Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 26 de abril de 2003
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Ilán Semo

Historias de Bagdad

La primera reafirma la naturaleza irónica de la historia, porque los dividendos de la paz podrían contradecir los saldos de la guerra. Nada intimida hoy más a Occidente que ver a un régimen chiíta encabezando el destino inmediato de los iraquíes. De confirmarse, las incrédulas imágenes de la vida civil en Bagdad pronostican que la victoria estadunidense no sólo habría despejado el camino a sus más pacientes y hábiles adversarios en Medio Oriente: el clero chiíta que gobierna Irán desde los años 70, sino que multiplica la pesadilla que originó, discursiva y mediáticamente, la guerra (léase: el radicalismo islámico). Los chiítas representan una versión estructurada, disciplinada e institucional del Islam. Cuentan con un Estado en sus manos. Para derrocar al sha que gobernó a Irán durante dos décadas recurrieron a la movilización política, la resistencia civil y los métodos pacifistas. Con las armas fueron igual de eficaces en la guerra de Líbano, que terminó con un poder que se compartía entre sunitas y católicos. Además, reúnen la experiencia del proyecto más hegemónico (y exitoso) en el Islam desde el fracaso de los nacionalismos populistas y seculares como el de Mossadegh en Irán y el de Nasser en Egipto durante los años 50, o el de la dinastía de los gobernantes sirios y el del propio Hussein en Irak: la teocracia moderna.

La dictadura de Hussein, esencialmente secular, había ejercido una función precisamente de contención de la expansión chiíta desde la guerra contra el régimen de Teherán en los años 80 (la invasión estadunidense derrumbó este muro de contención). El dilema político que domina al mundo árabe desde entonces no reside en la disyuntiva entre el autoritarismo y la democracia, sino entre dos versiones de regímenes carismáticos: el secular o el religioso. La razón es sencilla y compleja a la vez: cada vez que se convoca a elecciones para formar gobiernos representativos, ganan invariablemente las fuerzas teocráticas del Islam (cuyo primer cometido es anular el régimen democrático), tal y como sucedió en Argelia en los años 90 -con la consiguiente devastación del país- y como estuvo a punto de suceder en Jordania recientemente.

La segunda (historia) habla de los enigmas del fundamentalismo moderno, cuyos orígenes distan mucho de haber sido comprendidos. En Occidente, la experiencia fundamentalista se remite esencialmente a dos regímenes que no sólo fueron seculares sino furiosamente antirreligiosos: el nazismo y el estalinismo. En Irán, una vez concluida la etapa del terror que siguió a la revolución que derrocó al sha, los ayatolas chiítas se orientaron por un régimen autoritario hacia el interior, y moderado hacia el exterior. A diferencia de los talibanes en Afganistán, por ejemplo, que nunca renunciaron al estado permanente de terror. Pero resulta imposible augurar lo que sucedería en una geopolítica dominada por los chiítas tanto en Irán como en Irak. Lo obvio es que se trata de una fuerza visiblemente autónoma de Estados Unidos y Europa.

La tercera ratifica una sospecha. La súbita y trompicada reconciliación de Estados Unidos, Francia, Alemania y Rusia, después de meses y meses de acusaciones, golpes diplomáticos y boicots gastronómicos, marca, no sin cierta hilaridad, la emergencia del nuevo fantasma iraquí. La sentencia del ayatola Rajmani la resume en una frase: "Occidente ganó la guerra de Bagdad, veremos quién ganará la paz". ƑOccidente?

Todo análisis sensato de la situación actual parte de una lección elemental que se deriva de la crisis provocada por la guerra de Irak: Europa no existe más que como una metáfora sentimental o la alegoría de una utopía geocultural. No existe como entidad política capaz de desplegar una política internacional unitaria, y menos como unidad militar. Lo que acerca a ese abigarrado mosaico llamado Europa es mucho más poderoso de lo que lo puede alejar de Washington. La ironía de la ironía es que Estados Unidos, ante la amenaza chiíta en Irak, requiere, ahora sí, del concurso completo de Occidente para influir sobre la fisonomía política de los cruciales días que aguardan a Bagdad. Porque si logró hacer la guerra por sí solo, la paz se antoja mucho más compleja y mucho menos predecible.

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