300 ° DOMINGO 21 DE SEPTIEMBRE  DE 2003
Una entrevista con Carlos Monsiváis
La prensa en México:
entre la confusión y el aturdimiento

ARTURO CANO

La ausencia de puntos de vista de la nueva clase política ha “confundido” a la prensa, por otro lado aturdida debido a su “desconocimiento de las tradiciones del diálogo”.
El cronista Carlos Monsiváis responde a un cuestionario a propósito de la aparición de su nuevo libro –en coautoría con Julio Scherer García–, Tiempo de saber. Prensa y poder en México (Aguilar, 2003).
"Por demasiados años, juzga Monsiváis, la prensa se ha dirigido a su público real y potencial con paternalismo, engaños, autoritarismo, dogmatismo, mentiras burdas y autoencomio (Excepciones, ¡felicítanse!). Y convencer a los lectores, previa información de primer orden, de la necesidad de involucrarse con lo que se conoce y se denuncia, requiere de mayor energía interna de la hoy disponible"

–ERICK TORRICO CARACTERIZA “tres posturas típicas” de los medios en la etapa predemocrática latinoamericana —la del compromiso con el establishment, la de la militancia izquierdista de cuño dogmático y la del “negocio independiente”. Afirma, asimismo, que tales posturas ya no se corresponden con las sociedades latinoamericanas actuales.

¿Están los medios mexicanos –y particularmente la prensa– en condiciones de iniciar un ejercicio “que abra canales equilibrados para la interacción de los actores de la sociedad, ayude responsablemente a transparentar la gestión pública, desarrolle su agenda sin desvincularse de los temas de interés colectivo y aliente la intervención activa y documentada de los ciudadanos en la deliberación sobre los asuntos de afectación generalizada”?

–La clasificación de Erick Torrico tiene para mí un inconveniente muy notorio, y no sólo en el caso de México. El "negocio independiente" de la prensa ha dependido la inmensa mayoría de las veces de las buenas relaciones entre gobiernos y dueños de las publicaciones, lo que hacía radicar su autonomía en lo habitual, no el apoyo de los lectores sino la negociación con el Establishment. Luego de esta salvedad, intento una respuesta.

Los Medios mexicanos, en particular la prensa –y ojalá la generalización distraiga de la contradicción– están y no están en condiciones de iniciar o de proseguir el ejercicio crítico que abarque los poderes reales y formales de la República, y que estimule la participación ciudadana. Intento explicarme. Sí están en condiciones, por requerirlo así varios factores: la competencia de las publicaciones entre sí y con la televisión; el desplome de los prestigios de las clases dominantes; la demanda de los lectores que, si lo son de veras, ciudadanizan su relación con diarios y revistas; la certidumbre de los periodistas, ya convencidos de la imposibilidad de retornar a las viejas prácticas; y por último y no al último, los ofrecimientos del Internet que desbordan las estrategias del aislacionismo. Todo esto obliga a responder a los lectores de acuerdo a sus necesidades informativas y sus ideas previas de la política.

Al mismo tiempo, la prensa sólo parcialmente logra responder al desafío crítico por la falta de claridad política (ideológica, cultural, social), que priva en el país, y que, naturalmente, afecta también a los periodistas. Ya no está, en efecto, el Único Lector, esa Gran Referencia hegemónica hasta el año 2000, que orientaba a favor o en contra las convicciones de la oposición y de la opinión pública. Además de la legitimidad electoral, el gobierno de Vicente Fox no dispone de elementos sólidos de credibilidad. La mayoría de sus altos funcionarios vienen de y se dirigen a la derecha confesional, y sin embargo en ellos imperan la ineficacia, el pasmo y el desconcierto muy por encima la mochería. Dicho con refrán instantáneo, ignorancia y torpeza matan fanatismo. En un país decididamente laico, secular, el conservadurismo gubernamental hace daño pero no provoca la involución de la sociedad, y a partir de este hecho, el gobierno de Fox y Fox mismo pierden su sentido de orientación. Quieren el poder para gozarlo desde luego, pero también con el objeto de reintegrar al pueblo a "la moral y las buenas costumbres", y no saben cómo. Reparten los puestos entre los derechistas probados, pero no ejercen con mínima destreza las funciones a su cargo, porque lo suyo nunca ha sido el arte del buen gobierno. Así, quieren administrar las decisiones y no conocen las leyes y las realidades sociales y económicas del país y del mundo.

A la prensa la ha confundido esta ausencia de puntos de vista. Y, también, en su propio desarrollo, la aturde su desconocimiento de las tradiciones del diálogo. Por demasiados años, la prensa se ha dirigido a su público real y potencial con paternalismo, engaños, autoritarismo, dogmatismo, mentiras burdas y autoencomio (Excepciones, ¡felicítanse!). Y convencer a los lectores, previa información de primer orden, de la necesidad de involucrarse con lo que se conoce y se denuncia, requiere de mayor energía interna de la hoy disponible.

