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México D.F. Domingo 29 de junio de 2003

Edward W. Said*

De dignidad y solidaridad

Aprincipios de mayo me encontraba en Seattle impartiendo conferencias por algunos días. Mientras estuve ahí cené una noche con los padres y la hermana de Rachel Corrie, cimbrados todavía por el impacto que les ocasionara el asesinato de la joven, acaecido el 16 de marzo en Gaza, cuando la arrolló un trascavo israelí. El se-ñor Corrie me comentó que aunque él había manejado trascavos, el que mató a su hija deliberadamente (mientras intentaba impedir que demoliera un hogar palestino en Rafah) era un gigante de 60 toneladas diseñado especialmente por Caterpillar para demoler casas, sin duda la máquina más grande que él hubiera visto o maniobrado.

Dos cosas me impresionaron en mi breve visita a la familia Corrie. Una fue el relato de su retorno a Estados Unidos con el cuerpo de Rachel. Habían buscado de inmediato a las senadoras estadunidenses Patty Murray y Mary Cantwell, ambas demócratas, y les contaron la historia, lo que provocó las esperadas expresiones de sorpresa, ira e indignación, más la promesa de que investigarían. Después de que ambas mujeres regresaran a Washington, los Corrie nunca volvieron a saber de ellas, y la promesa de investigar simplemente no se materializó. Como era de esperarse, la plataforma israelí les explicó "la realidad" a estas mujeres y simplemente abandonaron el caso. Una ciudadana estadunidense fue ultimada intencionalmente por los soldados de un país cliente de Estados Unidos, sin siquiera un buen vistazo oficial al caso ni la investigación de rigor que le prometieran a su familia.

El segundo hecho que me impresionó, y sin duda para mí es el aspecto más importante de la historia de Rachel, fue el acto mismo de esta mujer, heroico y digno a la vez.

Nacida y criada en Olympia, ciudad pe-queña situada a 90 kilómetros al sur de Seattle, se unió al Movimiento de Solidaridad Internacional y fue a Gaza a compartir destino con seres humanos afligidos, con gente que no conocía. Las cartas que enviaba a su familia son en verdad documentos notables por su humanidad y sencillez, lo que las vuelve una lectura difícil y conmovedora, especialmente cuando describe la bondad y preocupación de todos los palestinos que conoció y que la recibieron como igual, porque vivió exactamente como ellos, compartiendo sus vidas y tribulaciones, los horrores de la ocupación israelí y sus terribles efectos, visibles hasta en los niños más pequeños. Entendió muy bien el sino de los refugiados y esa especie de genocidio al que llama "insidioso intento del gobierno israelí por hacer casi imposible la supervivencia de un grupo particular de personas". Era tan conmovedora su solidaridad que un reservista israelí, de nombre Danny, se rehusó al servicio militar y le escribió: "Estás haciendo al-go bueno. Te agradezco por ello".

Lo que refulge en las cartas que enviaba a su casa y que después fueron publicadas en The Guardian, de Londres, es la asombrosa resistencia del pueblo palestino, seres humanos comunes atrapados en la más terrible condición de sufrimiento y desesperación pero que sobreviven, pese a todo.

Recientemente hemos escuchado tanto del mapa de ruta y de los proyectos de paz que se nos olvida el hecho más básico: los palestinos se rehúsan a capitular o rendirse pese a ser sometidos a un castigo colectivo impuesto por la potencia combinada de Estados Unidos e Israel. Este hecho extraordinario es la razón de que existan el mapa de ruta y to-dos los numerosos planes anteriores, denominados de paz. No es porque Estados Unidos, Israel o la comunidad internacional es-tén convencidos, por razones humanitarias, de que debe acabar la matanza y la violencia. Si se nos escapa esa verdad, el poder de la resistencia palestina (la cual nada tiene que ver con bombazos suicidas que hacen más daño que bien), pese a todas sus fallas y errores, no entenderemos nada. Los palestinos han sido siempre un problema para el proyecto sionista, y las soluciones propuestas minimizan siempre el problema, pero no lo resuelven. La política oficial israelí, no importa que Ariel Sharon use o no el término "ocupación", o que decida desmantelar una que otra torreta oxidada, niega la realidad de que el pueblo palestino es su igual, pero sin admitir nunca que Israel viola escandalosamente los derechos de este pueblo. Y aunque por años algunos cuantos israelíes valerosos han intentado afrontar esta otra historia oculta, la mayoría, y parece que casi todos los judíos estadunidenses, hacen todo esfuerzo posible por negar, evadir o ignorar la realidad palestina. Es por eso que no hay paz.

