ANA
GARCÍA
BERGUA
YA NI LA BURLA
Dicen
que la burla es del diablo. La burla que escarnece, que pone la distancia
de lo ridículo, que agrede. Dicen que quien se burla se quiere sentir
superior a los demás, que la malicia envenena y hace daño.
Debe ser verdad. De hecho, el nuestro es un país de maliciosos,
pero no sé si eso sea forzosamente malo. Porque también con
la burla se defiende el que se siente agredido y no puede responder con
otros medios; es también un modo despiadado y necesario de ejercer
la critica más punzante. Yo la verdad, como ustedes habrán
podido constatar, amo la burla o más bien la risa, no sé
bien. Pero estoy viendo que la burla como crítica se ha vuelto inocua.
Yo también creía en ella como un arma afilada, temida por
los gobernantes y los locutores de televisión. Y sin embargo, si
leemos el asombroso análisis que escribió Humberto Eco sobre
Berlusconi, el primer ministro italiano, publicado hace unas semanas en
el diario El País, podremos ver (quizá ya lo sospechábamos)
que los gobernantes ahora cuentan con la burla como un elemento más
de distracción, e incluso ejecutan grandes payasadas, declaraciones
esperpénticas, actos fallidos, para que sus maldades más
pueriles pasen inadvertidas. Eco pone el ejemplo del insulto ridículo
a un eurodiputado alemán por parte de Berlusconi que comenzó
un gran escándalo en los medios y sirvió para ocultar unas
iniciativas de ley gracias a las cuales el presidente-magnate se apropiaba
más de su país. Así, mientras la prensa y la oposición
pierden el tiempo burlándose de los gobernantes, de su incultura,
su falta de delicadeza o su estupidez, ellos van siempre un paso adelante.
Se trata de un nuevo modo de ejercer el poder, más similar al de
las ventas y la propaganda comercial, sin ningún temor al ridículo.
Lo sorprendente es que al final, tras una hábil manipulación
mercadotécnica, la gente vuelva a votar por estas personas. Esa
es mi peor pesadilla con respecto a George Bush, por poner el ejemplo más
socorrido. El miedo al ridículo ha terminado; ya nadie teme a la
sátira, ni a hacer el payaso. Las mil y un frases inteligentes e
ingeniosas de un Carlos Monsiváis, por ejemplo, se pueden estrellar
contra un chaleco blindado de supremo cinismo que en el fondo las agradece.
No sé qué atención desvía, por poner otro ejemplo,
una propuesta tan irrisoria como la de vender el imcine, el ccc y los Estudios
Churubusco, o la de gravar los libros, ya de por sí caros, con el
impuesto al valor agregado. Irrisoria por las exiguas cantidades que aquellas
ventas añadirán a las arcas nacionales, y por la extrema
ignorancia de quienes las proponen sobre lo que significa la cultura en
nuestro país. Podemos hacer miles de burlas del secretario de Hacienda
por tamaños despropósitos, sobre uno de los cuales además
ya se polemizó a principios del sexenio (el impuesto a los libros)
pero ahora mismo siento que tales burlas sólo servirían para
distraer. ¿De qué? Lo ignoro, yo no soy analista política,
pero me imagino que puede haber algo real en esta intuición quién
sabe: nada más soy una novelista pero, toute proportion gardée,
Umberto Eco también. En fin; prefiero pecar de hablar de agua pasada,
y que cuando salga el presente artículo dichas iniciativas se hayan
desechado, por ridículas. Sin embargo queda la desazón de
pensar que nuestras burlas son parte de una burla más grande, que
se las traga. Una especie de diablo traga-diablitos.
Milan Kundera escribe, en El libro de
la risa y el olvido, que nuestro mundo está regido por ángeles
y por diablos, y que ambos son necesarios para mantener su equilibrio:
los ángeles otorgan al mundo una racionalidad y los diablos lo despojan
de ella. Que la risa del diablo es necesaria porque quita peso al mundo.
Y luego habla de la risa de los ángeles, una risa que es pura risa,
una imitación del gesto de la risa del diablo, y que se regocija
de que en el mundo todo esté "tan sabiamente ordenado, tan bien
pensado y fuese bello, bueno y pleno de sentido". Una risa cercana a la
del goce, sin burla alguna, que le da sentido y racionalidad al mundo,
para equilibrar el sinsentido. Uno quisiera reír esa risa, dejar
un poco de lado la ácida y sabrosa burla, tan corrosiva, sobre todo
si vemos que el ácido se nos revierte de aquellas maneras tan perversas.
Pero no es fácil. Ya ven, hasta seria me puse, pero prometo no volverlo
a hacer. Es que soñé que unos payasos se burlaban de mí. |