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México D.F. Jueves 16 de octubre de 2003

Octavio Rodríguez Araujo

Los cuentachiles

La política en México comienza a calentarse. Corrijo: Fox la está calentando como lo ha venido haciendo Sánchez de Lozada en Bolivia. Confiemos en que nuestro gobernante sea más inteligente que el boliviano, y menos terco.

Las políticas en la seguridad social, la ofensiva a los jubilados y a quienes tienen derecho a pensionarse, el tema de los energéticos, las propuestas fiscales y los próximos debates sobre el presupuesto federal para 2004 son temas candentes que están en la discusión y que también están convocando a la sociedad a participar, so pena de que el día de mañana se desayune con la noticia de que el país ya ha dejado de serlo y que se ha convertido en una gran empresa maquiladora para beneficio del capital trasnacional en busca de insumos baratos, incluida la mano de obra o, más bien, empezando por ésta.

Las mentes más lúcidas del planeta, incluso de la derecha moderada, han llegado a la conclusión de que el capitalismo debe recomponerse y dar un verdadero respiro a los pobres. Si hace unos años los pobres eran prescindibles para el capital, en la actualidad ya no lo son. Los fabricantes y los comerciantes requieren más consumidores, pues si no los consiguen no tendrán a quién venderle sus productos. Esto, tan simple, no lo han entendido los tecnócratas mexicanos: insisten en continuar con las políticas que estaban de moda en los años ochenta del siglo pasado. Quieren seguir desmantelando sindicatos, disminuirles sus contratos de trabajo, aumentar la edad de jubilación, mantener los salarios por debajo de los crecimientos inflacionarios, homogenizarlos hacia los mínimos, al mismo tiempo que se favorece la concentración de la riqueza.

Se insiste, asimismo, en privatizar lo público desdeñando absolutamente las amargas experiencias que ya se han tenido incluso en países desarrollados. No se ha querido entender que los impuestos sirven para disminuir las injusticias generadas por la acumulación de capital y por la explotación de mano de obra, para distribuir en lo posible la riqueza y lograr una menor desigualdad. Tampoco han caído en la cuenta de que la criminalidad ha aumentado a ritmo semejante al de la pobreza, y al aumentar el número de policías y de tecnología represiva (con muy alto costo para la nación), se sorprenden de que apenas han terminado de tapar un hoyo aparecen dos más.

Hay ecuaciones que, por lo visto, son demasiado complejas para los técnicos del gobierno. Pongamos un ejemplo, que obviamente no entendieron Bánzer ni Quiroga ni Sánchez de Lozada en Bolivia: si se les quitan las tierras a los campesinos o se les obliga a competir con tecnologías agrícolas a las que no tienen acceso, sin que simultáneamente se les ofrezcan otras opciones de vida digna, es evidente que el resultado será mayor desempleo y un enorme crecimiento de parias en busca de oportunidades para sobrevivir, aunque no sean lícitas.

Otra ecuación, igualmente elemental: si más de 90 por ciento de la fuerza de trabajo está empleada en micro, pequeñas y medianas empresas, resulta también evidente que al concentrarse el capital y al apostarse a las exportaciones para el mercado mundial los principales empleadores mexicanos tendrán que cerrar sus negocios y el desempleo aumentará. Al sumar el resultado de ambas ecuaciones sólo puede obtenerse un dato: más pobres. No es difícil entender, Ƒo sí?

Cuando todavía estaba de moda el marxismo se sabía que el Estado en los países capitalistas era una necesidad para garantizar la reproducción del capital. Los no marxistas también lo entendieron. Si no hubiera sido así no se habría explicado el intervencionismo estatal (incluso en los países de mayor tradición liberal) como consecuencia de la gran crisis de 1929. Había que salvar el capitalismo, aunque algunos capitalistas salieran perjudicados. Aquella crisis fue de sobreproducción, ahora estamos en vías de otra muy semejante: hay sobreproducción de bienes para el nivel de consumidores que dejó como saldo la globalización neoliberal. De aquí que sea una necesidad para el capitalismo, para su supervivencia, que los pobres sean menos pobres, es decir, consumidores. Este sería el papel del Estado, pero tampoco lo entienden los tecnócratas, y menos los empresarios cuentachiles que unos supuestos headhunters propusieron para el gabinete de Fox.

El presidente y sus colaboradores siguen pensando en términos empresariales: buscar la mayor ganancia para su empresa, sin importar las consecuencias sociales. Pero, por lo visto, no han reparado en un problema: Ƒaceptarían que en sus empresas unos trabajaran y otros anduvieran deambulando por los pasillos buscando la manera de no morir de hambre? Obviamente no, pero sí lo permiten en México, en el país que mal gobiernan y que equivocadamente considera su empresa.

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