Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 20 de marzo de 2003
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Cultura

Olga Harmony

Mujeres que bajan del cielo

Ana Heredia, la mujer niña en su papel de Afrodita, duerme en su cama a la mitad del escenario. Del cielo baja Dolores suspendida de una cuerda, muy evidente la tramoya porque se trata de este teatro Sunil al que su creador Daniele Finzi Pasca ha bautizado teatro de la caricia pero que no renuncia a su origen clownesco, y se inicia Te amo o la amistad en tierra de ballenas, de autoría y dirección de Finzi con las dos hermanas Heredia en que Dolores lleva de la mano a Ana, aquejada de síndrome de Down en su segunda aparición escénica. Y si en Visitatio la mujer niña estaba muy apoyada por la parafernalia circense de la compañía Carbono 14 de Canadá, en esta escenificación su único apoyo consiste en los sencillos gags que se le dan y, sobre todo, la tierna y encantadora presencia de Dolores.

Te amo... narra la historia, entreverada de muchas otras historias que cuenta Dolores y que quizá correspondan a alguna tradición oral de La Paz, que es donde nacieron y crecieron las Heredia y en donde se ubica la acción, de la amistad entre dos mujeres, la una proveniente de un circo deshecho por la tempestad, la otra huraña al contacto que se le brinda. Esta historia, en donde el personaje de Dolores, la mujer del circo, se disfraza de enana para conquistar al personaje de Ana e inducirla no sólo a la amistad, sino a ver el mundo exterior de otra manera, se enlaza a la historia real en la que la consumada actriz, apoyada por Daniele, ofrece a su hermana las posibilidades de un desarrollo que no hubiera tenido. Fraternidad y amistad se unen.

Si decimos que queremos a una amiga como a una hermana, también podemos decir que queremos a una hermana como a una amiga. Estamos ante la presencia de un acto de amor, en donde se enfrenta al otro, al diferente, con paciencia y afecto en un montaje irrepetible por su origen y circunstancia. Y si sentimos la ausencia de Daniele en escena y lo que se nos narra es muy pequeño, aunque entrañable, mucha de la magia del Sunil se hace presente en metáforas como el costillar de las ballenas en donde por fin Afrodita encontrará el sueño.

El reverso de la medalla, la falta de afecto, interés y comprensión ante el otro, el diferente, lo constituye La mujer que cayó del cielo, de Víctor Hugo Rascón que vemos en su mejor versión (ya antes la conocimos en dirección de Bruno Bert, quien la estrenó y con la actuación y dirección de la costarricense María Bonilla, que hizo un breve temporada en México) gracias al tesón de Luisa Huertas, la actriz que repite el papel de Rita, esta vez bajo la dirección del estadunidense Barclay Goldsmith, quien la escenificó en su país también con Luisa. Con este montaje del muy duro texto trilingüe -inglés, español y tarahumara- de Rascón Banda, se inician los festejos por los 25 años de dramaturgo del autor, a los que yo desearía sumarme aunque sea a través de estas líneas, y en los que se escenificarán varias de sus obras, las otras de estreno absoluto.

Ya he escrito en otras ocasiones acerca de La mujer que cayó del cielo, tomada de un doloroso hecho real ocurrido en Kansas, en el que la incomprensión hacia esta mujer que aparece en sus calles sin hablar más que tarahumara y un poco, poquísimo de español, hace que la internen en un hospital siquiátrico donde el aislamiento y el suministro de drogas la enloquecen. Las fotografías de la verdadera Rita, tanto en el programa de mano como en la carátula del texto editado por Escenología, AC, resultan el más doloroso testimonio.

Otra vez con escenografía de Arturo Nava, pero ésta muy superior a la primera que hizo para el estreno y que consiste en un túmulo rocoso y semicírculos también rocosos -muy en el recuerdo de la sierra Tarahumara- con palos que Rita irá insertando y que la cercan simbólicamente, con el vestuario de Sonia Paramos y Gloria Carrasco, el diseño de sonido de Héctor Barbone y la presencia de Víctor Carpinteiro o Juan Sahún como Giner, Carlos Guisar o Rafael Velasco como el Dr. Lozano y Juan Carlos Beyer o Lenny Zundel como el Dr. Wilkinson, el director estadunidense hace una lectura exacta y creativa del texto, mientras Luisa Huertas recrea una vez más con su talento el caso de Rita, la tarahumana lanzada a la demencia por el rechazo a la alteridad.

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