278 ° DOMINGO 20 DE ABRIL  DE 2003
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“Lo bueno es que yo no tengo iglesia”

Todos, dice muy convencido Ademar Barilli, todos usan a los migrantes. Se acerca la noche en Tecún Umán, Guatemala, y Barilli deja por un rato la Casa del Migrante, que él construyó donde hubo un basurero. Carga su machete y su azadón y se va a trabajar a la parcela donde siembra hortalizas que dan de comer a los migrantes. “Es mi pasatiempo”, dice.

Barbado y fortachón, el sacerdote Barilli nació en Porto Alegre, Brasil, en una familia de ascendencia italiana, pero desde ya hace largos años recorre la ruta de los migrantes. Estuvo en la Casa del Migrante de Tijuana y en el Albergue Juvenil del Desierto, en Mexicali. Trabajó con los jornaleros mexicanos en el Valle Imperial. Desde 1995 está en Tecún Umán, donde dirige la casa de los misioneros de San Carlos (scalabrinianos), una orden religiosa que se dedica exclusivamente al trabajo con migrantes.

Fundada por el beato italiano Juan Bautista Scalabrini, la orden estuvo formada durante largos años principalmente por italianos. Luego, los brasileños ganaron terreno. Hoy, los mexicanos ya ocupan el tercer sitio entre los 800 misioneros que trabajan en 30 países. En México, los scalabrinianos tienen presencia en Tapachula, Tijuana, Ciudad Juárez, Agua Prieta y, más recientemente, en Piedras Negras.

Siempre con los migrantes, la labor de los scalabrinianos es variada. Va de la presencia pública a través de documentos a los talleres de derechos humanos, las publicaciones y la formación de laicos y voluntarios en la muchas veces difícil tarea de dialogar y acoger al “otro”, al “diferente”.

Tienen, además, una red de casas donde reciben a los migrantes más pobres, generalmente deportados, y les brindan alojamiento, comida y asesoría. “Aquí lo que hacemos, dice Barilli, sólo es disminuir un poco el sufrimiento”.

Porque su mayor tarea, define, es una paradoja: trabajar con migrantes para evitar que lo sean. “Ir a la raíz, convencerlos de que pueden trabajar con dignidad en los lugares donde viven”.

Ni siquiera en la iglesia se comparte esa idea, conviene Barilli, cuando acepta hablar sobre los sacerdotes que son muy felices cuando sus feligreses agarran camino al norte. “Es bueno, porque (en la misa) en vez de dejar pesos dejan dólares”, cuenta que dicen los curas.

Se ríe y remata: “Lo bueno es que yo no tengo iglesia”.
 

El “problema” de los jornaleros guatemaltecos

Para ellos no hay Sedeso que valga. Desprotegidos por las autoridades de su país, explotados en México, los jornaleros guatemaltecos se rebelan de cuando en cuando y prenden fuego, por ejemplo, a los vehículos de las empresas plataneras que se niegan a pagarles lo trabajado –36 pesos al día es el jornal promedio.

El “problema” de los trabajadores temporales de Guatemala, debe reconocerse, se ha atenuado en los últimos tiempos. Pero no porque los finqueros de la región Costa-Soconusco de Chiapas hayan decidido pagarles a tiempo o mejorar sus condiciones, sino porque la crisis del café y otros productos agrícolas ha propiciado que las contrataciones caigan a la mitad. El año pasado, por ejemplo, las autoridades migratorias mexicanas sólo otorgaron 39 mil permisos, contra 79 mil de tres años atrás. Las fincas cafetaleras, por supuesto, siguen requiriendo mano de obra, pero producir el aromático simple y sencillamente ya no conviene. La crisis ha servido de pretexto a muchos finqueros para negarse a pagar el trabajo ya realizado a los jornaleros de Guatemala, sin contar que muchas veces –según informa en la fronteriza Tecún Umán el sacerdote Ademar Barilli– los productores chiapanecos usan la misma triquiñuela que sufren nuestros paisanos en los campos de Estados Unidos. En Chiapas se contrata como jornaleros a guatemaltecos que sólo cuentan con un permiso de internación en el país de 72 horas, y al cabo de cuatro meses los amenazan con denunciarlos a la migra mexicana si reclaman su pago.

¿Y los campesinos chiapanecos? Cada vez son más los pueblos de las regiones costera y serrana chiapanecas que en sus plazas lucen letreros que rezan: “Viajes económicos a Tijuana”.
 

Ellos se juntan

Uriel Jarquín, ex izquierdista, fue subsecretario de Gobierno en Chiapas durante el mandato de Julio César Ruiz Ferro. En diciembre de 1998 fue inhabilitado para desempeñar cargos en la administración pública por un periodo de ocho años, debido a que ordenó mover los cuerpos de las víctimas de la matanza de Acteal y modificó así el escenario del crimen.

Magaly Achach fue alcaldesa de Cancún. De su administración se recuerdan sobre todo dos hechos: la golpiza que los policías municipales propinaron a los globalifóbicos en las calles del centro turístico, y su profunda amistad con los Legionarios de Cristo, a quienes regaló un parque público para construir un templo, pese a la oposición de los vecinos.

¿Qué tienen en común estos personajes con biografías aparentemente tan disímbolas? Uriel Jarquín fue vocero de la alcaldesa Achach en el último trecho de su gobierno y lo sigue siendo ahora, en tiempos difíciles. Magaly Achach, enojada porque su partido de toda la vida, el PRI, no la hizo candidata a diputada, coquetea con Convergencia por la Democracia. Y el señor Jarquín habla por ella.