Es más, el mapa de ruta no dice nada de la justicia o del castigo histórico administrado, por incontables décadas, al pueblo palestino. Sin embargo, lo que reconoce el trabajo de Rachel Corrie en Gaza es precisamente la gravedad y densidad de la historia viva del pueblo palestino como comunidad nacional, y no como un mero conglomerado de refugiados afligidos. Es con esta historia con la que se solidarizó. Y debemos recordar que tal clase de solidaridad no es privativa de unas cuantas almas intrépidas por aquí y por allá: es reconocida en el mundo entero.

Durante los recientes seis meses he impartido conferencias en cuatro continentes a muchos miles de personas. Lo que los reúne es Palestina y la lucha de su pueblo, que es ahora sinónimo de emancipación y lucidez, no importa qué tanto vilipendio les lancen sus enemigos. Siempre que se dan a conocer los hechos, hay un reconocimiento inmediato y la expresión de la más profunda solidaridad con la justicia de la causa palestina, y con la valerosa lucha de su pueblo por im-pulsarla. Es en verdad un hecho extraordinario que este año Palestina haya sido asunto central en la reunión antiglobalización de Porto Alegre, pero también en las cumbres de Davos y Amman, pues representan los polos del espectro político mundial.

No debería sorprendernos que los estadunidenses comunes tengan tan mala opinión de los árabes y los palestinos. Así ocurre porque nuestros conciudadanos en Estados Unidos reciben de los medios una dieta, atrozmente sesgada, de ignorancia y malas interpretaciones. No mencionan nunca la pa-labra ocupación al hacer sus chocantes descripciones de los ataques suicidas. Nunca muestran, ni en CNN ni en las cadenas televisivas, ese muro del apartheid de ocho me-tros de altura, metro y medio de grosor y 350 kilómetros de longitud que Israel construye: cuando mucho se refieren a él de pasada me-diante la aburrida prosa del mapa de ruta. Tampoco muestran los crímenes de guerra, la destrucción y la humillación gratuitas, las demoliciones de casas, la destrucción agrícola y la muerte impuesta a los civiles palestinos, ni les dan el peso de lo que son: una pena impuesta, severa y rutinaria. Después de todo, recuérdese por favor que todos los órganos informativos del sistema, desde los liberales de izquierda a los derechistas marginales, son unánimemente antiárabes, antimusulmanes y antipalestinos. Basta recordar a los pusilánimes medios durante la escalada hacia la ilegal e injusta guerra contra Irak; miren qué tan poca cobertura mereció el inmenso daño infligido a la sociedad iraquí por las sanciones, y qué pocas crónicas se publicaron sobre la inmensa manifestación mundial opuesta a la guerra. Casi ningún periodista, excepto Helen Thomas, le tomó la medida al gobierno y desnudó las mentiras atroces y los "hechos" fabricados que se festinaron en torno a Irak para hacerlo aparecer antes de la guerra como amenaza inminente para Estados Unidos. Esos propangandistas del gobierno, que con cinismo inventaron y manipularon "datos" acerca de las armas de destrucción masiva, hoy son me-nospreciados, hechos a un lado o de plano olvidados por la línea dura de los medios si se les ocurre siquiera discutir la inexcusable situación que Estados Unidos, irresponsablemente, creó para el pueblo iraquí. No im-porta que otros tantos acusen a Saddam Hussein de ser un tirano malvado (lo era), éste le proporcionó al pueblo iraquí la mejor infraestructura de servicios como agua, electricidad, salud y educación de cualquier país árabe. Nada de esto se mantiene.

