Jornada Semanal, domingo 30 de noviembre del 2003        núm. 456

LA PASIÓN LITERARIA EN RODRÍGUEZ JULIÁ (I de III)

En Cuernavaca, frente al hotel ruinoso en el que hace muchos años habitaron por unos meses Peter y Jean Bowles, escuchando la versión de Dakota Staton de "Misty", de Errol Garner, abro el paquete postal que me mandó el Editorial de la Universidad de Puerto Rico y que contiene el manuscrito del libro de Edgardo Rodríguez Juliá, Mapa de una pasión literaria. El sheltering sky de Cuernavaca me permite viajar por los rumbos del Kalahari de Palés Matos, pasar por el Marruecos de los desolados Port, por el viejo hotel de Cartagena de Indias, por los callejones de Isla Verde en los que aúllan de miedo los tecatos heridos por Vietnam y por la Punta las Marías en donde veo pasar a un nadador experimentado, novelista, ensayista y cronista que renace en cada libro nuevo y se llama Edgardo Rodríguez Juliá. Leo, bajo el laurel, y de repente pienso que, desde una ventana del viejo edificio, el señor Firmin, Cónsul de su Majestad Británica en Cuaunáhuac, observa el panorama del infierno-paraíso, mientras abre una botella de mezcal. Esta noche pasará por el cine en el que se proyecta la película Las manos de Orlak con Peter Lorre. La policía ya vigila a ese inglés extraño y borracho y los sinarquistas, fascistas criollos, lo ven con reojos de sospecha. Pienso en Port muriendo de tifoidea en Marruecos y en su viuda desnudada por el bello y misterioso guía de caravanas y, de repente, junto a los Bowles con los Port, a Lowry con los Firmin y a Edgardo con su niño Avilés (podríamos invitar, además, al cura borracho de Graham Greene) y, antes de regresar a la lectura, comprendo que voy a entrar en los terrenos de una enorme pasión por la literatura que es, en el fondo, un amor desesperado y hermoso por la vida y por todos los contrastados emblemas de lo humano.

Este mapa tiene muchas rutas de caravanas, derroteros de galeones o de paquebotes, caminos secretos por las tierras de la poesía y senderos casi ocultos que llevan al corazón de las selvas de la narrativa. En él están presentes las admiraciones de Rodríguez Juliá por escritores como Luis Palés Matos, Carpentier, Waugh, Greene, Claudel, Lezama Lima, Carlos Fuentes, García Márquez, Borges, Walcott, Cesaire, Naipaul, Lowry, Bowles, Carver y muchos más; se establece una teoría de Puerto Rico y de los puertorriqueños, otra del Caribe y su multiplicidad de rostros y de palabras y otra más, tal vez la más profunda, sobre la tierra de la literatura que está aquí, en la superficie del mundo, pero que, para llegar a su corazón hecho de luces y de tinieblas, hay que caer por el pozo de Alicia o pasar del otro lado del espejo.

En su teoría de Puerto Rico, su gente y su cultura, está presente la voz de un escritor excepcional que reconoce como su maestro a José Luis González, pensador de cuatro y muchos pisos, académico lleno de imaginación y crítico lúcido e insobornable de las contradictorias realidades de la isla que (Rafael Hernández dixit) seguirá siendo preciosa aunque el tirano la trate "con negra maldad". En este aspecto fundamental del libro, Edgardo transita por los terrenos de la cultura popular y por la encendida calle por la que va Tembandumba de la Quimbamba para dar vida al Tuntún de pasa y grifería, el libro de Palés Matos que abrió las puertas al huracán que llegó de las costas de África y se instaló en el corazón de las islas en el sol.

El autor de La noche oscura del niño Avilés nos entrega en este mapa ensayístico (incluyo en este género los textos periodísticos que tienen, sin la menor duda, jerarquía literaria. Sobre este tema debo insistir que no hay diferencias entre el periodismo y la literatura. Cada uno tiene sus reglas y sus caminos pero siempre se juntan en el terreno de las formas literarias, en el país compartido del lenguaje) un panorama muy amplio de sus temas y de sus obsesiones y lo hace con un estilo personalísimo que tiene, entre otras virtudes, la claridad y la sinceridad indispensables para abordar asuntos tan variados como el de la poesía de Luis Palés Matos, la nueva visita a Bruce Chatwin, algunas reflexiones sobre Raymond Carver, maestro del relato corto; la revisión de varios momentos de la obra de Auster; la admiración renovada por el ingenioso hidalgo, Don Miguel de Cervantes, por el siempre vidente Jorge Luis Borges; por los Bowles en sus distintos y precarios refugios; por Nabokov y su desmesurado talento; por el gran educador latinoamericano Eugenio de Hostos; por el poeta, cuentista y personaje de sí mismo, Manuel Ramos Otero; así como por muchos aspectos de la cultura popular que el pelotero Edgardo maneja con maestría, al igual que Carlos Monsiváis, Manuel Puig, Luis Rafael Sánchez, Cabrera Infante y otros grandes cronistas del contrastado mundo latinoamericano.
 
 
 

HUGO GUTIÉRREZ VEGA
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