrado que es posible saltar las barreras de clase, etnia, raza y religión.

Correo electrónico: emarcuriel@aol.com