No extraña entonces que haya tanto miedo de parecer antisemita por criticar a Israel debido a los crímenes de guerra cotidianos que comete contra civiles palestinos desarmados. Que haya temor de ser considerado antiamericano por criticar al gobierno de Estados Unidos debido a su ilegal guerra y su ocupación militar tan mal llevada. Que los maliciosos medios y el gobierno em-prendan una campaña contra la sociedad, la cultura, la historia y la mentalidad árabes, conducida por publicistas y orientalistas tan neanderthales como Bernard Lewis y Da-niel Pipes. Tampoco extraña que todo lo an-terior haya intimidado a tantos de nosotros hasta el punto de creer que los árabes son, en realidad, un pueblo subdesarrollado, incompetente y condenado, y que a causa de todos sus fracasos en democracia o desarrollo, los árabes estén solos en el mundo por no ser modernos, ya que son retardados, fuera de época y profundamente reaccionarios. Aquí es donde la dignidad y el pensamiento crítico deben movilizarse para discernir qué es qué y diferenciar verdad de propaganda.

Nadie puede negar que la mayoría de los países árabes está gobernada por regímenes impopulares y que numerosos jóvenes, po-bres y en desventaja, se ven expuestos a formas despiadadas de religión fundamentalista. Y no obstante, es mentira afirmar, como lo hace de fijo The New York Times, que las sociedades árabes están totalmente dominadas, que no hay libertad de opinión, instituciones civiles ni movimientos sociales en funciones por y para el pueblo. Pese a las leyes de imprenta, hoy uno puede ir al centro de Ammán y comprar un periódico del partido comunista o uno islamista. Egipto y Líbano están repletos de periódicos y revistas que sugieren mucho más debate y discusión que lo que se supone tienen. Los canales satelitales bullen de opiniones diversas de variedad mareadora. A muchos niveles, las instituciones civiles tienen relación con los servicios sociales, los derechos humanos, los sindicatos y los institutos de investigación, y por todo el mundo árabe están muy vivas. Hay mucho que hacer antes de que logremos un nivel adecuado de democracia, pero ese aspecto va caminando.

Tan sólo en Palestina hay más de mil ONG y es esta vitalidad y esta suerte de actividad lo que mantiene andando a la sociedad, pese a todos los esfuerzos estadunidenses e israelíes por humillar, frenar o mutilar su existencia cotidiana. Aunque existe en las peores circunstancias posibles, la sociedad palestina no está derrotada ni se ha desmoronado. Los niños siguen yendo a la escuela, los médicos y las enfermeras siguen atendiendo pacientes, hombres y mujeres van a trabajar, las organizaciones se reúnen y la gente continúa su vida, lo cual parece ser una ofensa contra Sharon y otros extremistas que simplemente quieren que los palestinos estén prisioneros o que se vayan de una vez por todas.

La solución militar no ha funcionado para nada, y nunca funcionará. ¿Por qué les es tan difícil a los israelíes darse cuenta? Deberíamos ayudarlos a entender esto, no con bombazos suicidas pero sí con argumentos racionales, con desobediencia civil masiva, con protesta organizada, aquí y en todas partes.

El punto que quiero mostrar es que debemos ver el mundo árabe en general, y Palestina en particular, de maneras más críticas y comparativas que aquellas que no atinan si-quiera a sugerir libros tan superficiales y descartables como What went wrong, de Le-wis, o afirmaciones tan ignorantes como la de Paul Wolfowitz, esa de traerle democracia al mundo árabe e islámico. Sea cual sea la verdad en torno a los árabes, hay ahí una dinámica activa, porque siendo gente real vive en una sociedad real con toda suerte de corrientes y contracorrientes. Tal sociedad no puede fácilmente ser caricaturizada como masa sedienta de fanatismo violento.

La lucha palestina en pos de justicia se expresa en la solidaridad y no en las interminables críticas, el desaliento frustrante o en las divisiones inmovilizadoras. Recuerden la solidaridad que existe aquí y en todas partes, en América Latina, Africa, Europa, Asia y Australia, y también que hay una causa con la que mucha gente se ha comprometido, sin que importen las dificultades y los terribles obstáculos. ¿Por qué? Porque es una causa justa, un ideal noble, una búsqueda moral en pos de la igualdad y los derechos humanos.

