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México D.F. Lunes 3 de noviembre de 2003

Sólo siete fueron para el sepulcro de María Sabina

Cientos de miles de velas iluminaron los panteones de Huautla de Jiménez

LEONIDES SANDOVAL C. ESPECIAL

Huautla de Jimenez, Oax., 2 de noviembre. La madrugada del sábado y domingo, los dos panteones de esta ciudad indígena brillaban. Cientos de miles de velas combatían la obscuridad e "iluminaban el camino de los difuntos", según la creencia popular, aquí tan arraigada.

Desde la media noche, decenas, más tarde cientos, y por último miles de personas cumplieron el ritual de colocar cirios sobre las tumbas de sus difuntos: ayer, para quienes murieron niños, y hoy, para los adultos.

La prendida de velas es la culminación del homenaje que cada año los habitantes de Huautla realizan a sus muertos. El pasado comenzó hace unos 15 días, cuando fueron colocadas las ofrendas en cada casa. Son mesas llenas de los alimentos que más gustaron a los que ahora "regresan", además de licor o cigarros, dependiendo el caso. Los muebles están cubiertos de tamales, panes, café, frutas y guisados, entre ellos platos con mole y platillos típicos de la región. Las mesas están adornadas con dos arcos de carrizos que, según la cosmogonía indígena, representa el universo. Y mucho, mucho cempasúchil.

Luego el 27 de octubre, durante siete días que culminan hoy, pequeños grupos de personas acuden a los panteones, donde se disfrazan: máscaras y anchos sombreros, camisas y pantalones raídos, cualquier traje viejo es útil. De ahí se van a los barrios y acuden casa por casa, "en representación de los muertos", a contar las historias de su vida en el más allá.

Son los huehuentones, o huehuenches, como se les conoce en algunas localidades del estado de México. Su nombre significa viejos muertos. Cantan, bailan, tocan el tambor y la armónica, dialogan con los miembros de la familia a los que relatan sus pormenores en el más allá. Aceptan el licor que les ofrecen y esto causa que muchos no terminen la jornada para la que fueron convocados.

Pero la víspera de los dos últimos días, es decir viernes y sábado, exactamente al mediodía, cientos de cohetes inundan el espacio y esparcen pólvora y sonido en el cielo. Son los llamados para acudir a los panteones a limpiar las tumbas y a prender las primeras velas. Durante cuatro o cinco horas los deudos vigilan que no se apaguen, las cubren si hay lluvia o viento, las levantan si se despegan de la lápida y, cuando ya sólo queda un cabo, las recogen y regresan a casa.

Finalmente, las madrugadas del sábado y domingo miles de habitantes regresan a los panteones y vuelven a prender más candelas. Desde las tumbas emergen miles de luminosidades que duran otras cuatro o cinco horas.

No obstante la alegría que se forma alrededor de las tumbas, la de María Sabina es quizás una de las más tristes. Sus familiares no han colocado ni un cirio. En el crepúsculo del sábado, sólo tres visitantes llegaron a depositar, en total, siete velas sobre el sepulcro de "la abuelita de todos los mazatecos", como la calificó uno de ellos. Cerca de allí uno de sus nietos, Filogonio García, dice que no puede dar entrevistas porque "estoy tomando una cerveza; más tarde, con gusto, pero te cuesta 500 pesos".

Debido a que la presidencia municipal está ocupada desde hace más de mes y medio por un grupo de opositores al titular, Camilo García, este año no hubo ni concurso de huehuentones ni de ofrendas, ni siquiera el "ya tradicional" baile de calaveras que, dinero de por medio, pone a danzar a los más paganos, los menos, los que prefieren ir a zapatear que a velar.

Una vez concluida la fiesta, sólo los aparatos de sonido caseros repiten, insistentes, las melodías que pregonan los huehuentones, en mazateco, por supuesto.

Es un año más para los muertos, un año menos para los vivos.

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