–Durante décadas, la prensa sólo se dirige al Lector Que Importa, el presidente de la República. ¿Asistimos a una multiplicación de los Lectores Que Importan en la medida que la prensa habla sólo a los “factores de poder” –la clase política, los empresarios, la jerarquía católica, las figuras de los medios electrónicos? ¿Sigue, en esa línea, sin tener importancia el lector a secas?

–Se multiplican los lectores y, también, la certeza casi absoluta de que la clase política, ese conjunto azaroso de ruinas y apetencias, no lee y en verdad no le concede importancia a la letra escrita. No sólo Fox se abstiene de cualquier página; por lo visto, la condición de político y/o funcionario hace desistir de la lectura o la lleva a sólo localizar los agravios y, desdeñándolas en el fondo, las alabanzas. Así por ejemplo, ningún jerarca eclesiástico lee en rigor la prensa, y para arribar a esta conclusión me fío de sus declaraciones, donde jamás toman en cuenta el debate real, al que responden como si en el mundo sólo ellos hablaran. Su desinformación, si así queremos llamarla, es penosa. Los empresarios, con escasísimas excepciones, sólo declaran lo ya declarado y lo que seguirán declarando, y otro tanto puede decirse de las figuras de los medios electrónicos, aunque la politización de algunos artistas es un hecho muy positivo (Digamos, las palabras de Gael García Bernal en la entrega de los Oscares).

El lector a secas es fundamental, en la medida en que se obliga a sí mismo de modo constante a revisar sus ideas y creencias. Esto no lo hacen los poderosos, y ésta es la mejor vía del empoderamiento de los lectores, que toman los poderes a su alcance. Éste sería el razonamiento: "No sólo no les creo a los políticos, también, no quiero que me contagien de su deterioro cultural y su desastre lógico". Y sin los lectores como factor de poder, la prensa no sobrevive, porque ellos son su vínculo primordial con la realidad. Paradoja del 2003: con sólo los lectores críticos las publicaciones no van muy lejos; sin ellos no se va a ningún lado.

–En las últimas décadas se han fortalecido experiencias periodísticas regionales. ¿Pueden constituir, en el futuro cercano, un contrapeso a la fuerza todavía indiscutible de la llamada prensa “nacional”? ¿O eso sólo ocurrirá en la medida en que México abandone su condición de país centralista?

–El centralismo es la pesadilla circular o la prisión determinista de México. Y queriéndolo o no, la prensa "nacional" (las comillas no disminuyen las pretensiones pero señalan los límites) ha impulsado gozosamente el centralismo. A esto responden las publicaciones regionales, de las que El Norte es ejemplo insustituible. Pero no obstante los avances, y la afirmación de lo necesario de la prensa regional, suelen faltar también criterios más nacionales y globales y una secularización a fondo. Con frecuencia se combate el centralismo con el aislacionismo autosatisfecho, y, además, el conservadurismo y la puerilidad de las páginas de sociales lo retroceden todo al sublime momento en que el primer cursi inventó el primer halago al Señor Gobernador entre bendiciones del Señor Obispo.

Si a la prensa "nacional" le urge despojarse de las comillas y de su prepotencia, a la prensa regional le hace falta una mucho mayor integración cultural. Al centralismo nada más lo puede vencer la estrategia conjunta de las regiones y el Centro.

–A la luz de los cambios producidos por la irrupción de las nuevas tecnologías, y de la apertura de espacios de libertad de expresión antes impensables, etcétera, ¿qué significa que, en lo esencial, los dueños de los medios sigan siendo los mismos de la época de la censura priísta?

–Que los dueños de las publicaciones sean por lo común los mismos empresarios de la Era del PRI, es un hecho que o se traduce en una política de engaños que presume de "actualizarse", o señala las ventajas de la libertad de expresión, ventajas a fin de cuentas también económicas. Los cambios sociales quebrantan los hábitos de los empresarios de prensa, y, por lo menos, hacen imposible el retorno al monolitismo político, que extirpaba la información juzgada por ellos "intolerable". Los dueños son los mismos, pero los lectores ya no, y eso lo cambia todo.

–Algunos críticos de la prensa mexicana señalan entre sus defectos el papel estelar que da a los personajes sobre los partidos, a la nota escandalosa sobre los hechos, al “fuego amigo” o enemigo entre candidatos o políticos. De ser así, ¿la prensa alimenta la desconfianza sobre sí misma y el descrédito de los partidos y los procesos políticos (el desprecio a la política y quienes la practican)?

