309 ° DOMINGO 23 DE NOVIEMBRE DE 2003
 Entre el "bono demográfico" y las remesas
Ganancias y pérdidas
de la migración

Arturo Cano

Los ayer apátridas se han convertido en un orgullo. En la avalancha de foros, seminarios, encuentros en Los Pinos y en los palacios de gobierno estatales, cuentan sobre todo los 14 mil 500 millones de dólares que este año llegarán en remesas de migrantes. El costo que la emigración tiene para México es un asunto apenas secundario

CHURINTZIO, MICHOACAN.Luis Emilio viene a la sala envuelto en una toalla, en los brazos de su madre. Jesús Heredia, su padre, lo mira complacido. Luis Emilio nació en Los Angeles, California, hace dos años, poco antes de que su padre ganara la presidencia de este municipio. Jesús Heredia andaba en campaña electoral y no pudo acompañar a su esposa, como lo había hecho en cuatro ocasiones anteriores, al parto en Estados Unidos. “Para que los hijos no tengan problemas... de todas maneras allá van a dar todos”.

Jesús Heredia, de 39 años, puede contestar la pregunta con su propia experiencia y la de su pueblo natal: ¿qué pierde México con la emigración? Estamos despoblados, dice. Lo prueba fácil. Se coloca al volante de su camioneta y toma rumbo a Changuitiro, una de las comunidades del municipio. A la entrada, lo primero que muestra es el camino asfaltado con una aportación de los migrantes. Luego, casas vacías.

En la calle donde vive, Gustavo Aguilar señala las casas ocupadas, sólo dos de las que alcanzan a verse a un lado y otro.

¿Qué pierde México? En su papel de regidor de Educación del ayuntamiento, Aguilar suele recorrer las escuelas de la zona para revisar las obras pendientes.

“Uno se imagina que va a escuchar el ruido de los niños en los pasillos, en los patios, pero hay silencio, ya ni llenan los salones”, dice Aguilar. En la comunidad Nuevo Morelos se acaba de cerrar la escuela primaria, pues ya nada más quedaba un alumno. En los años recientes han cerrado las escuelas de El Fuerte y de El Rincón. “Y San Isidro va que vuela para cerrar”, completa el alcalde Heredia.

Cuando Aguilar cursó la primaria –tiene 32 años–, la escuela de Changuitiro tenía 180 alumnos, hoy tiene 18. “Aunque oficialmente tiene registrados 28, porque si no la cierran”.

Churintzio ha perdido a sus niños. Dentro de la zona de migración histórica, este municipio ha resentido los efectos de la amnistía de 1986 en Estados Unidos, que benefició a 2.8 millones de personas. Dos tercios de la población migrante pasó a ser documentada. Muchos michoacanos “se arreglaron” y las familias pudieron volver a estar juntas.

Ese logro de la Ley de Control y Reforma de la Inmigración (conocida como IRCA, por sus siglas en inglés) se resintió en Churintzio y en todos los municipios de los alrededores de Zamora. (A pesar de lo cual, Michoacán sigue siendo la entidad que recibe más remesas: mil 400 millones de dólares en 2001.)

En una comunidad cercana, la familia transportista mira hacerse viejos los dos autobuses que viajaban repletos a la cabecera municipal o a la Piedad. Igual los comerciantes se quejan de que no hay ventas “como antes”, y esperan ansiosos las fiestas de fin de año, cuando “los norteños” vienen a gastar.

¿Quién pierde? No los albañiles ni los maestros de obras. Con tanto “norteño” empeñado en construir o mejorar la casa que visita una vez al año, los maistros siempre van atrasados seis meses en sus trabajos, dice Aguilar.

Las cosas, en cambio, no marchan bien para el presupuesto municipal. Menos habitantes y mejores condiciones de vida –gracias a los dólares que todavía llegan o a las obras que dejaron los que llegaban– han sacado a Churintzio de la lista de municipios marginados. Los 3.5 millones de pesos que recibió en 2001, en una partida federal para obras, bajaron a 1 millón 819 mil el año pasado. Debido a ese recorte, el alcalde Heredia no puede hacer frente a los afanes de los “norteños” para entrarle a algunas obras en su terruño. Desde hace un año, un grupo de paisanos en Chicago juntó su cuarta parte para un camino, y es la hora que no hay los recursos del lado mexicano.

