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P O L I T I C A
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México D.F. Domingo 3 de agosto de 2003

Juan Saldaña

Recuerdos del porvenir

El grupo de amigos a quienes nos tocó en suerte compartir aquellos años de aprendizaje y experiencias en diversos desempeños técnicos y administrativos en la Secretaría de Educación Pública (SEP) nunca la vamos a olvidar. No vamos a olvidar su imagen regordeta y cordial, conversando con quien cayera, en las largas horas de ocio, sus horas, transcurridas entre los viejos muros y escalinatas de cantera de la vieja secretaría, allá, en Argentina y González Obregón.

Al paso de los meses y, después, de los años, la maestra Oropeza se fue convirtiendo, por su propio designio, en parte destacada del paisaje cotidiano en los patios de la secretaría. Cordial y amigable, desde el primer encuentro la maestra Oropeza sabía ilustrar el entendimiento de sus eventuales interlocutores con una larga y pormenorizada relación de sus andares.

Narraba la maestra Oropeza, a su involuntario oyente, que había llegado a México después de un largo y accidentado trajinar por innumerables oficinas administrativas de la secretaría en su natal Chihuahua. Maestra normalista de enseñanza primaria, egresada de alguna normal rural de su tierra, después de algunos años de servicio se había visto forzada a interrumpir su trabajo como maestra de banquillo en algún aciago mes en el que sus pagos quincenales se habían interrumpido inopinadamente. Una quincena de tantas, simple y llanamente, no había llegado el cheque. El cartón largo y perforado conteniendo su nombre y su clave numérica no estaba en la valija de la SEP que distribuía, con relativa puntualidad, los salarios magisteriales, desde la capital del estado hasta los más remotos planteles en pueblos y villorrios de la sierra.

La maestra Oropeza había iniciado, desde aquella fecha, un dilatado trámite, desde la supervisión magisterial en su municipio hasta las oficinas generales en la capital del estado. Apoyada en nombramientos y constancias de labores, ilustrando sus reclamos con talones de cheques anteriores y con testimonios verbales de colegas maestros, de padres de familia e incluso con el confuso apoyo de los escolapios bajo su dirección, la maestra Oropeza fue tejiendo, día a día, la historia surrealista de sus empeños. Viajó, en repetidas ocasiones, entre oficina y oficina, de un lado al otro de su estado. Agotó posibilidades y paciencias. Exprimió, hasta las heces, la vetusta y casi inexistente estructura administrativa de la secretaría en la entidad. La maestra Oropeza reclamando su pago recorrió, palmo a palmo, los oscuros caminos de la burocracia educativa regional.

Transcurrieron los meses y, después, los años. Al agotarse las instancias estatales que por inexplicadas razones negaron a la maestra Oropeza la anhelada solución de sus empeños, nuestra docente amiga hubo de trasladarse a México a fin de acometer, ante las instancias superiores de la SEP, un nuevo periplo de reclamos, más comprobantes y demostraciones; más horas del día de pie ante la ventanilla proverbial; más horas de tedio y desencanto.

Por alguna razón conjetural que nunca quedó clara para quienes conocimos el caso de la maestra Oropeza, su problema, hasta donde sé y conozco, nunca obtuvo solución. Años después de conocer a la maestra, quienes compartimos el interés por sus empeños nos preguntamos, en ocasiones repetidas, sobre su vida, su familia; su supervivencia acá en la capital, porque, Ƒcómo era posible que al paso de los meses y los años, su risueña figura continuara encontrándonos en los corredores de la SEP? ƑCómo era posible que a tiempo y a destiempo, la maestra Oropeza continuara con sus trámites insolutos, deteniéndose en veces por los pasillos del viejo edificio, sólo para ofrecernos la versión cotidiana de sus infortunios? ƑCómo y por qué pasaba esto?

Nunca obtuvimos las respuestas, pero justo resulta el reconocer que nunca alguno de nosotros, quienes conocimos las versiones que la maestra Oropeza nos propinaba de su caso, nunca nos preocupamos por ir al fondo de la cuestión. Nunca lo conocimos de verdad y es que quizá nunca deseamos realmente conocerlo. De tal manera habíamos terminado por identificar a la maestra Oropeza como parte insustituible de nuestro paisaje laboral que dejamos de concebirla como agente tramitador de sus problemas. Ella había terminado por pertenecernos. Era ya parte de nuestra vida cotidiana.

Años después sobrevino la diáspora de los compañeros de trabajo. Cada uno de nosotros marchó hacia sus intereses y hacia la satisfacción de sus necesidades. De tiempo en tiempo, en comidas y encuentros compartidos, nosotros, los antiguos compañeros de la SEP, aún nos preguntamos sobre la suerte que haya corrido la maestra Oropeza.

De tiempo en tiempo también, y al paso de los años se me ocurre que quizá la maestra Oropeza nunca existió. Que la regordeta docente de mis recuerdos en realidad constituye una sorprendente ficción, que representa en involuntaria y emblemática visión la dura realidad del mexicano. El mexicano formado en ventanillas. El mexicano que espera solución. El mexicano que, hasta ahora, espera en vano soluciones. Porque, Ƒcuántas maestras Oropeza forman actualmente la larga y nutrida fila de reclamos?

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