–La pregunta obliga a la generalización, tarea gratamente ingrata. En efecto, la prensa mexicana, sobre todas las cosas, cree en el poder visible y escudriña con fervor y regocijo todos los actos políticos. Ya no es presidencialista, pero sigue acechando los niveles de las que en la práctica califica de claves de la existencia nacional. El juego no es muy ameno. Se desacredita a la política pero no suelen admitirse otros temas de conversación, se toma a todos los poderosos como corruptos, pero se les sigue entrevistando y considerando como si no lo fueran. Y si la prensa no alimenta la desconfianza sobre sí misma, sí devalúa y a diario sus temas y sus páginas. La diversidad también se aplica a las agendas del lector.

–En algunas partes de su libro subraya el creciente peso del reportaje de investigación –acaso en detrimento de las columnas. ¿Cuál es la razón, en esa perspectiva, de que, uno tras otro, los diarios nacionales hayan abandonado sus intentos de sostener unidades de investigación?

–Respondo en términos generales, porque lo otro, la especificación, demanda más tiempo y espacio y no corresponde a una entrevista. Desde luego, las unidades de investigación cuestan mucho, y requieren de la decisión firme de no negociar sus resultados. Pero el costo de este olvido o desistimiento profesional es inmediato. Sin el reportaje de investigación, las publicaciones se vuelven satélites del peor lugar común. Si ya de por sí el cúmulo de opiniones y declaraciones de banqueta no dejan ver ni los árboles ni el bosque, sin reportajes de investigación todo se vuelve un "Se me ocurre que..."

–Hablemos de géneros. ¿Ha muerto la columna? ¿Cómo distinguir en el ejercicio reciente de la prensa el “reportaje de investigación” del imperio de la filtración? Los muy perceptibles cambios en los usos y costumbres de la prensa ¿han minado la tendencia al periodismo de declaraciones? ¿Cuál es el estado de salud de la crónica?

–La columna ni ha muerto ni goza de cabal salud. Su auge correspondió a otro momento, y en la Era del PRI transmitió enfebrecidamente los mensajes de los muy poderosos y prodigó chantajes. Ahora, las columnas que persisten (es decir, que se leen) recurren al archivo en lo básico, investigan y buscan contextualizar los chismes (aunque un chisme que necesita contexto es, me parece, de segundo orden y sin posibilidades literarias.) El mayor inconveniente es de espacio. Ahora, la columna puede ser en ocasiones una cripta de la Basílica, en el sentido de su fijeza multisexenal, y por eso muchos reporteros recurren a las declaraciones con tal de llamar la atención ya que, previsiblemente, nunca tendrán las ventajas de una columna. En cuanto a la crónica, las exigencias literarias que conlleva y el espacio amplificado que necesita, la han relegado al pintoresquismo.

–¿En qué medida el boom de las carreras de comunicación en las universidades favoreció al gremio periodístico? ¿En qué medida esta irrupción de los jóvenes universitarios en los medios ha contribuido a transformar las instituciones periodísticas? ¿Hay una nueva generación de periodistas, no en sentido cronológico sino de su influencia en los medios?

–La sobreabundancia de egresados de Comunicación es un hecho determinante e inevitable. Sin embargo, al coincidir su llegada con la de la nueva tecnología, es imposible saber qué tanto se debe a los comunicólogos la transformación de los Medios. Los egresados de Ciencias de la Comunicación se han puesto al día con rapidez, entienden la vastedad de opciones, no se aferran a las mañas clásicas. También, no suelen tener mayor aprecio por el idioma, se especializan en demasía y su informante casi único es el Internet. Si éstas son generalizaciones, lo cierto es que el gran cambio lo da la tecnología, la influencia mayor.

–¿De qué maneras se ha renovado la autocensura? ¿Le parece cierto que muchos jóvenes –y no tanto– periodistas no saben cómo actuar en un escenario político de transición, acostumbrados durante mucho tiempo a “culpar” de todo a los dinosaurios del PRI?

–En la prensa "nacional" la autocensura tiene que ver en lo básico con el temor de muchos grandes empresarios a que el gobierno intervenga en sus otros negocios y les aplique auditorías. Es evidente que el PRI facilitaba los puntos de vista, ya que por sus dimensiones era el enemigo único. Ahora, además del PRI, cuyo deterioro inmenso es un autoritarismo en la oscuridad, la prensa debe responder a la ultraderecha y sus yunques; a los obispos y su cruz de inocencias teatrales, excomunión de condones y condenaciones a cuestas; a la derecha y su catálogo de prohibiciones y transas; a la izquierda partenogénica; a la ultraizquierda ansiosa de asumir la hegemonía moral para condenar a todos machete en alto; al protagonismo que es ya el estanque colectivo de Narciso, etcétera, etcétera. Y para los periodistas acostumbrados a la horrenda monotonía del PRI, en la variedad está el disgusto.