El "bono demográfico"

Esto se parece a los alrededores de Culiacán. Desfilan por la carretera, rumbo a Vista Hermosa, los camiones de redilas cargados de jornaleros. En los campos de jitomate se ven las hileras de trabajadores en la cosecha. No son, naturalmente, de aquí. La siembra de hortalizas lleva apenas una década en la región. Para hacerla posible vienen jornaleros de Oaxaca, Chiapas e incluso de Guatemala.

En este punto puede preguntarse: ¿qué pasará con el “bono demográfico” mexicano? Los cambios en la estructura poblacional –menos niños y ancianos, y más personas en edad productiva– han llevado al gobierno a considerar que estamos frente a una “ventana de oportunidad transitoria”.

La pregunta es qué tanto se cierra esa ventana si, como sostiene el Consejo Nacional de Población, la cifra de casi 400 mil mexicanos que se marchan a Estados Unidos cada año es alarmante.

¿Qué tanto pega la emigración a la expectativa contenida en el Plan Nacional de Desarrollo 2001-2006?: “El bono demográfico en la próxima década podría convertirse en un factor importante para el desarrollo del país si logramos crear los empleos necesarios, al propiciar una mayor capacidad de ahorro de los hogares... El eficaz aprovechamiento de esta ventana de oportunidad podría contribuir a crear un círculo virtuoso de más empleo, más ahorro, más inversión”.

Ciertamente no se han generado los empleos. El círculo virtuoso no trabaja.

Gaspar Rivera, asesor del Frente Indígena Oaxaqueño Binacional, considera que hay “interpretaciones fáciles y apresuradas sobre los supuestos aspectos negativos –o positivos– de la emigración”.


Jesús Heredia. De los pocos que se quedaron
Fotografías: Arturo Cano

Rivera enumera los aspectos considerados “negativos”: México pierde a muchos de sus jóvenes en edad productiva; pierde a los “emprendedores y más luchadores”; y las remesas crean una dependencia de una fuente económica externa.

Los mercados laborales de México y Estados Unidos son de los más integrados del mundo, sostiene Rivera, quien se resiste a abordar el asunto desde la perspectiva de la “pérdida” para México: “Para bien o para mal, el futuro de ambos países está íntimamente ligado a través de la emigración”. Así es.

"Es natural"

En la biblioteca municipal de Vista Hermosa, flamante edificio construido también con aportación de los migrantes, la encargada, Ana María Licea, presume que la suya es “una de las más visitadas del estado”. La mayor parte de los visitantes son jóvenes estudiantes. Muchos de ellos, conviene Licea, pronto dejarán de venir: “Apenas terminan la secundaria y se van... es natural buscar una vida mejor y muchos lo han logrado”.

"Terrenos y mujeres de a montón"

“Sí, podemos poner un anuncio que diga ‘tenemos terrenos y mujeres de a montón’”, bromea el alcalde Heredia, mientras se suma a la charla Antonio Fuentes Pimentel, un anciano que fue bracero de 1953 a 1964. Es la memoria viva del trabajo que, 50 años después, siguen haciendo los lugareños que se marchan al norte, porque la mayoría va aún a los campos de California.

“Yo ya no quise ir ansina”, dice Antonio Fuentes, quien nunca cruzó sin papeles. La mayor parte de sus hijos, claro, está en el otro lado. Los ve sólo cuando ellos vienen. “He ido dos veces (a la embajada) y no me han dado el permiso” para ir a Estados Unidos, explica.


Apolonia Marcelo y Paulina Nicolás. Diablitos con dólares

Antonio Fuentes todavía trabaja en el campo, como lo hace el jovencito que se acerca al grupo, con una hoz en mano. No llega a los 18 años y es muy callado. Los mayores lo miran y sentencian: “El no tarda en irse”.

