Jorge Durand
El autor repasa las distintas fases
de la política migratoria mexicana, hasta llegar al momento actual
cuando, sostiene, la falta de grandes acuerdos con Washington contrasta
con los avances de México en acciones unilaterales y acuerdos parciales.
En el contexto de dos propuestas de acuerdo migratorio en el Congreso estadunidense,
los migrantes han comenzado a actuar en el lobby político.
Son un nuevo actor en la escena binacional. El gobierno mexicano requiere
de su apoyo
UNO
DE CADA 10 MEXICANOS vive en Estados Unidos y México
es un país de emigrantes que no se reconoce como tal. Esta falta
de conciencia nacional tiene que ver con la tradición centenaria
de ir a trabajar al norte y la cotidianeidad de este proceso, pero también
tiene que ver con décadas de abandono y la falta de voluntad e iniciativas
con respecto al tema migratorio.
La política migratoria mexicana,
en particular la que se refiere a la diáspora a Estados Unidos,
opera con un doble mecanismo. Por una parte, se afirma el derecho constitucional
al libre tránsito como un principio inalienable; por otra, se elaboran
políticas coyunturales para disuadir, equilibrar, canalizar, administrar
o impulsar el flujo migratorio, de acuerdo con factores políticos,
económicos y demográficos.
En cuanto a las políticas coyunturales
se pueden distinguir cinco fases: una política disuasiva en la primera
mitad del siglo XX; una política negociadora a partir de la Segunda
Guerra Mundial; una política de dejar hacer, dejar pasar durante
las décadas de los setenta y ochenta; una fase de reparación
de daños en los noventa, y el periodo actual de carácter
propositivo y negociador.
De la repatriación al "dejar
hacer"
Desde fines del siglo XIX hasta 1940 el
gobierno mexicano impulsó una política de repatración
de aquellos mexicanos que se habían quedado en los territorios anexados
y la acogida de aquellos que fueron expulsados de manera masiva, de Estados
Unidos, durante las crisis económicas de la primera mitad del siglo
(1907, 1921,1929 y 1939). Al mismo tiempo se llevó a cabo una política
de disuasión para desalentar el creciente flujo de emigrantes, que
respondían al llamado de los reclutadores enviados desde el norte.
México se consideraba como país de inconmensurables riquezas,
que necesitaba de toda su gente para salir adelante; incluso requería
de immigrantes de otros países. Lo cual era una verdad demográfica,
pues a principios de siglo, México tenía tan solo 13.6 millones
de habitantes. En este contexto, los emigrantes llegaron en ocasiones a
ser considerados como traidores a la patria, porque se iban para trabajar
y engrandecer al país vecino.
Pero en 1940 México se había
fortalecido con la política cardenista y el contexto de la Segunda
Guerra Mundial obligó al gobierno estadunidense a cambiar de parecer
y proponer una negociación bilateral: un programa especial de trabajadores
migratorios para la agricultura y los ferrocarriles, regulado por ambos
estados, lo que significaba el fin del sistema de enganche y el
contratismo privado. Y así empezó otra fase, una política
negociadora. Después de medio siglo de disuadir a los migrantes
mexicanos, el gobierno se encargó de organizar y canalizar el traslado
masivo de braceros. Durante esta fase, que duró 22 años,
se llegó a moldear un tipo especial de migrante: temporal, masculino,
joven, de origen rural y destinado al medio y trabajo agrícolas.
Las negociaciones anuales eran arduas y tirantes, pero el Programa Bracero
logró establecer una especie de convenio colectivo de trabajo binacional
y movilizar a más de 5 millones de trabajadores temporales.
En 1964 concluyó de manera unilateral
el Programa Bracero y empezó otra etapa. El gobierno mexicano
insistía en reanudar los convenios, pero el gobierno estadunidense
ya no tenía ningún interés. Al fin y al cabo los trabajadores
seguían llegando sin tanto trámite y negociación.
Empezó la era indocumentada, los migrantes, al ser irregulares,
seguían siendo migrantes temporales porque en cualquier momento
podían ser deportados. La frontera se convirtió en un filtro,
en un punto de control para regular el flujo, de acuerdo con los requerimientos
del mercado estadunidense. Y del lado mexicano la frontera se convirtió
en tierra de nadie donde se movían a su antojo las bandas de maleantes
y traficantes. Ante esta situación, el gobierno mexicano no supo
cómo actuar; lo mejor que se le pudo ocurrir fue no hacer nada,
esperar los movimientos del otro lado. Y a esto se le ha llamado la política
de la no política. En realidad, el gobierno mexicano se desentendió
del asunto y dejó a los migrantes en una situación de total
abandono. Fue una etapa donde imperó la política del laissez
faire por parte de ambos gobiernos y 20 años después
se empezaron a pagar los costos. En Estados Unidos se decía que
se había perdido el control de la frontera y se desató
una campaña antimigrante. Para regular el proceso se emitió
una ley (IRCA), en 1986, que cambió de manera radical el patrón
tradicional de migración masculina de ida y vuelta. En México
los cambios se sintieron más tarde, durante las elecciones de 1988,
que fueron cuestionadas de manera pública y masiva por amplios sectores
de la comunidad mexicana residente en el exterior. Otra vez los migrantes
fueron considerados como traidores, por boicotear la celebracíon
del Día de la Independencia y por ofender al lábaro patrio.
