La Jornada Semanal,   domingo 7 de septiembre  del 2003        núm. 444
Roberto Garza Iturbide

Recuerdo futuro del 11-S

El 11 de septiembre es una fecha imposible de olvidar. Los que observamos aquella mañana, en vivo y en directo, el impacto del Boeing 767 contra la Torre Sur del wtc de Nueva York y el posterior desplome de ambas estructuras, nunca olvidaremos esas imágenes. Ahora que lo menciono, debo confesar que en los meses posteriores a los atentados, cuando veía un avión sobrevolando la ciudad, imaginaba –en automático, sin poder evitarlo– que había sido secuestrado por un comando de terroristas suicidas que tenían como objetivo la Secretaría de la Defensa o Los Pinos. Al margen de mi debrayada apropiación traumática del suceso, lo cierto es que en veinte, cincuenta o cien años, el 11-S seguirá siendo un referente inevitable en la historia mundial. Lo tenemos tatuado en la memoria.

Fechas así hay pocas: sin irme tan atrás, puedo mencionar el 28 de junio de 1914, día del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, y el 6 de agosto de 1945, día de la explosión atómica en Hiroshima. Una marcó el inicio de la primera guerra mundial; la otra, el término de la segunda y, de paso, el despertar de la era nuclear y la Guerra Fría. No por nada el historiador Eric Hobsbawm ubica el principio del siglo xx en 1914, con el asesinato del heredero del imperio austrohúngaro y lo culmina en 1989, con la caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la urss. Si existe un punto de acuerdo entre los estudiosos del pasado, es que 1914, 1945 y 1989 son fechas que trazaron un antes y un después en el curso de la historia.

¿Es el caso del 11-S? Sin duda. Pero aquí la pregunta es otra: con el paso del tiempo, digamos, un par de décadas, ¿cómo recordaremos el 11-S? La respuesta dependerá, porque así funciona la historia, del tipo de reacciones que genere o, en otras palabras, de lo que suceda en consecuencia durante los años venideros.

Si el 11-S, y la respuesta bélico-represiva del gobierno estadunidense en estos dos años, provocan en la comunidad internacional una profunda toma de conciencia –con las medidas correctivas que ello implica– sobre las causas de fondo que originaron el sentimiento de odio en contra de Estados Unidos y todo lo que representa, posiblemente será recordado como el inicio de un periodo de paz y justicia. Sería el triunfo de la razón práctica sobre la barbarie capitalista, y el mejor de los escenarios.

En contraparte, si prevalece el afán de convertir al 11-S en pretexto y génesis de una revancha militar a gran escala –inspirada en los ideales suprematistas de Estados Unidos y sus aliados, en particular Israel– que provoque nuevos y cada vez más complejos escenarios de violencia y terror, tal vez ni siquiera vivamos para recordar. Sería el triunfo de Ares, el cruel dios de la guerra.

Sin proyectarnos a futuro, ¿qué significa hoy día el 11-S para la gente común de este planeta? Es decir, a dos años de distancia, ¿qué representa para el grueso de la población mundial, para los que no padecen el manipuleo de las grandes cadenas angloparlantes, para los que nada tienen que ver con el cuestionable interés nacional de la superpotencia? De entrada, nadie en su sano juicio o medianamente informado se aprovecha de esta fecha para cometer un crimen de odio en contra del vecino árabe, ni siente ganas de salir a la calle vestido con un ridículo atuendo de barras y estrellas, y con una enorme pancarta que diga: "Bush: el 11-S no se olvida. Los ciudadanos del mundo te pedimos que aniquiles a los enemigos de la libertad antes de que ataquen de nuevo."

¿Será que en el imaginario mundial, el 11-S, en lugar de un ataque contra "la libertad del pueblo estadunidense", simboliza un sublime acto de justicia, un merecido contraataque a un país que ha humillado y maltratado a tantas naciones (y que, según vemos, lo seguirá haciendo)? Posiblemente la gente aprendió a separar la condena al acto terrorista del sentimiento de justicia. "No estoy de acuerdo con el terrorismo, pero estos ojetes se lo ganaron a pulso", piensan millones. "Lo tenían bien merecido", vituperan otros. "El que la hace la paga", dicta el refrán. "¿Qué no se han dado cuenta? ¡Fue un autoataque!", gritan los teóricos de la conspiración. Y va la afirmación más recurrente y escuchada en los espacios de opinión pública: "Con el pretexto de la guerra contra el terrorismo declarada tras los sucesos del 11-S, Bush invadió Irak para apoderarse de las reservas de petróleo y establecer nuevas bases de control militar en Medio Oriente." ¿Sabiduría popular, intuición colectiva, o simples suposiciones sin fundamento?

La reacción y las consecuencias. Tras observar que la ofensiva militar en Afganistán sólo contribuyó a mitificar la figura de Bin Laden, y constatar que la invasión a Irak fue un capricho imperialista sin sustento legal, para el cual incluso se falsificaron documentos de inteligencia, el sentimiento antinorteamericano (y anexas) se intensifica en el mundo árabe musulmán y la credibilidad del presidente Bush (y del británico Tony Blair) se desploma en pedazos, igual que las Torres Gemelas de Nueva York.

La historia se escribe con hechos. Para desgracia de quienes lo sufrieron, el recuerdo del 11-S está íntimamente ligado a la vil ambición de poder, a la muerte de civiles inocentes, al dolor de los refugiados, a los juicios sumarios, a los abusos, a la pérdida de las libertades civiles, a la violación de los derechos humanos, a la autocensura informativa, a la visión maniquea de aliados y enemigos, a las amenazas, el miedo, las mentiras, el engaño y el odio. A la guerra, pues. 

¿Quién lo asocia con el esfuerzo multilateral para corregir las causas y terminar con el terror? Nadie. Nos encaminamos al peor de los escenarios, a uno en el que impera la violencia en lugar de la razón y el derecho.

Si esto es lo que estamos viviendo apenas dos años después, ¿qué representará el 11-S en diez, veinte o treinta años?