Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 10 de febrero de 2003
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Da el Faro nuevo aire a la cultura

Diálogo y arte en sus talleres de Iztapalapa; el recorte presupuestal amenaza al espacio

MARIA RIVERA

La exclusión tiene múltiples caras, y la cultura es sólo una de ellas. Si se colocara una línea divisoria que comenzara en Tláhuac y terminara en el centro del Distrito Federal se constataría que universidades, museos, galerías de arte, librerías, cines, es decir, el saber, se concentra en las colonias Juárez, Condesa, Roma, Coyoacán, San Angel y el sur en general. Si un habitante del norte o el oriente pretende comprar un libro, un disco o asistir a una exposición, sencillamente tiene litografiasfaro3que atravesar la ciudad.

Como forma de atenuar el rezago de esa región, en 2000 se inauguró en Iztapalapa, la delegación más grande y marginada de la capital -un millón 771 mil habitantes, 87 por ciento de ellos en condiciones de pobreza extrema-, la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente (Faro), espacio cultural para que niños, jóvenes y adultos dialoguen y discutan con la ciudad y con el mundo.

El proyecto partió de una idea básica, ha explicado Benjamín González, su subdirector: no querían convertirse en una casa de la cultura, por considerar que esos espacios han perdido toda vocación artística y visión crítica de la sociedad, ya que "su máxima aspiración es la introducción al estudio del macramé, la alta chaquira y el migajón".

También se decidió que este espacio, en lugar de dedicarse ''a la preservación del jarabe tapatío'', se abriría a los conceptos artísticos de vanguardia. Y como sabían que los habitantes de la zona quieren resolver su vida antes que buscar un acercamiento con el arte, en los talleres se puso en marcha la pedagogía de educar para y por el trabajo, a partir de la experiencia de la Bahaus y los postulados de Celestin Freinet. De este modo los oficios empezaron a dialogar con el arte.

El año pasado, por ejemplo, los alumnos del Faro montaron una obra de teatro en la que, además de actuar, hicieron la iluminación, el vestuario y la escenografía. De pronto los estudiantes de carpintería se dieron cuenta de que, aparte de hacer muebles, su labor también está relacionada con el medio artístico.

Poco a poco los habitantes del rumbo se han ido apropiando del proyecto. En 2002, mil 200 personas se inscribieron en los talleres y alrededor de 60 mil personas asistieron a 550 actos masivos programados. En reconocimiento a esta labor, a fines del año pasado se le otorgó en Estados Unidos el premio Coming Up Taller, por considerar que para el vecindario este espacio se ha convertido en un santuario donde cada uno de ellos es tomado en cuenta.

Durante la entrega del premio, Benjamín González explicó que en el centro cultural los jóvenes han descubierto que pueden expresarse y eso los ayuda a dialogar con otros, pero que también aprenden que pueden vivir de lo que hacen con sus manos, escriben con su pluma, expresan con sus cuerpos al bailar o con sus voces al actuar.

Sin embargo, el año no empezó con buenas noticias para el Faro. La Secretaría de Cultura del GDF determinó que su presupuesto se redujera 70 por ciento. Los 3 millones 200 mil pesos que ejerció en 2002 son cosa del pasado; se le asignó un millón de pesos, cuando su gasto corriente es de un millón 800 mil.

La actual cantidad sólo alcanza para pagar un trimestre completo de todos los talleres que se imparten, así como para cubrir la programación y la nómina de cuatro meses. Después de mayo este espacio podría desaparecer o convertirse en un elefante blanco, listo para que los impulsores de los aerobics o el yoga pongan en forma a los habitantes de las áreas marginadas de la ciudad.

La historia de la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente empezó en 1999, cuando los habitantes de las casas de autoconstrucción y unidades habitacionales cercanas a la calzada Ignacio Zaragoza empezaron a ver las obras de remozamiento de un abandonado predio vecino, que se había convertido en basurero público y refugio de malvivientes. Al principio desconfiaron; más cuando les dijeron que el edificio de finales del salinismo, donde estaba planeado construir una subdelegación, se convertiría en un espacio cultural alternativo.

Estaban acostumbrados a sacarle la vuelta al lugar al atardecer y a los desmanes de las bandas más peligrosas del rumbo, que lo mismo podían agredirlos que llegar a un cumpleaños o a una boda y apoderarse de la fiesta, pero enfrentar a la cultura como que no...

Cuando el Faro fue inaugurado, el 24 de junio de 2000, no ganaron para sustos. El edificio en forma de barco, obra del arquitecto Alberto Kalach, fue decorado por un grupo de jóvenes coordinado por el grupo Neza Arte Nel con un inmenso mural-grafiti con el tema del lago y sus ajolotes. Al frente del contingente de anfibios se encontraba el penesaurio con su condón bien colocado. La tubería de asbesto abandonada se integró al espacio, previa grafiteada, como una enorme instalación. Y la explanada, donde el subdelegado hubiera izado la bandera cada lunes, quedó lista para tocadas de música electrónica, de grupos experimentales o de amplia trayectoria como Real de Catorce, Maldita Vecindad, Víctimas del Doctor Cerebro, Resorte o Panteón Rococó, entre otros.