Y no es que haga falta trabajo. Los campos de todo el municipio están sembrados. Pero antes del Programa Bracero, explica Antonio Fuentes, la tierra ya no alcanzaba. “Yo llegué a sembrar hasta allá arriba”, dice, y señala la punta de un cerro.

Los pioneros

Churintzio parece un pueblo próspero. Tiene, claro, algunas casonas construidas por los migrantes para el hipotético regreso. La mayor parte de las calles están pavimentadas, no se sufre por servicios e incluso las comunidades más pequeñas tienen su kiosco y su pequeña plaza. Como ésta de Las Cruces, donde toma la tarde un grupo de ancianos, mientras los niños lanzan piedras a los pájaros y las muchachas ensayan un baile para la fiesta del 12 de diciembre.

El parlanchín es Antonio Villanueva Zendejas, bracero hasta 1964 e indocumentado a fines de los setenta. “Me les brinqué otros cuatro años”.

Como las demás de la plaza, la banca donde está sentado tiene grabado el nombre del donador: “Humberto Cisneros y familia. Houston, Texas”.

Algo pregunta Villanueva sobre el dinero que les quedaron a deber a los braceros. Se le dice que están pensando sólo en los que fueron a trabajar entre 1942 y 1946. “Uy, pues de esos ya no queda ninguno”, y con los demás ancianos hace el recuento de los muertos, nombre a nombre.

A los ancianos de Las Cruces no les interesa salir en un periódico. “Si nos puede ayudar, que sea con una visa”, dicen. Antonio Villanueva la usaría para poder visitar a sus 14 nietos que nacieron allá. En estos tiempos, dice, sólo los que tienen papeles vienen de vez en cuando. Algunos de los viejos de la plaza llevan años sin ver a sus familiares porque “le sacan a la pasada”.

"Los que avientan de allá"

Churintzio –quiere decir “noche larga”– es un pueblecito hermoso, de tejados rojos y calles apacibles. Tiene dos casas de cambio y le debe mucho a los “norteños”. Aunque también sus problemas de seguridad pública se los debe a la migración. Hace unos meses, en sólo un día fueron detenidos 11 jóvenes que se dedicaban, dice el alcalde, a vender drogas y al robo. Son “los que avientan de allá”, dice Heredia. Sí, se trata de jóvenes deportados precisamente por cometer delitos en Estados Unidos. Seis de ellos se quedaron en prisión.

Olor a dólar

En La Angostura, municipio de Vista Hermosa, están haciendo un rodeo con dinero de los migrantes. Y con aportaciones –tres partes por una de los “norteños”– de los gobiernos federal, estatal y municipal. O sea que las “reglas de operación” del programa Iniciativa Ciudadana de la Secretaría de Desarrollo Social (que prohíben las obras suntuarias) le hacen a los migrantes lo que el viento a Juárez. Querían su rodeo y su rodeo están haciendo.

Luis Avalos, encargado del orden local, supervisa también la obra que costará un millón de pesos. Será un buen lugar para la fiesta del 17 de marzo, aquí conocida como “el día de los norteños”. Una fiesta que ha cobrado fama en la región desde que unos paisanos decidieron pagar un grupo musical. Ahora hay competencia para ver quién contrata al mejor grupo. Y la fiesta se arma en grande. Luis Avalos manda llamar a uno de los “norteños”. Lo presenta, pero el hombre es parco. Avalos no, se ríe socarronamente cuando mira a su paisano: “Como que todavía huele a dólar”.

Diablitos con dólares

Paulina Nicolás es una de las más reconocidas artistas populares de Ocumicho, el pueblo purépecha célebre por sus diablitos de barro. Ha grabado un disco, la han premiado por sus creaciones, han escrito sobre su copia del Códice Florentino y vende unos preciosos rosarios coloridos. Desde hace mucho tiempo los pobladores de Ocumicho crean para vivir, y desde hace mucho Paulina está acostumbrada a que los “gringos vengan a tomarme fotos y a comprarme mis diablitos”.

