ANA GARCÍA BERGUA MURCIÉLAGO
El interés por lo que es la poesía en prosa y la vecindad de la prosa con otros géneros, y el miedo a la prosa poética y sus frecuentes edulcoramientos, todo eso me había surgido desde el jueves 8 de mayo en que José de la Colina dio una charla como decían antes en la Casa del Poeta, sobre este tema. Y tenía pensado escribir sobre la prosa, y sobre el Semanario Cultural del desaparecido periódico Novedades que durante tantos años dirigió justamente José de la Colina, uno de nuestros mayores maestros del cuento y de la prosa concentrada, maestro en sentido general y particular, pues me da orgullo considerarme su alumna (y espero que a él le parezca bien). El Semanario ha sido escuela de muchos prosistas de mi generación y de no pocos poetas en prosa y en verso, como Luis Ignacio Helguera, a quien por cierto me pasó por la cabeza que quizá vería en la conferencia aquel día, pues el tema era, por decirlo así, una de sus especialidades. Pero lo que sigue ya es muy triste. Nacho falleció, justo dos o tres días después, y aquí me tienen escribiendo un obituario. Christopher Domínguez observó que era el primero de sus contemporáneos en la revista Vuelta que se iba; yo no sé si realmente es el primero de la generación, pero sí que es uno de los mejores y más versátiles: musicólogo, autor del Atril del melómano, poeta, cuentista, jefe de redacción de la revista Pauta, la mitad de la gorda y simpática Musa Inepta, cultivó todas las formas de la prosa breve, que son las más difíciles, y cuando se logran, las más agradecidas, con una mezcla extraña de humor y melancolía. La suya era una de aquellas personalidades literarias únicas y difíciles de lograr, que se dan cada dos o tres generaciones. Entre sus libros de poesía destaca Murciélago al mediodía, del cual reproduciré aquí el texto del mismo nombre, a manera de homenaje y despedida: Una bandada de gorriones rompe vuelo desde la enredadera alta de la casa hasta los árboles del jardín. Presagio asustado de pájaros. Sólo un momento después, en efecto, un murciélago marrón lenta irrupción indiferente llega empujándose en el aire contra el mediodía y pasa junto al hogar abandonado, golpeando insistentemente sus alas contra las ventanas, la hiedra, los instantes. Accidentes breves en las cosas, gajes del itinerario. Letargo, extravío, deshora, vuelo en el desierto de la luz. El envés de las hojas secas, los troncos obscuros, las sombras escondidas. Avería del alma. Triste cometa de ceniza. Aleteo peludo y estúpido que se desmenuza en polvo de cueva sobre el frontón iluminado. Y la noche todavía tan ausente en
las plantas.
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