Quiero ahora hablar de la dignidad, la cual, por supuesto, tiene un lugar especial en todas las culturas conocidas por los historiadores, los antropólogos, los sociólogos y los humanistas. Debo comenzar diciendo que aceptar que -a diferencia de los europeos y los estadunidenses- los árabes no tienen sentido de individualidad, respeto por la vida o los valores de expresión amorosa, intimidad y enten dimiento que supuestamente son propiedad exclusiva de las culturas de Europa y América que contaron con un Renacimiento, una Reforma y un Iluminismo, es una noción radicalmente errónea y racista.

Entre otros muchos, es el vulgar e insípido Thomas Friedman quien como mercachifle pregona esta basura, algo que pepenó de otros intelectuales árabes igualmente ignorantes y embaucadores -no quiero ni mencionar sus nombres- que ven las atrocidades del 11 de septiembre de 2001 como señal de que los mundos árabe e islámico están más enfermos y son más disfuncionales que cualquier otro, y que afirman que el terrorismo es signo de una distorsión más amplia que cualquier otra en cultura alguna.

Dejemos eso de lado. Entre Europa y Estados Unidos se llevan la tajada más grande de muertes violentas en el siglo XX. El mundo islámico apenas si da cuenta de una pequeña fracción de la cuota. Tras todo este sinsentido tan poco científico y engañoso acerca de las civilizaciones buenas y malas, está la sombra grotesca del gran falso profeta Samuel Huntington que ha llevado a tanta gente a creer que el mundo puede dividirse en civilizaciones distintas que se combaten unas a otras hasta el fin de los tiempos. Por el contrario, Huntington está de plano mal en todo lo que propone. No hay cultura o civilización que existan por sí mismas; ninguna está conformada por cosas como individualidad o ilustración exclusivas de ella; ninguna existe sin los atributos humanos básicos de la comunidad, el amor, la valoración de la vida y tantos otros. Sugerir lo opuesto, como lo hace, es puro racismo envidioso, de la misma calaña de quienes afirman que los africanos tienen cerebros inferiores, o que los asiáticos nacieron para servir de esclavos o que los europeos son la raza superior. Es ésta una suerte de parodia de la ciencia hitleriana, pero dirigida únicamente contra árabes y musulmanes, y deberemos ser muy firmes para ni siquiera hacer el intento de argumentar en su contra. Es la más pura babosada.

Por otra parte, está la mucho más creíble y seria estipulación de que, como cualquier otra instancia de lo humano, la vida de árabes y musulmanes tiene un valor y una dignidad inherentes, según lo expresan los árabes y musulmanes en su estilo cultural único, que no requiere parecerse o ser copia de ningún modelo aprobado y conveniente para que todo mundo lo obedezca.

El punto central de toda la diversidad humana es a fin de cuentas una forma de coexistencia entre los muy diferentes modos de la individualidad y la experiencia que no pueden reducirse a ninguna forma superior: reducir esta coexistencia es el espurio argumento que nos encajan los corifeos que gimotean por la supuesta falta de desarrollo y conocimiento en el mundo árabe. Basta mirar la gran variedad de literatura, cine, teatro, pintura, música y cultura popular producida por los árabes, de Marruecos al Pérsico. Claro que esto debe evaluarse buscando indicios de si los árabes están o no desarrollados, y no sólo calculando a partir de los cuadros estadísticos de la producción industrial, pues estos pueden mostrar un nivel apropiado de desarrollo o puro fracaso, según el día.

El punto más importante que quiero enfatizar, sin embargo, es que existe hoy amplia discrepancia entre nuestras culturas y sociedades y el grupito de gente que ahora gobierna estas sociedades. Rara vez en la historia se ha concentrado tanto poder en un pequeñísimo grupo de reyes, generales, sultanes y presidentes que el que rige hoy sobre los árabes. Lo peor de ellos como grupo, casi sin excepción, es que no representan lo mejor de su pueblo. No es éste un mero asunto de falta de democracia. Es el hecho de que subestiman tan radicalmente a su pueblo que se cierran y se tornan intolerantes y temerosos de cambios. Tienen miedo de abrir sus sociedades a su pueblo, están aterrados, sobre todo de lo que pueda enojar al gran hermano, es decir, Estados Unidos. En vez de ver a sus ciudadanos como la riqueza potencial de la nación, los consideran conspiradores culpables de buscar el poder del gobernante.

