Jornada Semanal,  30 de noviembre de 2003         núm. 456

ANA GARCÍA BERGUA

YA NI LA BURLA

Dicen que la burla es del diablo. La burla que escarnece, que pone la distancia de lo ridículo, que agrede. Dicen que quien se burla se quiere sentir superior a los demás, que la malicia envenena y hace daño. Debe ser verdad. De hecho, el nuestro es un país de maliciosos, pero no sé si eso sea forzosamente malo. Porque también con la burla se defiende el que se siente agredido y no puede responder con otros medios; es también un modo despiadado y necesario de ejercer la critica más punzante. Yo la verdad, como ustedes habrán podido constatar, amo la burla o más bien la risa, no sé bien. Pero estoy viendo que la burla como crítica se ha vuelto inocua. Yo también creía en ella como un arma afilada, temida por los gobernantes y los locutores de televisión. Y sin embargo, si leemos el asombroso análisis que escribió Humberto Eco sobre Berlusconi, el primer ministro italiano, publicado hace unas semanas en el diario El País, podremos ver (quizá ya lo sospechábamos) que los gobernantes ahora cuentan con la burla como un elemento más de distracción, e incluso ejecutan grandes payasadas, declaraciones esperpénticas, actos fallidos, para que sus maldades más pueriles pasen inadvertidas. Eco pone el ejemplo del insulto ridículo a un eurodiputado alemán por parte de Berlusconi que comenzó un gran escándalo en los medios y sirvió para ocultar unas iniciativas de ley gracias a las cuales el presidente-magnate se apropiaba más de su país. Así, mientras la prensa y la oposición pierden el tiempo burlándose de los gobernantes, de su incultura, su falta de delicadeza o su estupidez, ellos van siempre un paso adelante. Se trata de un nuevo modo de ejercer el poder, más similar al de las ventas y la propaganda comercial, sin ningún temor al ridículo. Lo sorprendente es que al final, tras una hábil manipulación mercadotécnica, la gente vuelva a votar por estas personas. Esa es mi peor pesadilla con respecto a George Bush, por poner el ejemplo más socorrido. El miedo al ridículo ha terminado; ya nadie teme a la sátira, ni a hacer el payaso. Las mil y un frases inteligentes e ingeniosas de un Carlos Monsiváis, por ejemplo, se pueden estrellar contra un chaleco blindado de supremo cinismo que en el fondo las agradece. No sé qué atención desvía, por poner otro ejemplo, una propuesta tan irrisoria como la de vender el imcine, el ccc y los Estudios Churubusco, o la de gravar los libros, ya de por sí caros, con el impuesto al valor agregado. Irrisoria por las exiguas cantidades que aquellas ventas añadirán a las arcas nacionales, y por la extrema ignorancia de quienes las proponen sobre lo que significa la cultura en nuestro país. Podemos hacer miles de burlas del secretario de Hacienda por tamaños despropósitos, sobre uno de los cuales además ya se polemizó a principios del sexenio (el impuesto a los libros) pero ahora mismo siento que tales burlas sólo servirían para distraer. ¿De qué? Lo ignoro, yo no soy analista política, pero me imagino que puede haber algo real en esta intuición –quién sabe: nada más soy una novelista pero, toute proportion gardée, Umberto Eco también. En fin; prefiero pecar de hablar de agua pasada, y que cuando salga el presente artículo dichas iniciativas se hayan desechado, por ridículas. Sin embargo queda la desazón de pensar que nuestras burlas son parte de una burla más grande, que se las traga. Una especie de diablo traga-diablitos.

Milan Kundera escribe, en El libro de la risa y el olvido, que nuestro mundo está regido por ángeles y por diablos, y que ambos son necesarios para mantener su equilibrio: los ángeles otorgan al mundo una racionalidad y los diablos lo despojan de ella. Que la risa del diablo es necesaria porque quita peso al mundo. Y luego habla de la risa de los ángeles, una risa que es pura risa, una imitación del gesto de la risa del diablo, y que se regocija de que en el mundo todo esté "tan sabiamente ordenado, tan bien pensado y fuese bello, bueno y pleno de sentido". Una risa cercana a la del goce, sin burla alguna, que le da sentido y racionalidad al mundo, para equilibrar el sinsentido. Uno quisiera reír esa risa, dejar un poco de lado la ácida y sabrosa burla, tan corrosiva, sobre todo si vemos que el ácido se nos revierte de aquellas maneras tan perversas. Pero no es fácil. Ya ven, hasta seria me puse, pero prometo no volverlo a hacer. Es que soñé que unos payasos se burlaban de mí.