En el inmueble el vecindario también descubrió cosas nunca vistas por el rumbo: una biblioteca con más de 30 mil ejemplares, en su mayoría donaciones de escritores que han adoptado el proyecto; ciclos de cine en los que lo mismo se programan clásicos de la cinematografía mundial que lo más reciente de la producción nacional; cursos gratuitos de fotografía, grabado, serigrafía, alebrijes, escultura en metal, carpintería, corte y confección e hidroponia; talleres infantiles de iniciación artística o de adultos, que abordan estrategias para conseguir empleo y defender sus derechos laborales; exposiciones como las de Héctor García, Castro Leñero o El Fisgón y actividades artísticas de primer nivel, como el concierto de la Orquesta de Cámara de Berlín.

Para Hugo Peláez, Víctor Jurado y Juan Loera, instructores de los talleres de alebrijes, fotografía y serigrafía, respectivamente, el trabajo con los jóvenes del rumbo ha sido una experiencia que los ha trastocado. "Estos chavos tienen una visión estética muy particular, porque no temen expresarse, como la gente de la clase media ni les espanta fracasar, debido a que de por sí viven el fracaso de sus familias y de su condición social", destaca Peláez.

"A mí me han cambiado la forma de ver la fotografía", agrega Víctor Jurado. "Como prefiero las fotos de mucho contraste y limpias, al principio no entendía por qué las suyas eran grises y plagadas de cables. Hasta que me di cuenta que Iztapalapa es gris y la cruzan muchos cables, y que ellos no hacían más que plasmar su realidad. Toman fotos de sus abuelos, sus niños o de patios llenos de tanques de gas y escobas, porque es lo más bello que tienen. Lo importante es que se retraten porque así se va gestando el documento de una realidad que nadie quiere fotografiar."

Jurado y Loera cuentan con orgullo que algunos de sus ex alumnos han vuelto a visitarlos para darles la noticia de que son fotógrafos de eventos sociales o instalaron un pequeño negocio de serigrafía y offset.

Mientras aprenden a hacer overoles de mezclilla, dos de las alumnas del taller de corte y confección, Beatriz Maldonado, de 41 años, y Lidia Rodríguez, de 38, ofrecen su visión de este centro cultural. Beatriz vive en un departamento de una unidad habitacional vecina. Explica que, tras el descuento de mil 200 pesos que el Infonavit hace al salario de su esposo, quedan 3 mil pesos para salir adelante ellos y sus tres hijos.

Recuerda que antes del surgimiento del Faro la gente del rumbo no quería ni salir a la calle por temor a ser asaltada, y que en cambio ahora hasta los niños pasean solos. "Los muchachos ya no andan drogándose y haciendo maldades como antes. En lugar de quitarle presupuesto al Faro, como nos han dicho que pasó, el gobierno debería crear más lugares como este. No me pierdo los conciertos y mis hermanas vienen desde Cuautitlán a verlos. Si se trata de cooperar estamos dispuestas a hacerlo, pero que no lo vayan a cerrar. ƑQué les quedaría a nuestros hijos: la calle?"

Lidia Rodríguez: "Vengo desde Los Reyes. Ojalá por mi rumbo también hubiera un Faro. Ni crea el gobierno que vamos a dejar que nos quiten éste, si no queda de otra cortamos calles o carreteras. Lo que sea".

"Como las piedras y los árboles"

Hoy día hablar del Faro es decir actividades culturales de calidad en esta zona de la ciudad y refugio no sólo de los habitantes de la delegación, sino de los municipios mexiquenses aledaños, incluso de estados vecinos como Morelos y Puebla.

Tal vez uno de los logros más importantes de este proyecto es que en tan sólo dos años y medio de vida se ha convertido en un desmentido para los políticos de todo signo, que plantean como solución única a la violencia en Iztapalapa mayor número de policías y armamento. En lugar de la militarización, la dirección de este espacio, integrada en su mayoría por ex chavos banda reconvertidos en funcionarios de cultura, ha apostado por la responsabilidad colectiva. Para que las tocadas duren, explican a los jóvenes, todos debemos hacernos cargo de la seguridad.

Algunos de los grupos más conflictivos de los alrededores, como las bandas de la unidad Ermita Zaragoza o La Colmena, llegan a los conciertos y se retiran en forma pacífica. Cuando se les ha pedido que dejen en un sitio determinado sus mochilas, donde se sabe que guardan armas, han aceptado sin chistar.

La prueba de fuego de esta apuesta ocurrió el 10 de noviembre pasado, cuando más de 20 mil jóvenes asistieron al concierto de Panteón Rococó sin que se presentaran incidentes de consideración. No fue casual: además de la creciente conciencia colectiva, se organizó un cuerpo de seguridad con representes de algunas de las bandas más pesadas del rumbo. Ni quien se atreviera a armar escándalo.

La fórmula del éxito del Faro es simple. En ese espacio los excluidos de la ciudad sienten que forman parte de algo y, sobre todo, que son respetados. No es poca cosa. Según Jorge Luis Borges, lo más alto que puede alcanzar un ser humano, lo que tal vez nos dará el cielo, no son "ni admiraciones ni victorias / sino sencillamente ser admitidos / como parte de una realidad innegable / como las piedras y los árboles".

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