Hace tres años se quedó sin hijos. Los tres agarraron camino a Estados Unidos y no los ha vuelto a ver. Para su fortuna, le dejaron a tres de sus nietos. Ellos están aprendiendo a hacer los diablitos, aunque quién sabe por cuánto tiempo los harán.


Antonio Villanueva. "Me les brinqué cuatro años más"

Apolonia Marcelo Martínez, cuñada de Paulina, tiene entre sus creaciones varias esculturas de barro que representan el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Alguien las encargó y nunca fue a recogerlas. Pero una de sus recientes creaciones refleja la nueva realidad de Ocumicho: es un banco, y todos los diablitos que depositan o sacan dinero llevan dólares en las manos.

La principal atracción

En la pared del palacio municipal de Churintzio se anuncia el gran baile del 23 de noviembre. La atracción principal es una ironía, en un pueblo de migrantes: el internacional grupo musical                       

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En la sala de Jesús Heredia el sitio de honor es para una foto tomada apenas hace unos días en Los Angeles: su esposa con sus padres y sus siete hermanos y hermanas. Sólo ella y los viejos viven en México. La familia de Heredia, en cambio, “no es muy migrante”, define él mismo. Sólo tres de sus hermanos viven por allá.

Aunque estudió ingeniería mecánica en la Universidad Michoacana, Heredia también se fue por temporadas a los campos de San José y de Salinas, California. Así consiguió los papeles. Pero él no se va, y no por la política, pues sólo recientemente se decidió a competir por un cargo de elección popular, aunque “siempre estuve con el movimiento (cardenista)”. Heredia dice que él, a diferencia de muchos de sus paisanos, sí tiene con qué vivir aquí. Con su padre y uno de sus hermanos siembra 80 hectáreas de frijol, sorgo y trigo (“hemos intentado con el jitomate pero el mercado es muy difícil”).

“La emigración es por la necesidad, y aquí también ya es una tradición. Los niños crecen pensando en irse”, termina. Sus hijos, si quieren, podrán hacerlo legalmente porque nacieron allá. Pero no son muchos los mexicanos para quienes el viaje al norte es una opción.


El darwinismo de la migra
La emigración es un “pecado”, decía el antropólogo Alfonso Favila, en 1928. Es una enfermedad que hay que extirpar, incluso por la fuerza; es un mal del cual los mexicanos deberíamos arrepentirnos. Es posible que esta posición sea la más extrema en contra del fenómeno migratorio.

No obstante, hace ya una década que el costo que pagan los mexicanos por ir a trabajar al norte ha superado todas las expectativas. El balance es desastroso: cerca de 400 muertos por año, es decir, cada día muere un mexicano en su intento por cruzar la frontera. Y este costo es inaceptable, inadmisible, irreparable. Como diría Favila, es un pecado.

Pero lo peor de todo es que no hay culpables. Todos se lavan las manos: “les dijimos que no fueran por ahí, que era peligroso” (Grupo Beta dixit); “les entregamos su cajita feliz, con agua y curitas” (gobierno mexicano dixit); “colocamos 50 tambos con agua en el desierto” (grupo humanitario dixit); “puse un letrero de no trespassing” (ranchero de Arizona dixit). Y el gobierno estadunidense dice, simplemente, que tiene derecho a cerrar su frontera. Y es verdad, lo tiene.

Según Andreas Feldmann, especialista en derechos humanos de la Universidad de Chicago, el problema radica en que todavía no se encuentra la fórmula legal, los argumentos pertinentes para denunciar legalmente esta situación e implicar a los Estados como responsables. No se puede hablar de genocidio, ni de crimen, porque no hay una voluntad expresa de matar. Y al buscar el término adecuado para calificar las muertes masivas sólo existe una palabra, mortandad.

Por eso mismo se trata de un crimen perfecto, porque no es un crimen, es una mortandad. Es la naturaleza la que se encarga del asunto y en este contexto sólo sobrevive el más apto. Curiosamente, la política disuasiva estadunidense ha optado por el darwinismo social, por la selección natural.

(Jorge Durand)