Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 16 de febrero de 2003
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Contra

MAR DE HISTORIAS

La escuela de la vida

CRISTINA PACHECO

Jaime desliza la garlopa sobre una tabla de pino. Las virutas caen sobre la alfombra de aserrín que recubre el piso de la carpintería. Es un cuarto pequeño y oscuro. En las paredes cuelgan armazones, plantillas, herramientas. Fausto, primo y socio de Jaime, enciende la radio y sonríe al oír la voz del locutor: "En La hora de los inmortales no podía faltar el auténtico ídolo del pueblo: Pedro Infante. Con su estilo incomparable nos interpreta una de sus grandes creaciones: Amorcito corazón".

Jaime interrumpe su trabajo y se vuelve hacia Fausto:

-Ese cabrón sí la hizo: ƑA poco no?

-Ya lo creo: hasta parece que está vivo-. Fausto remoja la muñeca y sigue barnizando la pata de una silla: -Ahorita recordé cuando éramos chamacos y te gustaba imitar a Pedro.

-Uh, šqué tiempos! -Jaime cierra los ojos y secunda la voz de su ídolo: -"Amorcito corazón, yo tengo tentación..."

-šQué bárbaro! Cantas igualito-. Fausto enciende un cigarro a medio consumir: -ƑPor qué no te dedicaste a hacer imitaciones?

-Era mi sueño, pero no tuve oportunidad-. Jaime remueve el aserrín con la punta de su zapato: -Muchas tardes, en vez de ir a la escuela, me jalaba para Televisa con la esperanza de que alguien me descubriera. El único que me descubrió fue mi papá, y me puso una zapatiza šde aquellas!

-Los padres así eran antes. Ahora es distinto: los chamacos ya no se dejan así nomás.

-Y está bien que se rebelen-. Jaime se corrige: -Siempre y cuando no quieran destruir su vida.

-Eso está difícil saberlo. Ahí tienes mi caso: de jovencillo me metieron al seminario porque mi abuelita quería darse el gusto de tener un sacerdote en la familia. Obedecí porque no me quedaba de otra, pero en cuanto pude šme pelé! Entonces mi madre dijo que estaba echando a perder mi vida. Creo que hubiera sido mucho peor ordenarme sin tener vocación-. Fausto se rasca la oreja: -La verdad es que nunca me gustó el estudio.

-A mí sí. Pero ya sabes: mi padre me sacó de la escuela cuando mi mamá se enfermó. Sus medicinas eran carísimas y él no podía con tantos gastos. Me puso a trabajar y cuando tuve oportunidad de volver a la escuela, no lo hice porque me dio güeva.

-Te acostumbraste a ganar dinero-. Fausto apaga el cigarrillo en una corcholata: -ƑA poco no es bonito comprarse uno sus cosas sin pedirle nada a nadie?

-Y que la familia te vea en otra forma: como apoquinas, aunque estés chamaco, hasta te pide opinión-. Jaime se interrumpe cuando aparece Claudia, su mujer: -ƑQué pasa?

-Raymundo acaba de hablarme.

-ƑSe inscribió?

-Creo que sí, porque lo oí bien contento.

-ƑTe dijo a qué horas viene?

-Ya no tarda. Habló del metro y está cerquita-. Claudia evita mirar a su esposo: -Ah, y también llamó don Jesús para saber cuándo le entregas las sillas.

-ƑQué le dijiste?

-Que has estado enfermo y en cuanto te alivies vas a terminarle el trabajo-. Claudia se vuelve hacia Fausto: -Ya hasta pena me da: le he dicho mil veces lo mismo.

-ƑY por qué no te dio pena gastarte el adelanto que nos entregó don Chucho? -reclama Jaime.

-No te lo pedí: tú me lo diste para comprarle una chamarra a Raymundo.

-La que traía estaba horrible. Ni modo que fuera a inscribirse en esas fachas-. Jaime dulcifica su expresión cuando ve llegar a su hijo: -Ray: Ƒte inscribiste?

-Más o menos... -Raymundo se quita la mochila que lleva a la espalda: -ƑYa comieron?