Este es el gran fracaso. Durante la terrible guerra contra el pueblo iraquí ningún líder árabe tuvo la dignidad o la apostura de decir algo acerca del pillaje y la ocupación militar de uno de los países árabes más importantes. Está bien, fue excelente que haya terminado el apabullante régimen de Hussein, pero quién nombró a Estados Unidos mentor de los árabes. Quién le pidió que se apoderara del mundo árabe ilegalmente en nombre de sus ciudadanos y trajera algo que dicen es "democracia", especialmente cuando el sistema escolar, el sistema de salud, y toda la economía estadunidense se degenera y cae a los peores niveles alcanzados desde la de-presión de 1929. Por qué no se alzó la voz colectiva de los árabes contra la flagrante e ilegal intervención estadunidense, que provocó tanto daño e infligió tal humillación a la nación árabe. Es éste, de verdad, un fracaso colosal, en dignidad, solidaridad y nervio.

Ante toda esa palabrería de George W. Bush, que alega ser guiado por el todopoderoso, ¿hubo algún líder árabe que tuviera el coraje para decir que, por ser un gran pueblo, estábamos guiados por nuestras propias luces, tradiciones y religión? Pero nada, ni una palabra, mientras los pobres ciudadanos de Irak vivían las más terribles penurias y el resto de la región temblaba en sus botas colectivas, cada uno petrificado pensando que su país era el siguiente en la lista. Qué desafortunado el abrazo que el liderazgo combinado de los principales países árabes le diera la semana pasada a Bush, el hombre cuya guerra destruyó gratuitamente un país árabe. ¿No hubo alguien ahí que tuviera las agallas de recordarle que nadie antes de él hizo tanto por humillar y ocasionar sufrimiento al pueblo árabe? ¿Por qué siempre tienen que recibirlo con abrazos, sonrisas, besos y genuflexiones? ¿Dónde hallar el respaldo económico, político y diplomático necesario para sostener un movimiento contra la ocupación de las franjas de Cisjordania y Gaza? En cambio, todo lo que uno escucha es que los ministros extranjeros predican que los palestinos deberían cuidar sus modales, evitar la violencia, seguir negociando la paz, pese a que es tan obvio que el interés de Sharon por la paz está en nivel cero. No ha habido respuesta árabe concertada ante el muro divisorio ni los asesinatos, o ante el castigo colectivo. Unicamente algunos clichés cansados que repiten las muy gastadas fórmulas que les autoriza el Departamento de Estado.

Tal vez la cosa que más me golpea, por ser el punto más bajo de la incapacidad árabe para entender la dignidad de la causa palestina, se expresa muy bien con el estado de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).

Abu Mazen, figura subordinada y con poco respaldo político de su propia gente, fue elegido por Yasser Arafat, Israel y Estados Unidos para la tarea, precisamente porque no cuenta con base social, no es orador ni gran organizador, ni nada, excepto que es asistente dedicado de Arafat, y porque (me temo) ven en él al hombre que seguirá los caprichos de Israel. ¿Cómo pudo, incluso alguien como Abu Mazen, pararse ahí en Aqaba y pronunciar, como marioneta de ventrílocuo, las palabras que le escribiera algún funcionario del Departamento de Estado para condolerse del sufrimiento de los judíos y luego, qué sorpresa, no decir casi nada del sufrimiento de su propio pueblo a manos de Israel? ¿Cómo pu-do aceptar un papel de sí mismo tan poco digno y tan manipulado, y pudo olvidarse de su propia investidura como representante de un pueblo que ha luchado heroicamente por sus derechos por más de un siglo, nomás porque Estados Unidos e Israel le dijeron que debía hacerlo? Y luego, cuando lo único que dice Israel es que habrá un Estado palestino "provisional", sin arrepentirse del horrendo monto de daño que ha causado, sin que pesen los incontables crímenes de guerra ni el sadismo directo que significa una humillación sistemática de cada uno de los palestinos, sean hombres, mujeres o niños, confieso que ya no entiendo nada. ¿Por qué un líder o representante de un pueblo que ha sufrido hace tanto no parece darse cuenta? ¿Perdió ya por completo su sentido de dignidad?