La reparación de daños
La siguiente etapa consitió en la
política de reparación de daños. El gobierno priísta,
empeñado en lograr un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos,
no podía darse el lujo de tener a sus propios ciudadanos como opositores
en el país vecino. En esta etapa no hubo ninguna iniciativa de política
exterior porque ese tema estaba vetado en las negociaciones comerciales
(TLC), pero sí se avanzó en medidas de política interna
para mejorar la atención, los servicios, la protección y
la acogida de los migrantes. Se trataba de recuperar la confianza de los
migrantes y de incorporarlos nuevamente al modelo político corporativo.
Para lograrlo se implementaron varios programas, como el semáforo
fiscal, que evitó muchas extorsiones por parte de la policía
de aduanas; el Programa Paisano, para acoger y recibir a los migrantes;
el programa de comunidades mexicanas en el exterior para restablecer los
contactos; el Programa URESA RURESA para presionar a los migrantes desobligados,
por medio de mecanismos legales, a que contribuyeran al sostenimiento de
sus familias; el Programa 3x1 de inversión en comunidades con apoyo
de las remesas sociales y la participación de los gobiernos municipal,
estatal y federal. También se lograron cambios políticos
relevantes como la doble nacionalidad, técnicamente la no pérdida
de la nacionalidad, y el cambio constitucional que permitirá en
un futuro cada vez más lejano el voto de los mexicanos en el exterior.
El fin del espejismo
Los cambios en política exterior
llegaron en el año 2000 con el arribo de la democracia al país.
El gobierno de Vicente Fox diseñó una política inteligente
y agresiva. Por primera vez se planteaba el problema con una perspectiva
de largo plazo, de principios. Para empezar se proponía un esquema
de negociación que partiera de la base de una responsabilidad compartida.
Se ofrecía la oportunidad de concluir con la larga fase de acusaciones
mutuas, de echarle la culpa de todo al vecino. El problema debía
ser atacado de manera integral, dada la complejidad del mismo. Y se debía
atender tanto a los migrantes que ya estaban viviendo y trabajando en el
otro lado, como a los que en un futuro se incorporarían como trabajadores
temporales. Las negociaciones iban bien hasta el 10 de septiembre de 2001.
Al día siguiente todo se vino abajo.
Luego el acuerdo migratorio se convirtió
en un espejismo. Aparecía, a lo lejos, la posibilidad y luego se
desvanecía. En buena parte fue una novatada pretender negociar de
tú a tú con el Imperio. No en vano la negociación
nunca salió del contexto tradicional de asimetría de poder.
Como quiera, para el presidente Fox el
tema migratorio era prioritario en su política, tanto en la política
interna como en la exterior, y consideraba a los migrantes como unos verdaderos
héroes porque se habían visto forzados a salir del país
y encima contribuían con una docena de mulies de millones de dólares
a la economía nacional. De ahí que también se dieran
avances en cuanto a decisiones de política interna, como apoyar
el voto de los mexicanos en el exterior y darle nueva vida a la matrícula
consular, que con el tiempo se ha convertido en un instrumento invaluable
para los migrantes indocumentados que ahora pueden abrir cuentas en los
bancos, identificarse ante la policía e incluso obtener la licencia
de conducir. Este proceso de negociación se ha realizado en transacciones
directas con los bancos, las policías locales y los gobiernos estatales.
Y el resultado ha sido mucho mayor de lo esperado. Ha habido oposición
y los resultados han sido irregulares, pero finalmente la matrícula
consular se ha impuesto y tiene el reconocimiento del Tesoro norteamericano,
después de una consulta pública sobre el tema y donde el
apoyo de los migrantes y sus organizaciones resultó ser crucial.
México está avanzando más
en la acción unilateral y en las negociaciones parciales, que en
los grandes acuerdos con Washington. Y este nuevo elemento va a ser fundamental
en la nueva política migratoria mexicana. El margen de maniobra
para la política unilateral mexicana es mucho más amplio
de lo que se hubiera pensado.
Sobre todo en un momento en que todo parece
indicar que la salida política al tema migratorio en Estados Unidos
será unilateral. En septiembre de 2003 se presentaron ante el Congreso
estadunidense, dos propuestas de ley, la de Seguridad Fronteriza y Migración
(HR2899), propugnada por tres senadores republicanos de Arizona, y una
propuesta bipartidista, la de trabajadores agrícolas (Ag Jobs).
La primera incluye un programa de legalización
de trabajadores indocumentados que ya residen en Estados Unidos, y una
propuesta de trabajadores temporales. La segunda sólo abarca un
programa de trabajadores agrícolas. Estas dos iniciativas significan
el fin del espejismo: no será posible un acuerdo migratorio. Pero
lo novedoso de estas dos propuestas es que tienen respaldo de organizaciones
sociales y grupos de migrantes. Por primera vez, en la escena política
estadunidense, los migrantes, documentados e indocumentados, han empezado
a participar en el lobby político estadunidense. Detrás
de la propuesta HR2899 trabaja una amplia coalición de organizaciones
de migrantes, capitaneadas por la Asociación Tepeyac; y detrás
de la propuesta bipartidista está la organización campesina
que fuera lidereada por César Chávez, la United Farm Workers.
Se ha abierto un nuevo escenario político. Las organizaciones de
migrantes pueden buscar apoyo en el gobierno mexicano y el gobierno mexicano
requiere del apoyo de las organizaciones de migrantes. Más aún,
los migrantes y sus organizaciones están incidiendo en las políticas
internas de México y Estados Unidos. Los migrantes tienen su propia
agenda y son el nuevo actor político en la escena binacional. |