-Te estábamos esperando -responde Claudia. -Hice lo que te gusta: chicharrón en salva verde.

-Oh'spérate y deja que nos diga si se inscribió o no-. Jaime percibe algo extraño en la actitud de su hijo: -No me digas que no alcanzaste lugar.

-Sí alcancé-. Nervioso, Raymundo abre la mochila y saca varias hojas impresas: -Está fácil, pero necesito un aval. Puedes ser tú o Fausto y a lo mejor hasta mi mamá.

-ƑAval, yo? -pregunta Fausto en torno burlón.

Jaime mira a distancia las hojas que Raymundo conserva entre las manos:

-ƑPues qué ya se necesita aval para inscribirse en sexto?

-No me inscribí en la escuela, papá, sino en un programa de créditos-. El niño redobla su entusiasmo: -Si lleno los requisitos pueden prestarme tres mil quinientos pesos y luego, si pago las mensualidades a tiempo, hasta veinte mil.

-ƑQuién le presta a un escuincle de doce años? -reflexiona Jaime en voz alta. -Y además: Ƒpara qué quieres tanto dinero?

-Ay, Dios: no haya embarazado a la Jazmín -dice Claudia.

-No se manche, jefa -protesta el niño, sonrojado. -Entré en un programa para chavos: allí nos prestan dinero para que pongamos un changarro.

-Ah cabrón: esa sí no me la sabía -exclama Fausto.

Jaime le impone silencio y se dirige a Raymundo:

-A ver si te entendí, hijo: no fuiste a la escuela sino a pedir un crédito para poner un negocio. ƑY tus estudios?

-Pues los dejo un rato y ya -contesta Raymundo. Su aplomo se desvanece ante la severa mirada de sus padres: -ƑDije algo malo?

-ƑMalo? No. šUna soberana pendejada!- Jaime se dirige a su esposa: -ƑOíste a tu hijo? Recién salido del cascarón piensa dejar la escuela para poner un changarro. Espero que tú no se lo hayas aconsejado.

-šQué te pasa! Yo ni sabía -protesta Claudia. -Y tú, escuincle mocoso, Ƒqué sabes de changarros?

-Puedo aprender. No creo que sea tan difícil.

-Ya sé que eres muy listo pero, mira: no tienes para qué meterte en broncas. Sabes que nosotros te damos todo lo que necesitas.

-Eso es lo que no quiero, papá, entiéndelo.

-ƑPor qué? Jaime tiembla: -Nunca te hemos echado nada en cara. Cuando te negamos algo es porque no podemos con el gasto.

-Pues sí, pero siento feo de saber que todo lo que me compran es un sacrificio para ustedes.

-Y a ti qué? Ese es mi problema-. Jaime arrebata a Raymundo las hojas impresas y lee en voz alta el encabezado: -"Programa institucional de créditos para jóvenes". šPuta madre!

-Por favor, no te violentes -interviene Claudia: -El niño sólo quiso...

-šNo lo justifiques! Aquí lo importante es que no deje la escuela-. Jaime arroja los papeles al piso: -Raymundo: levántalos y ve a devolverlos ahorita mismo.

Raymundo toma los papeles y corre hacia la puerta. Desde allí reta a su padre:

-No, no quiero. Son míos-. El niño pide la intervención de Claudia: -Mamá: díle que me tenga confianza y que me deje hacer lo que quiero. Le prometo que después volveré a la escuela.

Sin que Claudia pueda evitarlo, Raymundo huye. Fausto va tras él, pero Jaime lo frena:

-Deja que se largue- šNo quiero verlo más!

-Jaime, no te pongas así: ya verás cómo recapacita.

-ƑY si no?- Jaime se apoya en la mesa para disimular su estremecimiento.

-Pues... a lo mejor le va bien -interviene Fausto.

-Sí, tan bien que un día estará sosteniéndose de esta mesa y le dirá a su hijo lo que no alcancé a decirle a él: "Muchacho: no abandones la escuela. Si lo haces, sentiré que para mí ya no queda esperanza".

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