¿Ya se olvidó de ello desde que dejó de ser un individuo para ser el portador del destino de su pueblo en un momento especialmente crucial? ¿Hay acaso alguien que no se encuentre amargamente decepcionado por este fracaso total, esta imposibilidad para aprovechar la ocasión y erguirse con dignidad -surgida de la experiencia y la causa de un pueblo- y dar testimonio de ella con orgullo, sin compromisos, sin ambigüedades, sin ese tono medio apenado, medio apologético que asumen los líderes palestinos cuando ruegan por un poco de bondad de algún padre blanco totalmente indigno?

Pero esa ha sido la conducta de los gobernantes palestinos desde Oslo, en realidad desde Haj Amin: una combinación de desafío juvenil fuera de sitio y la súplica plañidera. ¿Por qué se les ocurre siquiera que es absolutamente necesario leer guiones escritos para ellos por sus enemigos? La dignidad básica de nuestra vida como árabes en Palestina, por todo el mundo árabe y en Estados Unidos, es que somos nuestro propio pueblo, con herencia, historia, tradición y sobre todo un lenguaje que es más que adecuado para la tarea de representar nuestras reales aspiraciones, pues éstas se derivan de la experiencia del despojo y el sufrimiento que le fuera impuesto a cada uno de los palestinos desde 1948. Ninguno de nuestros voceros políticos -y esto es cierto de los árabes desde los tiempos de Abdel Nasser- habla nunca con respeto propio y con la dignidad de lo que somos, de lo que queremos, de lo que hemos logrado, de adónde queremos dirigirnos.

Sin embargo, lentamente, la situación cambia y el viejo régimen fabricado por los Abu Mazen y los Abu Ammar de este mundo cede terreno. Gradualmente será remplazado por una serie de líderes emergentes en todo el mundo árabe. El más promisorio es el que construyen los miembros de la Iniciativa Nacional Palestina (INP): son activistas de base cuya principal actividad no es empujar los papeles por el escritorio, ni hacer malabares con cuentas de banco, ni buscar periodistas que les presten atención. Vienen de las filas de los profesionistas, las clases trabajadoras, los jóvenes intelectuales y activistas, los maestros, los médicos, los abogados, la gente que trabajando ha mantenido a la sociedad en movimiento, mientras se defienden de los ataques diarios de los israelíes. A diferencia de la ANP, que tiene la idea de que la democracia es estabilidad y seguridad para ella misma, son personas comprometidas con un tipo de democracia y participación popular nunca soñada por ésta. Los miembros de la INP ofrecen servicios sociales a los desempleados, salud a quienes no cuentan con seguro médico y a los pobres, una educación secular apropiada para una nueva generación de palestinos que deben aprender las realidades del mundo moderno, no sólo el valor extraordinario del antiguo. Avizorando tales programas, la INP estipula que deshacerse de la ocupación es el único camino, y para lograr tal cosa debe elegirse libremente un liderazgo nacional unificado y representativo, que remplace a los anquilosados, a los caducos, desterrando la ineficacia que plagó a los líderes palestinos todo el siglo pasado.

Sólo si nos respetamos como árabes y estadunidenses, y entendemos la dignidad y justicia verdaderas de nuestra lucha, y sólo entonces, podremos valorar por qué, casi a pesar nuestro, tanta gente en el mundo, incluidas Rachel Corrie y las dos personas jóvenes del Movimiento de Solidaridad Internacional heridas con ella, Tom Hurndall y Brian Avery, sienten posible expresar su solidaridad con nosotros.

Concluyo con una última ironía. ¿No es sorprendente que todos los signos de solidaridad popular que recibe Palestina y los árabes ocurra sin que exista un gesto comparable de solidaridad y dignidad de nuestra parte? ¿No es ya tiempo de ponernos a mano con nuestros propios criterios y asegurarnos de que nuestros representantes aquí y en otros lados comprendan, como primer paso, que luchan por una causa justa y noble y que no tienen por qué disculparse ni apenarse de nada? Por el contrario, deberían estar orgullosos de lo que su pueblo ha hecho y estar orgullosos también de representarlo.

 

* Intelectual de origen palestino-estadunidense, premio Príncipe de Asturias por su labor en favor de la pacificación en Medio Oriente y profesor de literatura en la Universidad de Columbia
 
 

© Edward W. Said

Traducción: Ramón Vera Herrera

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