Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 26 de marzo de 2003
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Política
José Steinsleger

El infierno más temido

Entre los aspectos señeros del intelectual alienado destaca su aquiescencia amoral con la barbarie implícita de la "civilización" anglosajona y eurocéntrica. Por eso deplora a los líderes del mundo colonial que la critican, tanto como celebra a genocidas como Winston Churchill y la gesta de Lawrence de Arabia, aquel Che Guevara al servicio de la corona británica que en 1920 inventó el reino de Irak (T. E. Lawrence, 1888-1935).

Y por eso también cuando se les recuerda que atletas del "espíritu universal" como Borges calificaron al general Jorge Rafael Videla de "caballero", ensayan las más disímiles justificaciones o voltean la página tal como hizo su amiga Victoria Ocampo al leer la carta que su admirado Lawrence (de quien tenía una fotografía dedicada en su escritorio de la editorial Sur) envió al capitán inglés Liddell Hart:

"¿La reacción de los árabes ante los bombar-deos?... Hay algo frío, distante, impersonalmente trágico en un bombardeo aéreo... La RAF (Royal Air Force) reconoce esto y sólo bombardea a las 24 horas de haber dado aviso... Naturalmente el procedimiento es infinitamente más misericordioso que una acción militar o de policía, ya que los muertos son en general mujeres o niños prescindibles, no los hombres que realmente importan. Claro que este modo de sentir es demasiado oriental para que lo podamos comprender con claridad. Un árabe, para expiar un delito civil, ofrecería a su mujer antes que a sí mismo..." (26 de junio de 1930, "Cartas", Sur, Buenos Aires, 1944, p. 675).

¿Quién era Liddell Hart (1897-1970)? Ni más ni menos el estratega militar que suprimió el concepto de "población civil" sin reconocer diferencia alguna entre soldados y paisanos. "La guerra moderna -dice- debe empezar con el lanzamiento de gases contra la población adversaria. Los habitantes de una ciudad tienen que morir para que el soldado cese de luchar." ¿No suena familiar este discurso?

El caballero Hart inventó asimismo la blitzkrieg (guerra relámpago), táctica militar que consiste en usar los tanques como fuerza de penetración profunda en el campo del enemigo, cortando las tropas y los suministros. Los antecedentes de la blitzkrieg son los tiradores montados de Buffalo Bill (que asolaban los campos de caza de los indios y derribaban los bisontes que se po-nían a su alcance) y la guerra de secesión, cuando el general Ulysses Grant se apoderó de la desembocadura del Mississippi, separando a los estados del sur del abastecimiento que recibían del mar.

En 1941, año en que el general Heinz Guderian, comandante del Panzergruppe II de la Wehrmacht, aplica la táctica durante la invasión alemana a Rusia (Operación Barbarroja), Borges publica El jardín de los senderos que se bifurcan, dedicado a Victoria Ocampo. Curiosa sincronía. Quien supuestamente odiaba la política empieza citando a Liddel Hart, autor de la teoría de que el mando se ejerce en el frente militar, haciendo a un lado la conducción política de la guerra.

Los senderos del jardín se bifurcaron. La premura política de Hitler para tomar Moscú hizo que el avance alemán fuese tan veloz que dejó atrás sus sistemas de apoyo y avituallamiento. Los nazis quedaron empantanados con 18 divisiones de blindados, 12 mecanizadas, 80 de infantería, 25 divisiones de reserva, 3 mil 200 carros de combate, 500 mil camiones, 10 mil cañones, 300 mil caballos y 2 millones de soldados.

Algo similar estamos viendo en la caótica estrategia militar de Estados Unidos en Irak. El genocidio aéreo no da el resultado esperado y, a más de subestimar la cultura del enemigo, la ocupación del país mesopotámico avanza sin consolidar la retaguardia y con la esperanza de que se produzca una suerte de insurrección agradecida con el invasor.

¿Quién dirige la guerra? ¿Bush, Cheney, Rumsfeld, el general Tommy Franks, la CNN, Wall Street, la revista Letras Libres? Esos pobres chicos de la soldadesca yanqui que cayeron en manos de los iraquíes fueron seguramente convencidos de que la toma de Bagdad no pasaría de repartir chocolates Hershey's y Chupa-chups".

Un caballero de la filosofía, sir Bertrand Russell, sostenía que la mayor ferocidad de la guerra moderna es atribuible a las máquinas, "...las cuales asfixian el lado anárquico, espontáneo de la naturaleza humana, que actúa en lo más recóndito del individuo, produciendo un oscuro descontento al que la idea de la guerra ofrece un positivo alivio" (Sceptical Essays, 1928).

Por eso hoy, cuando en las calles de Basora y Nasiriya los yanquis se enfrentan al infierno más temido, viéndose obligados a pelear cuerpo a cuerpo y cuchillo a cuchillo contra los chiítas que "detestan" a Saddam Hussein (porque así les informaron los genios del Pentágono), algún bisoño historiador inglés recordará la carta en la que el 16 de noviembre de 1920 Lawrence escribe al coronel S. F. Newcombe: "No se puede hacer una guerra apoyándose en una sublevación". 

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